13 de enero de 2011
13.01.2011
Aliste

La estampa de la desolación

El poblado de Castro presenta una imagen deplorable tras la acción de los vándalos, con las puertas y ventanas rotas, la iglesia profanada y las salas reventadas

13.01.2011 | 02:03
Interior de la iglesia, despojada de todos los elementos, salvo de los hierros del púlpito.

Miles y miles de cortantes cristales alfombrando los suelos, puertas desencajadas y rotas, ventanas quebrantadas, calentadores arrancados de cuajo, cuadros eléctricos sustraídos, tuberías robadas, dependencias encharcadas y una la iglesia profanada y desnudada hasta de sus santos y campanas es la estética que presenta estas fechas el poblado de Castro. «Una pena» dicen los vecinos de Castro, resignados por lo que constituye una de las imágenes más aborrecibles de todo el Arribanzo del Duero, Parque Natural para más gloria.


Construido a finales de la década de 1940 por Iberdrola con motivo de la construcción de la presa hidroeléctrica, con una elegancia estética encomiable, y radicado en una encrucijada fluvial de elogiable belleza (hay un mirador), presenta en estos momentos el mayor de los deterioros y la peor de las estampas.


El suelo de las calles, de las plazas y de las dependencias aparece peligrosamente sembrado de cristales porque, sin excepción, han sido rotas todas las cristaleras de todas las ventanas y vitrinas existentes en el poblado. Nada ha sido respetado por los vándalos, que se entregaron sin reservas y a gusto «en el degüello», por decirlo con las palabras del vecino de Castro, Manuel Tejeiro Vázquez.


Las puertas de entrada a todos los edificios han sido reventadas, y lo mismo ha sucedido con las puertas de acceso a cada una de las dependencias de la totalidad de los inmuebles. Más luego han sido arrancados todos los elementos que hacían habitable el poblado. No queda ni un cuadro eléctrico, ni un retrete, ni una lámpara o bombilla, ni una silla o mesa en pie, ni una cama en habitación alguna. Lo que no ha sido sustraído ha servido para que los gamberros se entretuvieran en hacerlo añicos. De esta triste guisa, aparecen algunos colchones tirados por las escalinatas de granito y algunos calentadores que fueron arrancados de cuajo igualmente diseminados por el callejero.


El poblado de Castro presenta el aspecto de un pueblo saqueado y destrozado a conciencia. «La ciudad sin ley» reza un eslogan escrito en una de sus paredes. Y es que las pinturas son otro distintivo. Otra mancha.


La iglesia, que fue dotada con cristaleras de colores para mayor prestancia, es un templo triturado y desnudado de toda la imaginería. Ni un solo cristal en ventana alguna, ni un banco. Quedan el altar, lo que fuera el púlpito y la pila bautismal gracias a que son de granito y la piedra es lo único que todavía resiste el acoso.


La gran hospedería, el cuartel de la Guardia Civil, la escuela, las viviendas, el garaje del coche de línea, el botiquín ofrecen asimismo una imagen asombrosa con las redes de abastecimiento, calefacción y alumbrado desaparecidas.


La visión de la hospedería del poblado, que guarda un cierto parecido con los monasterios del Tibet por su sobresaliente aspecto y por aparecer emplazada en lo alto de un promontorio, es otra frustración porque, sin ventanales, las corrientes de aire cruzan el desmantelado edificio generando todo tipo de sonidos. Lo que fueron acogedores salones para ingenieros de veta admirable como Francisco González, Antonio Sagaseta, Juan Alonso y Luis Olaguíbel son hoy lugares impresentables, de suelos mojados, hornillas desquiciadas y suelos llenos de suciedad.


Los edificios han sido violentados en su plenitud y por todas las partes aparecen rastros de las rapiñas. No faltan en algunas dependencias las huellas del fuego y de posibles pernoctaciones. Incluso, para mayor sorpresa, ruedan por los suelos documentos sobre los proyectos de la ampliación del salto de Castro, sobre las inyecciones realizada por Rodio para amortiguar las filtraciones, sobre los trabajos ejecutados en la carretera de acceso y en la central, así como partes diarios de avenidas y caudales.


Sin ventanas ni tuberías, nada detiene a los temporales agua, que encharcan la salas.


El vecino de Castro Manuel Rodríguez coincide con todos los demás en la desazón que produce la situación de abandono que se ha apoderado del enclave. «Es una pena» insiste. Habla del interés de algunos por hacerse con alguna vivienda y comparte con otros que la compraventa fue realizada un tanto a espaldas de la gente. De hecho, al Ayuntamiento de Fonfría le sentó tan mal la operación que tuvo sus más y sus menos con Iberdrola porque consideraba que había existido desconsideración hacia el municipio.


Manuel Tejeiro, vecino de Castro y que trabajó en la construcción, también habla «de pena» y afirma que «han venido a robar de muchos sitios. Se llevaron las campanas, los santos? Ahora todo está desguazado. Sabe Dios lo que ha pasado porque ha desaparecido hora por hora».


Recuerda que en el cuartel de la Guardia Civil «había un cabo tremendo, que no se acostaba ni en toda la noche ni en todo el día». Lo que fuera la Casa Cuartel de la Guardia Civil conserva, no obstante, más que deslustrado el rótulo. El interior es otro cuadro de salas inundadas, cocinas y habitáculos desvalijados, y mucha inmundicia.


Sin cristales, contraventanas o persianas que ahoguen la mirada al exterior, desde el ventilado cuartel puede verse a placer la confluencia de las achocolatadas aguas del Duero y las claras del Ribera en el remanso que se forma ante la central primigenia. También se ve a un cormorán bucear y salir a flote una y otra vez.


Responsables de «Explotaciones turísticas de los Arribes S. L.» reconocieron ayer que los proyectos de desarrollo turísticos previstos para este silencioso escenario «están paralizados».


Estos días la presa de Castro proporcionaba una visión un tanto espectacular al soltar por sus aliviaderos un torrente de 800 metros cúbicos de agua que hacen hervir el cauce del Duero en su marcha hacia el tramo internacional, pues es la presa que da paso Portugal. Cipriano Rodríguez, no quedaba sorprendido porque ha visto desaguar varios miles de metros cúbicos por segundo. Lo dice desde un mirador situado en la zona portuguesa que encierra serios peligros por los desprendimientos que sufre y que son más que evidentes.


«Ni el más triste de los árboles se siente capaz de ganarse la vida en semejante tierra» dice Álvaro Chapa en el libro «La Construcción de los saltos del Duero, 1903-1970. Historia de una epopeya», al reparar en la presa de Castro en 1949. «Los autóctonos vivían al día, totalmente abandonados a los instintos más primarios. En más de una ocasión el portamiras ofreció a los topógrafos el disfrute carnal de su novia para aliviar la hipotética tensión producida por la distancia a Zamora. Los hombres de Iberduero se sentían apenados con semejantes propuestas» añade.


Hoy el poblado que acogió el progreso y unas ilusiones desbordantes representa el vacío y la despoblación.

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