Fermoselle.- El joven José Antonio Vaquero Ferrero, de Palazuelo de Sayago, de 30 años de edad, falleció ayer a consecuencia de las letales cornadas que le asestó un toro durante el encierro organizado en la villa de Fermoselle que celebra estos días las fiestas en honor de San Agustín.

La tragedia sucedió en el encierro más peligroso que se recuerda debido a que uno de los toros penetró a los bajos de plaza donde se arremolinaban en torno a 2.000 personas, aficionados que vivieron despavoridos la situación al no poder echarse a la plaza ocupada por otros dos toros, más los cabestros.

Todo sucedió a las 11.11 horas de la mañana cuando el joven sayagués, escapando del toro que arrasaba el pasillo interior, se echó a la plaza junto con otras personas. Entonces un astado del coso arremetió contra el grupo llevándolos a todos por delante y lanzando a alguno por los aires, pero dio media vuelta y se cebó de lleno con Vaquero Ferrero, que tumbado en el suelo no tuvo tiempo de quitarse del medio ni pudo eludir las persistentes acometidas. Atrapado entre las talanqueras, el joven no logró pasar al interior y el toro lo embistió una y otra vez clavándole el pitón derecho, primero bajo el sobaco y luego terriblemente en el costado.

Uno hombre hizo lo indecible por arrastrale hacia dentro, pero, al ser un joven de fuerte complexión, el hueco demasiado estrecho para su caso, y con el toro allí mismo rabioso y completamente cegado, los esfuerzos resultaron imposibles. Fue un minuto «criminal» en palabras de una vecina.

El socorrista trabajó sin percatarse que tras él marchaba el otro toro causando pavor.

La víctima fue seguidamente trasladada hasta el Ayuntamiento sin que nada pudiera hacer por su vida el personal sanitario presente.

Su muerte consternó a toda los asistentes, pero muy especialmente a la población de Palazuelo. Nada más conocerse la tragedia numerosas personas de la localidad fueron acercándose hasta el centro de la Cruz Roja donde estaba el cuerpo del infortunado. Sus rostros llorosos revelaban el impacto del fallecimiento de un joven estimado.

José Antonio Vaquero había estudiado matemáticas y en estos momentos trabajaba en una empresa, tenía novia y pasaba por una etapa esperanzadora. Residía en Basauri (Vizcaya), pero su amor al pueblo le llevaba a ser uno de los jóvenes que siempre aprovechaba las fechas vacaciones para regresar al pueblo de donde es natural su madre. Su padre, Rogelio Vaquero, es natural de Fermoselle. La misa de funeral y el entierro está previsto para hoy a las 17.00 horas en Palazuelo.

«Ha sido una completa desgracia, muy mala suerte porque ha venido con los suyos a Fermoselle a comer unos pinchos y disfrutar de la fiesta y se ha encontrado con esto» expresaba ayer un vecino de Palazuelo mientras esperaba el traslado del féretro. Allí aguardaban llorosos y destrozados de ánimo personas de toda edad y condición.

El Ayuntamiento celebró ayer al mediodía una sesión urgente para debatir si continuar con el programa festivo y analizar las medidas consecuentes. Finalmente acordaron proseguir con los festejos, colocar un crespón negro en el balcón y hacer hoy una mención especial durante la celebración religiosa en sentimiento y homenaje a José Antonio Vaquero. El encierro de vaquillas que sigue al gran encierro fue suspendido y en todos los actos taurinos se guardará un minuto de silencio. El alcalde, Manuel Luelmo, expresó ayer su condolencia, en nombre de toda la Corporación, a los familiares del fallecido.

La decisión de continuar con los festejos obedeció a la gran presencia de personas que se acercan a la villa con motivo de las fiestas de San Agustín. Algunos cifraban ayer en «20.000» los presentes.

El encierro de ayer quedó marcado en la mente de los miles de asistentes porque pudo ser una verdadera sarracina. De hecho en la Cruz Roja fueron atendidas una quincena de personas -una joven trasladada a Zamora- pero fueron decenas las que presentaban rozaduras y moratones en sus cuerpos.

«Los toros venían envenenados. No sé el motivo. Si la bravura o qué» afirma un vecino que, aunque integrante de la Comisión de Festejos durante más de una decena de años, no recuerda nada igual en toda su vida, aunque sí «que siempre hay percances e incluso cogidas».

Al los diez minutos de presentarse los toros en la plaza, procedentes de San Albín -de donde salen escopetados a las 11.00 horas- uno de los novillos se arrancó casi desde la mitad de la plaza y embistió contra la puerta situada frente a la entrada del Ayuntamiento, sacándola de quicio y colándose en el interior. El animal sembró el pánico en las miles de personas que seguían el espectáculo.

Unos se colgaron de las vigas del piso superior de la plaza, otros se tiraron al suelo, otros se echaron contra la pared, otros se escondieron tras las sillas de plástico apiladas y que suelen extenderse en las terrazas de los bares, otros se colaron en los bares, otros subieron las escalares del Ayuntamiento «hasta el primer piso», otros ahuecaron hacia la calle y otros se situaron, como talanqueras, tratando de evitar el toro que arrasaba por el interior y no darse a ver a los toros que rondaban el coso de la plaza.

El animal que pasó al interior enfiló primero hacia la derecha y su bravura podía verse incluso en una escalera de hierro, que da acceso al piso superior, donde había dejado marcado uno de los garrotazos. Fueron momentos desorbitados. Un matrimonio que se hallaba en el lugar mostraba ayer lo vivido. Ella un gran moratón en uno de los brazos, y él rasguños y rozaduras en otro brazo. «Yo me metí tras las sillas» afirma la mujer.

También un joven fermosellano apuntaba que se hallaba justo al lado de la puerta que derribó el toro. «Me situé en medio de las talanqueras y cuando salió para un lado viene corriendo hacia el bar (de Manuel Moya)».

Este toro sacó de quicio a todas las personas que se hallaban en la parte inferior de la plaza porque recorrió el pasillo en una y otra dirección, algunos trechos en más de una ocasión. «Los que saltaron a la plaza -como el joven fallecido- tenían a los otros toros detrás. Fue algo terrible».

Durante unos minutos se desató bajo los pies de miles de espectadores una conmoción que muchos no olvidarán nunca.

El toro infiltrado entre la masa salió otra vez al centro del coso porque consiguió abrirse hueco entre las talanqueras en una de sus impetusosas embestidas contra el maderamen.

Realmente, unos y otros hablaban ayer de lo que pudo haber sido y no fue, y de la negligencia de las personas por situarse donde no deben y por acudir con niños menores. «Había ancianos que apenas pueden moverse y su lugar adecuado es en el piso superior de la plaza». Otro hacían mención a la presencia de madres con niños en carros.

La situación de ayer puso sobre el candelero social la necesidad de tomar medidas al respecto para evitar posibles tragedias. El Ayuntamiento de Fermoselle sacó un bando advirtiendo a los padres de no permitir a los pequeños acudir a la plaza de una forma negligente, pero existe una soberana trasgresión. «Es una suerte que no haya pasado más» afirma, entre otros, uno de los policias municipales.

Otros hacían hincapié en el peligró que se corrió si al colgarse cientos de personas de las vigas y tablas que conforman el piso superior éste se viene abajo por el sobrepeso. Una parte alta de la plaza que ayer estaba atestada de personas, y que se colmó todavía más cuando en dicha zona buscaron sitio los que escapaban de los cuernos del toro que llevaba los diablos por la zona de abajo. «Entonces los toros se hubieran cansado de dar cornadas» señalaba.