10 de diciembre de 2008
10.12.2008
SANABRIA-LA CARBALLEDA

Un baño de misterios y leyendas

La isla de Las Moras, enclavada en el Lago de Sanabria, acogió un palacete nobiliario y todavía sigue viva en la zona la creencia de que alberga bajo sus ruinas grandes tesoros

10.12.2008 | 01:00
Isla de Las Moras, enclavada en el Lago de Sanabria, donde la vegetación crece a sus anchas y están diseminadas las piedras de lo que fuera un rico palacete.

Ribadelago
El Lago de Sanabria mantiene en su seno y como una reliquia la conocida Isla de Las Moras, un modesto montículo que guarda en sus entrañas, que se sepa, un mundo de pasiones bravas; y, en tanto no se descubran, de tesoros vanos.
Es denominada de Las Moras porque desde hace siglos este asilvestrado cultivo florece y madura a sus anchas sobre su cresta, para adorno del peñascal y para placer de algunas aves que gustan de picotearlas. «Tienen un sabor excepcional. Son estupendas. Cuando éramos chavales íbamos a nado hasta la isla para comerlas», recuerda César González.
Hoy es un reducto habitado por algunas pequeñas aves, conocidas como bisbitas, lavanderas o "revolinguinas", que crían a sus crías como dueñas y señoras que son del apacible refugio. En un vuelo saltan hacia el bosque, cargan el pico de gusanos y regresan sin ninguna escala a su señorial campamento de zarzas y algún que otro abedul.
Pero el llamativo terruño es portador de un historial de episodios, de leyendas, de fantasías, de locuras y enredos humanos de todo calado porque, a salvo de intromisiones, en el islote pusieron sus pies hombres de toda conciencia y mucho poder.
Es un islote por el que al parecer, y desde hace lustros, no pasan los años si atendemos a los habitantes de Ribadelago, que dicen haberlo visto «siempre igual». Los más ancianos, sin embargo, conocieron parte de las paredes del palacete que construyó en tan impensable cota el conde de Pimentel, cuando su imperio le permitía hacer y deshacer con gran antojo. De hecho los ribalagueses llamaban a este lugar, y por tradición, "La Casica".
Una de las leyendas hace referencia al pequeño palacio como epicentro de las correrías de los condes de Benavente, de Alcañices y del marqués de Santa Cruz. En este refugio pernoctaban y descansaban los egregios hombres de las expansivas cacerías de oso y urogallo practicadas por la zona. Sucedió que en el transcurso del pleito sostenido por el conde de Benavente con los monjes de San Martín de Castañeda se levantó un terrible huracán. El conde se quedó tan asustado, porque las olas subían por encima de la casa, que dijo en voz alta: esto es un castigo de Dios por oponerme a los frailes de San Martín. Y en acto ordenó retirar el pleito con los monjes.
Llevado por los miedos y la reconciliación con los moradores del cenobio, el conde cedió el Lago, la isla con "La Casica" y las pesquerías a los monjes; y los monjes la propiedad de todas las sierras comunales de Vigo, Ribadelago y San Martín.
Pero no quedó ahí el caso, porque tras la permuta de propiedades los guardianes, empleados y empleadas del conde de Benavente se sublevaron y quemaron la casa, adornada con mucho lujo y mucho oro, al decir de César González, que remacha diciendo que «aquello era un barullo tremendo».
Entonces saltó a la esfera social la creencia de que la isla es un punto de tesoros perdidos y nunca encontrados. «Desde entonces existe la manía de que hay oro enterrado». Incluso no faltan «forasteros que se dedican a buscar libremente». Más aún, al propio César llegó a contarle un buscatesoros «que había visto como unas ánforas».
Al ser una isla enclavada en un Lago de leyenda, corre la creencia de que un túnel comunica la isla de Las Moras con el Monasterio de San Martín de Castañeda. Los defensores de esta versión alimentan su criterio afirmando que, durante la espantosa Inquisición, a los herejes les conducían por este pasadizo hasta el islote donde ejecutaban la sentencia de muerte.
La construcción del palacete exigió ingenio y técnica. «Se cree, es casi seguro, que bajaron de nivel el Lago y, al quedar la roca con menos agua, pasaron a la isla las piedras desde el Castro. Se apañaron con carros, por eso se ve desde el Mirador como una calzada. Luego volvieron a tapar en los arenales de Vigo» manifiesta César González.
El palacio de Pimental tenía unas notables dimensiones, y en Ribadelago existe la convicción de que alguien más que el propio Lago tiene piedras del edificio.
El resto aparecen diseminadas por el majestuoso islote, ajeno a culebras y a lagartos, como si fueran las ruinas de un Olimpo, sobre el que piden el más absoluto respeto

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