06 de enero de 2013
06.01.2013
Sayago | Viaje a un rincón sorprendente

Argusino resiste sobre las aguas

Medio centenar de personas participa en una ruta interpretativa por las ruinas del pueblo l Los restos llevan más de dos meses al descubierto por el prolongado descenso del embalse de Almendra

07.01.2013 | 15:19

Han tenido que pasar 30 años para que Argusino recupere la silueta de lo que fue. Hay que remontarse al verano de 1982 cuando una gran sequía redujo el colosal embalse de Almendra a la cota mínima. Tanto bajó en aquel momento el nivel que el olivo situado cerca de las últimas casas del pueblo emergió y la fotografía, realizada por Jesús de la Calle, llegó a abrir la edición nacional del desaparecido diario Ya con el título «La sed de España».

Cuenta la anécdota Francisco Colino, hijo de Argusino e inspirador de la visita guiada que ayer llevó a medio centenar de personas hasta la ribera del embalse donde quedó sepultado Argusino en el año 1967. El pueblo enterrado bajo las aguas del embalse de Almendra llama cada mayo a los suyos en la romería de la Santa Cruz. El Argusino que aflora de cuando en cuando genera una insólita curiosidad, también afecto, por el forzoso destierro de sus vecinos.

El montón de piedras en el que quedó convertido este pueblo, otrora productivo y fértil, permanece este invierno al descubierto por un tiempo inusualmente largo. El día de los Santos muchos vecinos ya pudieron colocar flores en el cementerio donde descansan sus seres queridos. Hoy los ramos se marchitan sobre la tierra como en todos los camposantos. Ya sea por la sequía arrastrada los dos últimos años o por las conveniencias productivas o fiscales de la empresa hidroeléctrica, quizá por ambas, la realidad es que buena parte de lo que fue Argusino asoma este invierno de forma insólita.

Y tal fenómeno ha generado una peregrinación incesante. En parte protagonizada por los hijos, e hijos de los hijos de Argusino que se resisten a perder la memoria de lo que fueron sus raíces. Hay a quien le mueve la curiosidad y, por qué no, el sentimiento hacia un pueblo arrebatado a sus gentes en aras del progreso.

Ayer, de la mano de Francisco Colino, profesor e incansable investigador de la historia de su pueblo, un grupo de personas pudieron pisar las calles, las eras, la zona de viñedos, los huertos... Las mansas aguas del embalse de Almendra permiten este excepcional recorrido por el pueblo fantasma. «Cada uno conoce lo que vive, lo que se mueve, lo que ve» cuenta Francisco Colino en este nuevo reencuentro con el territorio que abandonó a la edad de diez años.

Otros eran más mayores. Entre los participantes en esta ruta por la memoria, un puñado de vecinos de Argusino que, en plena juventud, sufrieron el desarraigo y se marcharon con sus familias a un nuevo asentamiento. Allí estaban los hermanos Honorio e Isabel de Dios Bermúdez, también Pilar Moralejo Moralejo que se desplazó desde Torrefrades o la más joven Teresa Sevillano Bermúdez; también José Peñas, nieto de José Peñas de Pedro, tras las huellas de su abuelo.

Todos ellos protagonizaron un emotivo reencuentro entre las calles por las que corretearon de niños, entre los restos de sus casas. «La mía estaba allí», señala Honorio de Dios. Hay que imaginarla porque apunta a las aguas. El embalse deja ver una parte de Argusino, no todo. Pero sí muchas de las calles que Francisco Colino iba recitando como un rosario.

Estaba la de Alfonso XII, por donde se entraba al pueblo, hoy perfectamente identificable, y llegaba hasta la Plaza Mayor. La calle del Palacio (donde se encontraba el Casón del Vizconde), la Calzada, los Leones, Salsipuedes, la Fontana, la Fragua, la Travesía de las Raíces, el Toral de las Raíces, la Casa Baja...

«¡Cuantas!» reaccionó uno de los visitantes. «Es que Argusino no era pequeño» responde otro. Hablan de cuatrocientos y pico habitantes, más de un centenar de viviendas. Había un batán, dos aceñas a unos 8 kilómetros del pueblo, cuatro molinos, dos fraguas, tres carpinterías, una zapatería, un cestero, dos tiendas y hasta una panadería donde «en ocasiones se pasaban películas», contaba Francisco Colino a la vera del embalse en un día espléndido.

Mientras tanto, Honorio como Isabel, Teresa... los de allí, se perdían entre las piedras buscando las casas de unos y de otros, intentando identificar cada rincón del pueblo del que salieron con una «indemnización ridícula». Algunos se quedaron cerca, en Villar del Buey, Salce, Muga, Salamanca o Sobradillo de Palomares. Otras cuantas familias aceptaron la oferta de las autoridades y recalaron en Cascón de Nava (Palencia), un pueblo nuevo construido para colonos procedentes de pueblos desaparecidos como consecuencia de las obras hidráulicas. «Ofrecían un terreno, pero estaba todo un poco dirigido, no te daban los que querías. Había que pagar una renta y al cabo de unos años te hacías propietario» recuerda Honorio de Dios. A su padre la oferta no le convenció, pero sí a otros que se asentaron y rehicieron sus vidas en un territorio completamente distinto.

Desarraigados, resignados e impotentes, sin otra alternativa que el destierro, los habitantes de Argusino lo que querían era marchar juntos, había muchas familias emparentadas, estrechas relaciones vecinales. Donde quiera que fueran querían mantener esos lazos que les creaba la tierra común.

«Me acuerdo que por mayo llegó el gobernador a la iglesia y dijo que no podía ir todo el mundo junto, que no había un lugar para reunir a todos. La gente se vino abajo» cuenta Honorio de Dios. Después, en autocares, los vecinos fueron visitando posibles lugares donde asentarse y fue así como cada familia buscó su nuevo nido.

Con cuatro cosas a cuestas, marcharon ligeros de equipaje. Aquellos fértiles suelos, los productivos huertos, esmeradas y laboriosas eras de piedra hoy aún conservadas, los viñedos trabajados casi a pulmón que eran capaces de dar fruto de la piedra, quedarían sumergidos bajo las aguas, las mismas que cuando desaparecen lo transforman en un paisaje lunar.

«Iberduero llegó arrasando, metió las máquinas y destruyó todas las casas. Como la iglesia se les resistió, la dinamitaron» contaba Paco Colino al grupo que seguía con sumo interés la visita. Una familia no quiso aceptar «aquella basura», allí permaneció la casa levantada durante un tiempo, sobresaliendo entre las ruinas, junto al transformador. Resistió pero la familia tuvo que terminar claudicando tras aquella defensa numantina de lo suyo. «Lo único que respetaron fue el cementerio». Allí quedaron los difuntos, sepultados bajo medio metro de hormigón. «O más», apunta un señor que trabajó en aquella obra.

Los hijos de Argusino leen al dedillo el paisaje, recuerdan cada cerro, cada valle - «ese es el de diezquemao» señala Colino-, el promontorio de la izquierda es «el tesico», después el teso de la Molina, el de las Cabezas o la zona del alcornocal cuya corteza trabajaba el corchero de Almeida. También los Rodillones donde crecían las viñas y cuyas huellas hoy son perfectamente identificables.

La bajada del embalse permite ver los huecos que realizaban los agricultores de Argusino para recoger el agua y dar espacio a la cepa para brotar. «Esto demuestra la dureza del trabajo de aquellas gentes para sacar fruto de la tierra». Permanecen los pozos (no sin peligro porque ahora, con el descenso de las aguas, están perfectamente visibles), los manantiales o manaderos. Cuenta Colino que había uno tan abundante «que Fermoselle quiso coger el agua para abastecer a la villa».

La bajada del embalse dibuja un paisaje que llama poderosamente la atención. Pero también afloran los sentimientos de quienes nacieron en Argusino, hoy un pueblo anegado, enterrado bajo las aguas que caprichosamente ahora descubren las ruinas.

Entre las calles, junto a las casas, resulta asombroso ver las huellas de un tractor que llegan hasta la misma vera del embalse. Es la prueba de la rapiña de piedras, sillares, cincones o dinteles. Hay quien aprovecha el resurgimiento de las ruinas para arramplar con aquellos restos para muchos sagrados. Tanto ha indignado este acto que una joven ha presentado una denuncia en el Cuartel de la Guardia Civil de Fermoselle. Pero eso es otra historia.

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