02 de febrero de 2015
02.02.2015
La enseñanza de los años 60 en la Zamora más recóndita

Memoria de dos maestras rurales de Zamora

Elisa Blanco y María Pilar Logedo evocan sus primeros destinos en escuelas de Villarino tras la Sierra y San Vitero, cuando no había carreteras ni calefacción ni medios para educar

02.02.2015 | 00:19

"Cuando llegué al pueblo mi primera sensación es que eso no me lo habían contado, se me cayó el alma a los pies; no había ni carretera, la escuela no reunía las condiciones, un edificio catastrófico, un aula con suelo de tabla, mobiliario viejo, sin pupitres para los más pequeños, los pobres tenían que conformarse con un asiento corrido y arrodillarse para escribir? No era lo que me esperaba".

Corría el año 1966, a un paso de la frontera, Villarino Tras la Sierra se presentaba casi como el fin del mundo a los ojos de una joven maestra que se enfrentaba a su primer destino. Elisa Blanco acababa de aprobar las oposiciones de magisterio con una buena nota, sin embargo tal mérito no le sirvió para conseguir una plaza cómoda.

Todo lo contrario, "me perjudicó, porque al aprobar en junio pensábamos que no nos iban a dar destino ese año. Pero en septiembre nos incorporamos y como ya habían pedido los que iban de oposiciones anteriores, quedaron los cuatro peores pueblos de la provincia". Peores por recónditos y mal comunicados, porque con el tiempo Elisa aprendería en su primera escuela toda una lección de vida y humanidad. "Recuerdo mejor los nombres de aquellos alumnos que de otros posteriores" confiesa junto a su compañera M.ª Pilar Logedo, también maestra y también bregada en ese subdesarrollado medio rural de los 60.

Aunque algo más mayor, Pilar lo tuvo más fácil en su primer destino de San Vitero, donde al menos llegaba el coche de línea y era una escuela unitaria, de 42 niñas y 39 niños, estos a cargo del maestro. A diferencia de Elisa, que no pisó en casa hasta las navidades, M.ª Pilar podía ir todos los fines de semana a Zamora y no tardó en hacerlo con su propio coche, un Ondine que no pasaba desapercibido. Por aquella época una mujer al volante casi era un espejismo y no digamos por un pueblo. "Teníamos que ser decididas hasta para eso" cuenta esta dicharachera enseñante, que no dudó en pedir la excedencia cuando la asignaron el traslado a un recóndito pueblo de La Cabrera leonesa; "me dijeron ¿ves esa montaña?, pues está allí detrás. Es que ni me acerqué".

Elisa no tuvo elección. Con sus 21 años, ni todos los contratiempos del mundo iban a poder con la ilusión de la joven y vocacional maestra. "Cuando iba a la escuela me gustaba enseñar a los niños que veía un poco más necesitados; ¡y yo era una niña! Me gustaban tanto que les preguntaba a mis padres por qué no había tenido más hermanos". Con lo que no contaba era con empezar a dar sus pasos en un pueblo "que por sí mismo lo dice, está más allá de la sierra y en cambio a Portugal se llegaba divinamente". La primera prueba fue el viaje. "Tuvimos que pernoctar en Sejas porque el coche de línea no llegaba a Villarino, no había carretera; o ibas andando o en burro". Al final fueron unos padres a buscarla y a lomos de una mula recorrió los 9 kilómetros que le separaban de su destino. "Yo que iba tan mona, tan arregladita con mi vestido, me puse perdida" evoca Elisa Blanco.

Sin embargo aquella accidentada llegada no sería nada con lo que le esperaba en un pueblo tan distinto a lo que ella conocía. "Me quedé descorazonada". Por delante le esperaba un mundo desconocido, también lleno de humanidad, con un buen puñado de niños y niñas (37) que terminarían por ser un bálsamo ante tan duro reto.

Quien era doña Elisa para todo el mundo se instaló en casa de una patrona, donde el servicio estaba a 500 metros; "te podías imaginar lo que era aquello en invierno". Hasta recuerda el aullido del lobo por los solitarios parajes serranos. No menos duro que las clases casi a bajo cero, solo templadas por un brasero de cisco que cada padre iba encendiendo por turnos. En tales condiciones dar clase a un heterogéneo alumnado de 6 a 14 años "era una batalla; les veía tan pequeños, tan indefensos... Cuando hacía mucho frío nos poníamos a saltar para entrar en calor". Así que el inicial sentimiento de frustración se calmó con una entrega total al trabajo. "Era un ambiente de silencio, los niños te respetaban (en el buen sentido) y eran muy agradecidos, y los padres tenían una confianza plena en el maestro. Así daba gusto trabajar".

Era tiempo de emigración, muchos padres dejaban a las familias en busca de mejor sustento. Tiempo de alto absentismo escolar porque había que trabajar en casa; "cuando llegaba el buen tiempo ya empezaban a faltar". Y también se encontraron estas maestras con los llamados "zorritos", hijos de madres solteras cuando tal condición era un estigma.

Era tiempo de carencias; todavía recuerda M.ª Pilar aquellos recreos en San Vitero preparando con las madres la leche en polvo y el queso americanos que daban a los niños. "Hacíamos de todo, labores, manualidades, juegos, canciones, teatro, las flores a María en el mes de mayo... Hasta leer cartas que les llegaban a los padres y ni sabían lo que querían decir". Elisa llegó incluso a cortar el pelo a sus alumnas.

Y también era tiempo de generosidad; "las familias se desvivían con nosotras, nos daban de todo, había muchas carencias pero no pasaban hambre". Por aquellos años comenzaron a funcionar los primeros teleclubs y la llegada de la televisión. Elisa estaba en San Cristóbal de Aliste cuando se instaló el primer aparato, precisamente en la escuela. Todo un acontecimiento.

"¡Cómo han cambiado las cosas!" tercia M.ª Pilar Logedo, con la que Elisa Blanco coincidiría años después en Corrales. "A partir de la reforma de Villar Palasí (1970) empezaron a notarse muchas mejoras en la escuela" coinciden las docentes. Se dignificaron sueldos que hasta ese momento andaban por las 3.800 pesetas, comenzaron las comarcales "y ahí ya nos podíamos juntar los maestros, compartir experiencias, nos sentíamos más arropados".

¿Repetirían la experiencia? "Con aquellos niños sí, pero no en esas condiciones; los niños son un regalo de la vida y se merecen una educación con unos medios dignos" concluyen. Si algo echan de menos estas dos maestras zamoranas, con más de media vida profesional en el medio rural, es el apoyo de los padres y la fe en el enseñante. "Usted le dé" recuerdan en tono anecdótico que les decían cuando había que reprender a un niño. "Hoy te dicen que se traumatizan".

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