16 de octubre de 2019
16.10.2019
Juan Carlos Santos Hernández | Autor del libro «San Miguel de la Ribera. Vocablos, expresiones y costumbres»

Juan Carlos Santos: "En los pueblos hemos hecho daño al lenguaje, nos avergonzaba la forma de hablar"

"Las reuniones en los caños para lavar, en la fragua o cosiendo a las puertas generaban expresiones y palabras que se han perdido"

15.10.2019 | 19:52
Juan Carlos Santos Hernández

Juan Carlos Santos Hernández (San Miguel de la Ribera, 1954) es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Salamanca y ha ejercido como profesor de Educación Secundaria, siempre en la provincia de Palencia (Guardo, Saldaña y la capital). Nacido en el seno de una familia de agricultores, como tantos de su generación, empujado por sus padres, estudió para labrarse un futuro lejos de las fatigas del campo. Pero nunca se desvinculó de sus raíces. Ese apego a la tierra se traduce ahora con el libro "San Miguel de la Ribera. Vocablos, expresiones y costumbres", un compendio de unas 1.300 palabras que es todo un tributo a una cultura y una forma de vida rural hoy bastante perdida.

–Salir del pueblo y estudiar fue un sino para muchos de su generación, con unos padres sacrificados y empeñados en un futuro mejor para sus hijos.

–Sí, el interés de los padres era que los hijos tuvieran estudios y se dedicaran a otras tareas más livianas. Aunque desde que empecé a trabajar en el año 1979 nunca he me alejado del pueblo, siempre he manteniendo contacto. Acudíamos en las fiestas, pero también cuando había que echar una mano en el campo. Después, con los hijos, para que no perdieran contacto con el pueblo ni con los abuelos.

–Ese celo por las raíces entonces tiene mucho que ver en la gestación del libro de palabras; cuenta que todo surgió en una bodega con un grupo de amigos.

–Por mi profesión de profesor de francés la lingüística es lo que más me ha gustado y en el año 2005 surgió la idea de una forma inesperada. Estábamos un grupo de amigos en la bodega y en nuestra conversación empezamos a utilizar palabras casi en desuso que nos salían sin darnos cuenta. Nos llamó la atención cómo esas palabras se habían dejado de utilizar y como yo era el lingüista pues medio me encomendaron recopilarlas y así empezó todo.

–¿Por qué se han dejado de usar tantos palabras habituales de nuestros padres y abuelos?

–Por distintos motivos. Primero porque no hay gente que los utilice, en muchos otros casos han desaparecido cuando la profesión ha dejado de existir y otras porque no sonaban bien en otros entornos, sobre todo en la ciudad.

–¿De los aproximadamente 1.300 vocablos que ha recogido, la mayoría ya no se usan?

–Muchas no, sobre todo las que están relacionadas con profesiones que ya no existen o han cambiado bastante. Por ejemplo, en la agricultura hay palabras que no se utilizan porque se ha transformado la forma de trabajar en el campo. Todo lo relacionado con la recolección: la siega, el acarreo, la trilla etc.Ya no digamos los instrumentos y aperos que se utilizaban para cambizar. Y otras actividades que han desaparecido del pueblo, como la fragua o la carpintería de madera; todos los vocablos relacionados con esas profesiones ya no se usan, lo mismo que expresiones de uso común. Antes se juntaba la gente, por ejemplo las mujeres para lavar en el caño, esas conversaciones se han perdido, ahora esa labor la realizan las lavadoras.

–Es un ejemplo claro del lenguaje unido a las formas de vida de una sociedad.

–Sí, por eso creo que es importante el libro. Porque no es tanto recuperar las palabras sino que, sobre todo los jóvenes, sepan cómo eran las costumbres y el vocabulario que utilizaban sus abuelos y la forma de vida que tenían, totalmente distinta a la de ahora.

–Está claro es que esa forma de vida tan social enriquecía el lenguaje, frente al individualismo imperante hoy en día.

–Hay menos momentos de conversación porque existen otros modos de distracción o de relacionarse, sobre todo con las nuevas tecnologías. A mi me llamaba la atención cómo, siendo niños, correteábamos por la calle mientras mi madre y sus vecinas se juntaban en la puerta a coser, a repasar o a bordar. Con un palo puesto para cortar el viento y una sábana echaban sus tertulias, y si las interrumpíamos y nos metíamos mucho en la conversación o las molestábamos, hasta nos daban un cachete. Eso de juntarse por las tardes a coser a la puerta de una de las vecinas ha desaparecido totalmente. O las tertulias en el caño, o los hombres en las fraguas que esperaban casi a que llegara el otoño o el invierno para poder reunirse allí. Esas conversaciones se han perdido, ahora se limitan al bar, las tertulias de la llamada "Moncloa" y se acabó.

–¿Las personas mayores han sido su principal fuente oral para reunir palabras?

–Empecé a recoger palabras en 2005 sobre todo en casa con mis padres, que han vivido hasta hace poco. Luego de las conversaciones con amigos, de forma informal, sin planificar. También con personas mayores del pueblo, como el vecino Dionisio Sánchez o mis tíos. Además hay bastantes palabras relacionadas con la iglesia, que me han aportado otras personas. Al final recoger palabras es recrear vivencias.

–¿Hasta qué punto ese cierto complejo en el uso de expresiones y ciertas palabras despectivas relacionadas con la gente de pueblo ha hecho daño al lenguaje y la cultura rural?

–Mucho daño y hemos sido los propios habitantes de los pueblos los que nos hemos autolesionado con el lenguaje. Muchas veces, cuando salíamos del pueblo, considerábamos que los de la capital hablaban fino e intentábamos expresarnos como ellos pensando que esa era la forma más adecuada de hablar o la única forma correcta. Entonces suprimíamos palabras, expresiones y cambiábamos el vocabulario para adaptarnos al nuevo entorno. Éramos nosotros los primeros que nos avergonzábamos de hablar pensando que hablábamos mal, cuando era todo lo contrario. Si uno se considera inferior culturalmente, la forma de expresarte es considerada por los demás inferior. Hemos sido nosotros los que estábamos discriminando el lenguaje negativamente. Nos hemos hecho mucho daño y ahora hay que reivindicar la discriminación positiva de los pueblos por su salud lingüística. El que no esté recogido un vocablo de forma oficial en un diccionario no quiere decir que no sea correcto.

–Ahora que el mundo rural se ha puesto de moda quizás sea el momento de hacer justicia con toda una cultura y un lenguaje.

–El resurgir de los pueblos es bienvenido, pero la gente que se asienta trae su propio vocabulario y sus propias expresiones. No se trata de imponer la forma de hablar del pueblo, simplemente con que respeten lo que hay y el modo como se ha vivido es suficiente. Si a la vez se consigue que el lenguaje se mantenga y no se cambie tan rápidamente, mucho mejor.

–¿Tiene confianza en el florecimiento del mundo rural?

–No soy pesimista pero tampoco muy optimista. Requiere de grandes cambios que no dependen exclusivamente del pueblo o de una zona, sino que hay varios factores que deben unirse para que coincidan todos en la misma dirección; es complicado y lento. Con que frenemos este revés que lleva desde hace 40 ó 50 años ya sería bastante para poder remontar después. Y lingüísticamente es lo mismo; de poco nos sirve intentar mantener el lenguaje de una zona si después no es respetado y se queda aislado, y más ahora con los medios de comunicación que hay. El lenguaje tiene que ser permeable a todas las influencias pero a la vez sin perder su dignidad.

–Dice que ya tiene en el tintero unas 200 palabras que podrían incorporarse al libro. Entre tantas, dígame alguna con la que se queda.

–Una de las palabras más bonitas para mi por su sonoridad y su musicalidad, utilizada por los herreros, es pujavante (cuchilla con la que se rebajaban los cascos a las caballerías). En el campo de las actividades me gusta mucho la palabra estaladar, que era la forma de marcar las casas para sembrar el melonar y las patatas en secano. Dos personas cogían un varal de 2 metros de largo y se ponían cada uno a un extremo, iban caminando en línea recta por la tierra marcando bien con los pies la línea en una dirección y luego trasversalmente, y en las intersecciones se plantaba la semilla. Y me quedo también con la palabra vilorto, que es el sarmiento más largo para tejer los manojos.

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