24 de enero de 2019
24.01.2019

Espacios naturales y despoblación

El éxodo rural es un fenómeno global; la población no se marchó de los ecosistemas más que de los lugares industriales

23.01.2019 | 19:25

Afirmar que los municipios de Arribes y Sanabria han perdido 3.000 habitantes desde que están incluidos en parques naturales puede ser tan riguroso como que los han perdido desde que llueve menos o desde que no se llevan los pantalones "campana". ¿Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad? diría yo.

Estos datos numéricos presentados el 6 de enero de 2019 en La Opinión de Zamora servirían para ilustrar la despoblación en esas comarcas y cualquier otra sin espacios naturales. Juntando varios municipios pequeños sacaríamos esas mismas sumas o mayores en toda la provincia: los valles de Benavente, de Vidriales o la Carballeda, por ejemplo. En general lo comprobaríamos milimétricamente en todas las provincias castellanas de ambas mesetas. Prueben si quieren. El éxodo rural hacia las ciudades es un fenómeno global en los cinco continentes, propio de la actual sociedad que se desarrolla bajo un paradigma de falta de contacto con el territorio y los recursos naturales, envuelta siempre en las prisas por la rentabilidad económica. La población rural no se marchó huyendo de los ecosistemas en un estado casi aceptable de conservación en una ínfima parte del territorio ibérico más que de lugares industriales. Ha pasado exactamente lo mismo en Porto o Fermoselle que en Lubián o Peñausende, es decir dentro y fuera de los Espacios Naturales. La pérdida se ha dado por igual en lugares con o sin buenas comunicaciones por carretera o autovía, con o sin generación eléctrica; y además a lo largo y ancho del territorio. ¿Por qué tienen exactamente la misma curva de declive San Justo y Puebla de Sanabria cuando tienen recursos y actividades diferentes? ¿No habrá que buscar otras explicaciones algo más complejas?

Consultando la web del INE comprobamos que los núcleos de población en los que se han construido factorías industriales, que representaron el paradigma desarrollista del siglo XX, también se han despoblado con la misma intensidad. Por ejemplo Babilafuente, a pesar de la planta de etanol cerealístico de 2008 y de la biorrefinería para aprovechar residuos agrícolas de 2013. ¡Pues no ha sido suficiente con la segunda tampoco! Desde 1996 el pueblo había perdido un 15%, y otro tanto ocurrió hasta 2018; y lo mismo en todo el contorno. En ese punto geográfico no hay medio natural sino campos agrícolas casi desiertos y sometidos a la más intensa agricultura petroquímica que se conoce.

Si miramos en otros entornos veremos el mismo despoblamiento. En León obtenemos la misma curva de declive en un pueblo mediano con gran industria (La Robla) y en otros más modestos. Si vamos a Salamanca comprobamos este declive en Béjar (industrial por excelencia), en Cantalpino (agrícola por excelencia) o en núcleos más pequeños. Todos han perdido casi el 40% de habitantes desde 1996. En todos estos casos no existe nada ni parecido a un espacio natural, con excepción de Béjar que ha sufrido el mismo declive a pesar de su estación de esquí, construida bajo subvención pasando por encima de los estándares de sostenibilidad ambiental e incluso de la legislación autonómica que se modificó "ad hoc" para facilitar su creación. Nuevas "fake-news" sobre fijación de población a base de industrias son las macrogranjas y sus centrales de generación de biogás. Basta analizar el ejemplo de Almazán (Soria) para no creer una sola palabra. Antes del proyecto tenía 5.800 habitantes, durante la construcción llegó a 6.000, en la breve fase de funcionamiento (2 años hasta 2014) bajó a 5.700; y ahora no llega a 5.500. Allí al lado (en Noviercas, de 150 habitantes) se proyecta ahora la mayor vaquería industrial (24.000 cabezas) de Europa. Parece que no aprendemos.

En realidad este patrón sólo se invierte en las capitales provinciales y los pueblos del alfoz. Éstos han crecido absorbiendo población que busca proximidad a los servicios (y no sólo los tecnológicos) que la administración ha decidido sólo disponer en la urbe. También reciben a los urbanitas ahuyentados que prefieren quedarse a una distancia prudencial, en un entorno semi-urbano y medio natural. Pero sólo es un espejismo; Zamora y su alfoz sumaban en 1996 unos 69.000 habitantes y en 2018 somos casi la misma cifra.

El mundo rural se vacía por ausencia de trabajo local para los jóvenes y sin atención de necesidades básicas, tal y como las entiende un ciudadano del siglo XXI. Y también porque ha crecido en la cabeza de las nuevas generaciones que los pueblos son atrasados por naturaleza. La despoblación no se inició cuando se crearon los espacios naturales, más bien tenemos que buscar las causas hace décadas con la imposición del paradigma rural de la agricultura y ganadería como negocio industrial petro-químico; muy lejos de la actividad labriega de toda la vida. Acabó con la mano de obra y llegó el modelo de explotaciones intensivamente mecanizadas al servicio de las multinacionales, los bancos y las aseguradoras (si es que no son lo mismo, que no lo tengo claro). Entonces se cambió el oficio y el saber artesano por el consumo de petróleo e "inputs", y en consecuencia se sustituyó la calidad, la salubridad y la sostenibilidad por la cantidad y el despilfarro energético. Ahora recogemos el desierto de población humana que se sembró entonces. Ya no hace falta más que un agricultor por término municipal, el resto lo suplen los "inputs".

También debemos sumar un poco de desidia al estilo zamorano y un mucho de falta de iniciativa y de compromiso lugareño con el desarrollo local. Deberíamos mirar un poco hacia dentro cuando despotricamos; no todo es desidia e incompetencia administrativa (que también). Pocas iniciativas para atraer capital humano a los pueblos conozco. En Arribes, Sanabria y otras comarcas zamoranas se conservan superficies de tamaño suficiente para que sean ecológicamente funcionales y elementos biológicos que los hacen especiales. Para conseguir la deseable integración con este patrimonio natural hay que apostar por algo más que el turismo intrusivo que acude de una manera tan superficial como lo haría en el parque de atracciones de Madrid o en el casco antiguo de Zamora (paseo, buena comida casera, selfies y para casita) y no implantar actividades dependientes de recursos exógenos. Desde hace muchos años se vende la Red de Espacios Naturales únicamente como un escaparate turístico y un escenario para paseos, romerías, saraos masificados y conciertos, cuando podría ser un motor de desarrollo de ideas y el escenario perfecto para la aplicación de nuevas e innovadoras maneras de hacer las cosas. Un terreno de juego perfecto para la I+D+i ambiental y social. Falta decisión política de hacerlo.

Necesitamos que los ecosistemas sean el "pulmón, el hígado y el riñón" del territorio, al igual que los espacios verdes lo son en la ciudad. Son las funciones ecosistémicas que estos territorios proveen a la biosfera las que deberíamos priorizar y preservar, entre otros motivos porque son esenciales para la supervivencia humana. Los ecosistemas nos mantienen vivos limpiando, almacenado y creando aire, agua y suelo de calidad; y también reciclando la materia en los ciclos biogeoquímicos, entre otras muchas funciones poco valoradas por la sociedad del siglo XXI.

Es necesario apostar por una economía local, de proximidad, pegada al terreno y circular (sin "inputs"); apoyada en pequeñas iniciativas creadoras de trabajo local digno, no por monstruos automatizados que vomitan su riqueza en el parquet de las multinacionales. Tampoco por sacrificar la gestión de la naturaleza a los intereses de unos pocos empresarios del lobby turístico, ni de ningún otro de los que medran por los pasillos de las administraciones.

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