28 de septiembre de 2012
28.09.2012

Una bala napoleónica en Nuestra Señora del Agavanzal

Aparecen las huellas del proyectil sobre la talla de Santa Ana durante los trabajos de restauración del retablo

28.09.2012 | 11:52
Retablo mayor del santuario de Nuestra Señora del Agavanzal.

Los trabajos de restauración del retablo mayor del santuario de Nuestra Señora del Agavanzal han dejado al descubierto los restos de la bala de un mosquete napoleónico alojados sobre una talla que representa a Santa Ana. El «fusilamiento» de la imagen parece claro que se produjo en la época de los franceses, según mantiene el técnico restaurador José Luis Casanova quien junto a técnicos de una empresa especializada ha llevado a cabo el trabajo de restauración del retablo por encargo de la asociación cultural del santuario de Nuestra Señora del Agavanzal.

Esta ermita santuario, en Olleros de Tera, está llena de sorpresas y de historia. El proyectil traspasó la parte dorsal del hombro derecho de la talla por lo que los técnicos tuvieron que trasladarla al taller que la empresa tiene en la capital de León para taponar el agujero producido por el disparo procedente del mosquete o del fusil en manos de un soldado francés.

Los trabajos para «curar la herida» consistieron en taponar el boquete, al mismo tiempo de reintegrar el soporte y la reintegración cromática ya que la policromía de la talla había desaparecido, explica José Luis Casanova, experto en tiro olímpico, de ahí sus conocimientos balísticos.

El proyectil alcanzó a la talla por su parte trasera según apunta el restaurador. La imagen no se encontraba en el actual camerino del retablo, sino que más bien procedería de la antigua ermita o de otro templo diferente y en otro lugar. Las andanzas y tropelías de las tropas francesas en numerosos puntos de la comarca.

Los trabajos de restauración del retablo han dado a conocer también su datación y que fue expresamente hecho para este templo mariano unos años después de la ampliación del edificio de la antigua ermita. Es decir, que sus propietarios, la familia Bustamante, decidió ampliar la pequeña ermita en el primer cuarto del siglo XVIII encargando construir un retablo unos años más tarde, sobre el año 1730. De estilo barroco y constando de un piso y ático, el cuerpo instalado sobre el muro este del templo fue fabricado en madera de pino tea y de chopo del país, asegura el técnico Casanova.

Otra de las páginas escritas por este documento en madera ha permitido descubrir que hasta el lugar llegó un policromador para pintarlo «in situ» como sucedía en la mayoría los casos al finalizar el retablo. Este profesional hizo las pruebas de policromía sobre unos angelitos ubicados sobre columnas situadas a ambos extremos del camerino central. Aunque por motivos desconocidos ya fuesen la dejadez, las discrepancias surgidas o por la falta de recursos económicos el conjunto de madera quedó instalado sin ser revestido de color. «Los retablos no se hacían para dejarlos en madera vista, siempre hubo algún motivo para dejarlo así», advierte el restaurador.

Tanto las tallas alojadas sobre el retablo como la totalidad de su conjunto han tenido que ser objeto de intervención por los técnicos. Una actuación minuciosa consistente en primer lugar en una limpieza orgánica para eliminar la existencia de detritus de aves e, incluso, de nidos. Posteriormente se realizó el proceso de hidratación y se ha consolidado el soporte en el que se tuvieron que desmontar los escudos que aparecen coronando las columnas exteriores a ambos extremos del retablo y que representan las armas de la familia Bustamante. Se tuvieron que reconstruir algunos de los pisos de la estructura y tallas nuevas, «no todas, por respeto a la obra», dice Casanova. Las tallas de San Joaquín y la de Santa Ana a ambos extremos del camerino central donde se aloja la imagen vestidera, también del siglo XVIII, de la Virgen nuestra Señora del Agavanzal. Sobre este camerino, una pequeña talla de San José, también de la misma época, ha sido objeto de restauración.

El proceso de restauración del retablo ha sido aprovechado también por los técnicos para intervenir con un delicado trabajo en una talla de la Divina Pastora que se encuentra en un retablo auxiliar en el ala izquierda del templo.

El proceso de restauración, ya concluido, ha permitido adentrarse en la intrahistoria de este templo, primero ermita y después santuario en manos de la familia Bustamante hasta el 17 de octubre del año 1950 en que fue vendido al Obispado de Astorga junto a los terrenos de su coto redondo del Agavanzal. Ante notario el prelado astorgano, Jesús Mérida Pérez, se hacía cargo para la diócesis maragata de la ermita, casa del ermitaño, huerta y una finca por el precio de 3.250 pesetas que venía a abonar a la hasta entonces propietaria, la baronesa de San Vicenso, doña María Menéndez Valdés y de Bustamante, legítima heredera del linaje de los Bustamante con casa palaciega en la villa toresana. A raíz de las terceras nupcias del tercer Barón de Covadonga, Ramón Valdés y Armada, mayordomo de semana del rey Alfonso XIII, con doña María Menéndez Valdés y de Bustamante, el monarca a través de un real Decreto de 20 de octubre de 1893 en memoria de un antiguo señorío de la Casa, que databa de 1646, otorgó el título nobiliario a la legítima heredera a la que le correspondió al fallecimiento de su madre, Eustaquia Bustamante Rodríguez, la propiedad de una finca en Olleros, de las 62 que componían la heredad de tierras denominada «La Única», procedente del Mayorazgo de Bustamante.

El templo mariano de Olleros de Tera que ha venido sufriendo constantes reformas desde su construcción en los albores del siglo XVII por don Diego de Bustamante y Melgar perteneciente a la Orden de Santiago, caballero de la reina y dueño del coto Redondo del Agavanzal, gozó ya desde sus orígenes con una bula de indulgencias para sus cofrades expedida en Roma por el Papa Inocencio X en el año 1654, a sólo unos meses antes de fallecer el pontífice en la ciudad eterna el 7 de enero de 1655. Una copia del retrato en lienzo del promotor de la construcción de la ermita se alza en el interior del templo, al igual que los de algunos benefactores ilustres junto a los exvotos en tela policromada o en cera.

La asociación cultural «santuario de Nuestra Señora del Agavanzal» tiene previsto además continuar con su proceso de restauraciones interviniendo en un antiguo lienzo de techo para ser recolocado sobre alguno de sus muros, confirmó la presidenta de este colectivo cultural, Isabel Alonso Barrio. La retirada de los contrafuertes construidos en el año 1975 para sujetar el muro frontal de la fachada del edificio también forman parte de las actuaciones previstas.

«Lo ocurrido con el Ecce Homo de Borja no se puede dar en los templos de la diócesis»

El restaurador José Luis Casanova lo tiene bien claro «en los templos diocesanos no podría darse una actuación como la ocurrida en Borja con el Ecce Homo». Las estrictas normas a seguir para ejecutar una obra han de pasar por un filtro previo como es la supervisión del delegado episcopal de Patrimonio. Eso si, esto en los tiempos actuales, porque en el santuario del Agavanzal, como en otros muchos templos, se encuentran intervenciones realizadas hace décadas sobre tallas que sobrepasan los límites de la estética. Tal es el caso de una pequeña talla de San Juan Evangelista en este templo mariano de Olleros que tras una dudosa intervención cromática llevada a cabo hace unas cinco décadas su rostro es similar al del Ecce Homo de la localidad aragonesa y que ha logrado concitar la presencia mediática.

El experto restaurador José Luis Casanova aboga por la necesaria intervención de técnicos advirtiendo del rico patrimonio existente en los templos como los del norte de la provincia zamorana. «Mucho de él está mal conservado, pero es rico en historia y arte», dice.

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