16 de marzo de 2013
16.03.2013
Tierra del Vino

Un santuario mariano del siglo XIII

El historiador José Carlos de Lera Maíllo presenta en Moraleja el libro sobre Santa María del Viso

16.03.2013 | 01:11
El autor José Carlos de Lera explica los pormenores del libro.

La capacidad de convocatoria de la imagen de Santa María del Viso, venerada en la iglesia parroquial de Bamba, en el contexto de una sociedad secularizada, y la transmisión de la memoria del acontecimiento acaecido según la leyenda en 1260 son los puntos de partida tomados por el técnico archivero del Archivo Diocesano de Zamora, José Carlos de Lera Maíllo para escribir el libro «Bamba y su santuario de Santa María del Viso. Historia y leyenda», editado por la Editorial Semuret con la ayuda de la Diputación y presentado ayer en el Ayuntamiento de Moraleja del Vino.


El autor, licenciado en Historia, y especialidad en Historia Medieval, Diplomática y Paleografía, se ha centrado en reconstruir la memoria de este acontecimiento: cuándo y quién le dio forma escrita, y sobre todo qué objetivo perseguía, además de conocer la influencia del santuario en la villa y comarca y la vida cotidiana de los lugareños bajo la dependencia del señorío del Cabildo Catedral.


«A través del estudio de las fuentes diplomáticas hemos comprobado la existencia del templo ya en el año 1230, y la recepción, en la segunda mitad del siglo XIII, de una manda testamentaria otorgada por un canónigo zamorano; y sobre todo, los legados del obispo Pedro II en su testamento otorgado en 1302». Estos documentos jurídicos «nos acreditan la existencia del templo y la veneración de su titular antes de la obra de Fray Juan Gil. Pero estos datos frios, como dice Georges Duby, no palpan la vida de los hombres», constata De Lera Maíllo. «Gracias al relato hagiográfico del franciscano nos eleva el templo a santuario de peregrinación. Según él, a las puertas - limina- llegaron tres personas enfermas después de haber peregrinado en busca de una curación milagrosa: Marina Pérez, una mujer ciega procedente de Valderas (León), otra mujer anónima que estaba endemoniada, y Domingo Melendi, un portugués lisiado y deforme llevado en un carro. Sólo en el primer caso aparece en el templo la Domina, quien ordena a Marina ir a Zamora al lugar donde han sido halladas las reliquias de San Ildefonso». El clérigo franciscano «une a dos representaciones opuestas y extremas del hombre medieval: el marginado y el santo. En la Edad Media entre los excluidos se encontraban los desterrados, vagabundos, prostitutas, juglares, etc., y además la sociedad incluía a los enfermos y desvalidos en muchos casos peregrinando en busca de curación. Éstos últimos visitaron el templo del Viso, y una vez allí, fueron dirigidos hacia al encuentro del Santo Ildefonso. El santo constituía la máxima realización del hombre medieval. Citando a André Vauchez, De Lera explicaba que «si algunos santos medievales siguen siendo venerados en nuestros días, es, sin duda, porque las generaciones posteriores han reconocido que sus predecesores pusieron en esa devoción lo mejor de sí mismos.

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