Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La ciudad que se visita bajo tierra: el laberinto de bodegas que convierte la lluvia en plan

Tras la visita a las bodegas subterráneas, el casco histórico se revela como un mapa de dos capas, donde el vino y la tradición culinaria se fusionan

La ciudad que se visita bajo tierra: el laberinto de bodegas que convierte la lluvia en plan.

La ciudad que se visita bajo tierra: el laberinto de bodegas que convierte la lluvia en plan. / Vuelta Burgos

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Bajo el empedrado del casco histórico de Aranda de Duero se esconde una red de galerías excavadas a mano, pensadas para que el vino “respire” y se conserve en condiciones estables. Hoy, ese subsuelo, declarado Bien de Interés Cultural, es uno de los reclamos más singulares de la Ribera del Duero.

Aranda de Duero tiene una virtud poco común, y es que cuando el día amanece gris, la ciudad no se apaga, se transforma. Basta con bajar unos metros para descubrir lo que la hace diferente, una auténtica “ciudad bajo la ciudad”.

No es una metáfora turística. Bajo el casco histórico se despliega un entramado de galerías que se aproxima a los siete kilómetros, un laberinto de bodegas subterráneas que durante siglos sirvió para elaborar y conservar vino en un entorno de temperatura y humedad sorprendentemente estables. La lógica era simple y brillante: en vez de combatir el clima, se le esquivaba excavando.

Ingeniería popular, a pico y pala

Lo más llamativo no es solo la escala, sino el “cómo”. Estas bodegas se abrieron a mano, con técnicas tradicionales y una ingeniería de sentido común. Para sostener el terreno, se dejaban columnas de tierra y se diseñaban naves y arcos que repartieran el peso. Y, sobre todo, se resolvió un reto crucial: la ventilación.

Quien entra por primera vez suele notarlo de inmediato. Cambia la temperatura, el olor y hasta el sonido. No es casual. Muchas bodegas cuentan con respiraderos y conductos, las llamadas zarceras, que permitían renovar el aire. Era una cuestión de seguridad. La fermentación genera gases que, en espacios cerrados, pueden acumularse y volverse peligrosos. El resultado es una arquitectura subterránea que no solo conserva; también “respira”.

Ribera por arriba y por abajo

La visita a las bodegas tiene además un efecto inesperado, cambiando la manera de mirar la ciudad al salir. Tras recorrer galerías excavadas a varios metros de profundidad (en muchos tramos se habla de un rango aproximado de 8 a 12 metros), el casco histórico se vuelve un mapa con dos capas. Arriba, plazas, iglesias y soportales. Abajo, el pulso silencioso de un Aranda que trabajaba con paciencia para que el vino llegara a su punto.Y como en Castilla y León los planes se rematan en la mesa, Aranda ofrece un cierre de manual: lechazo asado y cocina de la Ribera. Tradición sin artificios, en un destino que sabe convertir la meteorología en excusa.

Tracking Pixel Contents