02 de junio de 2019
02.06.2019

Zamora desAparece | Villalcampo, belleza escondida

El burro zamorano-leonés, la arquitectura tradicional alistana y el paisaje que ofrecen los Arribes son atractivos turísticos por descubrir y que podrían suponer un revulsivo para este municipio

01.06.2019 | 23:24

En 1970 el éxodo rural ya había hecho mella en las estadísticas demográficas de la provincia de Zamora –aunque solo era el principio–. Miles de jóvenes habían salido en las décadas anteriores desde los pueblos de la provincia hacia Madrid, Bilbao, Suiza, Alemania, Venezuela o Argentina, entre otros destinos mucho más prósperos que los campos de la meseta Ibérica, como demuestra que entre 1950 y 1970 el conjunto de la provincia había perdido el 28% de su población. Pero al margen de esa tendencia había alguna excepción: Villalcampo. Allí sí había trabajo, Iberduero comenzaba las obras de ampliación de la central hidroeléctrica que durante unos cuantos años emplearon a cientos de hombres de esta localidad y de muchas otras: "Trabajaba el pueblo entero en el Salto, y los de Carbajosa, de Villaseco y de todos los pueblos de la comarca. El que no valía para picar valía para llevar el botijo", atestigua Cesáreo Ríos Antón, uno de esos vecinos de Villalcampo que vivió de la presa.

"El sueldo no era grande, pero daba para vivir, y a mayores el que no tenía un par de vacas tenía un par de burros, todos teníamos algo en el pueblo", rememora Cesáreo. El salario de Iberduero complementaba las rentas obtenidas de la ganadería, que tradicionalmente fue la base de la economía de Villalcampo. Y además, ese dinero extra, bien merecido y ganado en el Salto, sirvió para modernizar el modo de trabajar el campo. En las cortinas donde antes se labraba con vacas, bueyes o burros comenzaron a entrar los tractores.

Las obras del Salto concluyeron en 1977 y la nueva bicoca pasaba a estar en la energía nuclear. Justo al otro lado del embalse Iberduero proyectaba la construcción de la central de Sayago, que también proporcionaría algunos empleos –menos que la presa– durante un tiempo. Pero en 1984 la moratoria nuclear paralizó definitivamente esas obras y el espejismo de un Villalcampo próspero se desvaneció, el ritmo de la emigración se aceleró, y si en 1970 había más de 1.100 personas censadas en Villalcampo, en 1991 ya solo eran 763, había desaparecido una tercera parte de la gente. El propio Cesáreo Ríos Antón, que hoy tiene 71 años, fue uno de esos jóvenes que después de trabajar algún tiempo en el Salto de Villalcampo acabó haciendo su vida lejos de sus tierras zamoranas, en su caso en Bilbao, a donde emigró siendo bien joven. "Yo el pueblo nunca lo he olvidado, nunca, yo estando en Bilbao cuando podía venía", rememora Cesáreo, que ahora ha vuelto a su tierra donde ha fundado junto a otros dos paisanos el grupo folclórico "Los Campusinos", un trío musical que cada año animan las fiestas de decenas de localidades de la provincia, y gracias a que ya está jubilado, puede pasar más tiempo en Villalcampo, como a él le gusta.

Y es que este pueblo ubicado en la conjunción entre el Esla y el Duero, en la encrucijada entre Aliste, Sayago, Alba y la Tierra del Pan, en el corazón de Los Arribes, tiene un carácter y un encanto muy singulares que aprecian tanto los oriundos como los de fuera. Para los forasteros una de las cosas que más poderosamente llama su atención es toparse con un par de burros cruzando la carretera, una estampa que prácticamente solo se puede contemplar aquí.

De hecho, Villalcampo conserva el mayor número de ejemplares de asnos zamorano-leoneses, pues a pesar de que la mecanización de la agricultura se generalizó en el municipio a partir de la riqueza generada por las obras de ampliación del Salto, los animales de tracción no han desaparecido del pueblo y aún hoy, en 2019, muchas familias conservan uno o dos burros. En los últimos cinco lustros el esfuerzo de los vecinos de Villalcampo, con la ayuda de la asociación de criadores Aszal y el apoyo económico de la Diputación de Zamora y de la Junta de Castilla y León han logrado salvar esta raza autóctona que antaño se extendía por todo el oeste de la provincia, pero que en la década de los 90 estuvo cerca de la extinción. Algunos de los buches aún se emplean para arar los huertos y cortinas más pequeñas, o para acceder a las viñas de los bancales, pero en la mayoría de los casos los camposinos –gentilicio de Villalcampo– mantienen a sus burros por tradición o como mera afición, al igual que en otras zonas de España hay gente que se permiten el capricho de tener un caballo para montar.


"El mejor taxi que había"

En una sola generación el papel que desempeñan estos animales en la sociedad de Villalcampo ha cambiado radicalmente, puesto que hasta hace bien poco, lejos de ser mascotas o animales de recreo, eran un instrumento de trabajo y medio de transporte que desempeñaban un papel fundamental en el día a día de este y muchos otros pueblos alistanos. "Este es el mejor taxi que hay", cuenta Adolfo Garzón de San Miguel, uno de los mayores entusiastas del mundo asnal: "Me acuerdo que en el 60, cuando me casé, lo primero que se hacía era comprar un burro, lo primero era la mujer claro jaja, pero lo siguiente un burrico, porque hacía un servicio enorme. El que no tuviera burro no podía vivir, mire si tenía valor".

Su esposa Manuela Calvo Garzón añade que, entre otras tareas, las mujeres se servían de estos animales "para llevar las comidas a la siega, para cargar leña, o para ir a lavar a las pilas". Y por supuesto, también se empleaban como animal de tracción para arar, trillar, y como transporte para asistir a las ferias de otros pueblos, "que entonces había muchas", recuerda Adolfo. Este matrimonio tiene seis hembras de pura raza alistano-sanabresa bien alimentadas y aseadas: Bonita, Pinga, Noa, Noya, Morena, que es la de mayor tamaño, y Zamorana, la más joven y la última en incorporarse a la familia.

Los tiempos cambiaron, avanzaron, también en Villalcampo, pero el municipio no dejó de perder población. En 2018 eran 304 las personas allí censadas –444 incluyendo a los vecinos del anejo de Carbajosa–, en medio siglo han desaparecidos 2 de cada 3 habitantes. Por eso, muchos ven en los valores de la tierra, en los propios burros, un activo que distingue a Villalcampo de los demás pueblos y que puede atraer turistas y riqueza, el nuevo "Salto" que, cuarenta años después, vuelva a crear empleo y permita fijar población en la zona. Ya en 2011 se creó con esa intención el "Aula del Burro", un centro de interpretación de la raza zamorano-leonesa, pero pocos años después cayó en el olvido y hoy en día esas instalaciones están cerradas.

Sin embargo, en Villalcampo hay mucho más que burros, muchos otros atractivos para el visitante que se desconocen por completo más allá de la provincia, desde los paisajes que regalan los arribes del Duero y del Esla, pasando por cotos con abundante caza, a la arquitectura típica de la zona, a base de piedra en seco, o numerosos restos arqueológicos que se remontan a la época de los romanos. Algunos de estos testigos milenarios de la historia de Villalcampo se pueden ver en sus calles. Si se presta atención se hallarán estelas funerarias y epigrafía milenaria que "salpica" las piedras que siglos después fueron reutilizadas para levantar algunas de las construcciones tradicionales que se conservan.

Por eso, hay quien no se rinde y anima a potenciar estos tesoros propios de Villalcampo. "Una de las cosas que yo pienso que podría ser efectiva es organizar rutas a caballo y rutas a lomos de los burros autóctonos de esta zona", comenta preguntada por este diario Araceli Carreira Coria, una campesina emigrada que visita su pueblo siempre que puede. Ideas como esta podrían "con el apoyo del Ayuntamiento o de la Diputación, dar a conocer Villalcampo y tener una potencialidad turística durante todo el año". Y no solo por la tradición que une a Villalcampo y los burros, sino porque además su paisaje no tiene nada que envidiar al de otras zonas de la península más visitadas que los propios Arribes. Araceli pone el ejemplo del paraje 'donde se envuelven los ríos', un alto desde el que se divisa la desembocadura del Esla en el Duero y que "sería una ruta estupenda y maravillosa para hacer o bien en burro, o bien a caballo, o bien caminando como lo hacemos los del pueblo".

Villalcampo tiene demasiados valores para perder la esperanza de recuperar el esplendor pasado. Un pueblo que aún tiene bares, tienda de comestibles e incluso negocios que prestan servicio en muchas otras localidades de la zona, tales como dos carpinterías, la residencia de ancianos, unas piscinas municipales que en verano atraen a decenas de familias de Villalcampo y otros lugares. Y "lo más importante, tenemos farmacia y tenemos médico todos los días de lunes a viernes, un servicio imprescindible, aunque a los del bar y la tienda también habría que ponerles un monumento", valora Cesáreo Ríos. Entre las asignaturas pendientes para Villalcampo, los vecinos piden la concentración parcelaria para revalorizar sus fincas y para mejorar la rentabilidad del trabajo de los agricultores.

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