Mañueco, un ganador con cálculo
PERFIL | La imagen de hombre tranquilo de Alfonso Fernández Mañueco esconde la mejor de sus virtudes: una extraordinaria capacidad de leer los escenarios y anticipar los movimientos para salir siempre victorioso

Mañueco, un ganador con cálculo
Caminaban Alfonso Fernández Mañueco y José Luis Martínez Almeida por la calle Santa Clara de Zamora un miércoles de Semana Santa… y de Champions. El primero le decía al segundo: "Hay que ver lo mal que jugamos". Y el otro le replicaba: "Sí, pero, al menos ganáis". Alcalde y presidente hablaban del Real Madrid, aunque bien podrían hacerlo de gobernanza. En Castilla y León, como el conjunto blanco, el Partido Popular casi siempre gana. Y no importa si juegan mejor o peor, porque al final, en los últimos minutos, las urnas terminan decantando el resultado a su favor.
Mañueco nació hace sesenta años en Salamanca, como su admirado Vicente del Bosque. De él se dice, igual que del entrenador, que es un hombre tranquilo, que nunca pierde la compostura, que jamás levanta la voz, que es paciente. Todo es cierto. Son cualidades que forjan el carácter de un alcalde convertido en líder cuya carrera en política va camino de cumplir treinta años sin apenas desgaste. Una longevidad profesional que hubiera resultado imposible de conseguir sin contar con la principal de sus virtudes: saber leer a la perfección los escenarios y anticipar las respuestas adecuadas.
El ganador de las elecciones autonómicas de este 15 de marzo en Castilla y León fue cocinero antes que fraile, como el actual entrenador del Real Madrid, el también charro Álvaro Arbeloa. Ejerció como concejal del Ayuntamiento de Salamanca antes de convertirse en alcalde, igual que se desempeñó como consejero de la Junta de Castilla y León antes de ser su presidente. Pero, la vocación de Alfonso Fernández Mañueco por el servicio a los demás arrancó mucho antes, durante su época universitaria en la ciudad más universitaria de España, cuando se decidió a fundar la Asociación de Estudiantes Independientes. Y aquel se convirtió en el primer ensayo para lo que vendría después.
Aunque no es un adjetivo que suela gustar entre las huestes populares, Mañueco es un político claramente resiliente y en cierto punto mourinhista. Como hiciera el astro luso en 2010 aterrizando en Madrid para enfrentarse al mejor Barça de la historia, el salmantino se afilió a Nuevas Generaciones de Alianza Popular en 1983, cuando el felipismo contaba votos por millones y el Partido Socialista era lo más establishment que existía sobre el tablero político. Y el resto fue historia.
Y es que, en el asunto de despuntar en política, de casta le viene al galgo. Igual que le ocurre a Zinedine Zidane con toda su prole, Alfonso Fernández Mañueco vio desde pequeño cómo su padre, Marcelo Fernández Nieto, dedicaba su vida entera al oficio de dirigir. El que sigue siendo su máximo referente en política, con permiso de Adolfo Suárez, fue también alcalde de Salamanca entre los años 1969 y 1971 y posteriormente gobernador civil en Zamora durante el último periodo del franquismo, razón por la cual admite sentirse en la capital del Duero como en su propia casa.
Ha sabido adaptarse a los escenarios y salir airoso de situaciones que destrozarían a cualquiera de sus contrincantes. Por eso, él está a punto de afrontar un nuevo pleno de investidura y Luis Tudanca está de retiro en el Senado, Francisco Igea fuera de las Cortes, Juan García Gallardo fuera de la política y cualquier dirigente de Podemos fuera del mapa.
Esposo de Fina, su amor de juventud, y padre de dos hijas, Mañueco reconoce que la familia es su única pasión confesa. En su condición de menor de ocho hermanos, y con la obligación desde pequeño de abrirse paso a codazos para no quedarse rezagado, el salmantino posee virtudes de gran bregador, como Bernd Schuster. Así se explica una carrera política marcada por la pelea interna y silenciosa. Un periplo que, en clave autonómica, nació de la mano de Juan Vicente Herrera, el presidente eterno, con quien fue consejero de la Presidencia y de Interior, y del que en algún momento llegó a ser delfín hasta que el amor entre ambos se rompió al considerar el burgalés que había una guerra de guerrillas en su contra desde el oeste que involucraba a la malograda Isabel Carrasco en León, a Fernando Martínez-Maíllo en Zamora y al propio Mañueco en Salamanca.
Tras ascender Maíllo a los cielos de Génova, Herrera quiso eliminar de un plumazo las pretensiones de Mañueco de cara a la sucesión y encendió todos los focos existentes sobre la cabeza de Rosa Valdeón, exalcaldesa de Zamora y vicepresidenta de la Junta de Castilla y León, que se autodescartó tras recibir una sentencia condenatoria por conducción bajo los efectos del alcohol. Fue entonces cuando emergió la figura del leonés Antonio Silván, sempiterno consejero y alumno aventajado del herrerismo, para disputarle las primeras elecciones primarias en la historia del Partido Popular de Castilla y León. Y es en las noches históricas cuando a un madridista como Mañueco le gusta lucirse. Aquella cita terminó con el salmantino pasando como una apisonadora sobre su contrincante hasta vencer con casi un 70% de los votos.
En los últimos treinta años, el aspirante a la reelección ha gobernado mucho y de casi todas las maneras posibles. Lo ha hecho en solitario con mayoría absoluta, en minoría buscando acuerdos puntuales, en coalición con Ciudadanos primero y con Vox después. Ha sabido adaptarse a los escenarios y salir airoso de situaciones que destrozarían a cualquiera de sus contrincantes. Por eso, él está a punto de afrontar un nuevo pleno de investidura y Luis Tudanca está de retiro en el Senado, Francisco Igea fuera de las Cortes, Juan García Gallardo fuera de la política y cualquier dirigente de Podemos fuera del mapa.
Alfonso Fernández Mañueco, como el Real Madrid, casi siempre gana. Incluso cuando pierde, también gana, nada más hay que remontarse a las autonómicas de 2019 para comprobarlo. Y su secreto no lo es tanto: como su equipo del alma, él siempre pelea hasta el final. "Y nada más".
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