No solo se oscurecerá el cielo, esto es lo que sentirás durante el eclipse en Benavente
El 12 de agosto, Benavente será, durante 83 segundos, uno de los lugares con más ojos puestos encima de toda España. Pero la diferencia entre presenciar el eclipse y vivirlo está en saber qué se está viendo: reconocer las Perlas de Baily cuando aparezcan, sentir de verdad el frío del eclipse, fijarse en cómo cambia el color del paisaje, escuchar el silencio repentino de los pájaros.

El eclipse, minuto a minuto en Benavente / V. V.
El próximo 12 de agosto, a las 20:29 horas, la Luna cubrirá por completo el disco solar sobre Benavente y, durante 83 segundos, el atardecer se convertirá en un crepúsculo repentino y total. Desde el Departamento de Ciencias del colegio Virgen de la Vega de Benavente explican los fenómenos ópticos y sensoriales que convierten la observación en un hecho memorable y compartido por toda la ciudadanía. “Se ha escrito y se escribirá mucho sobre esta fecha: horarios, gafas certificadas, miradores. Pero reducir el 12 de agosto a “ponerse unas gafas y mirar arriba” es no entender lo que realmente está a punto de suceder aquí, en nuestras calles. Porque lo que se avecina no es solo un espectáculo en el cielo: es un acontecimiento que ninguna generación viva de benaventanos ha presenciado, ni volverá a presenciar”, señala Gabriel Pérez Aguado.
Observación sin sorpresas
Para disfrutar de la observación sin sorpresas de última hora, conviene planificar con antelación el lugar desde el que se contemplará el fenómeno. Como el eclipse se producirá a última hora de la tarde, el Sol estará en una posición muy baja en el firmamento: en dirección Oeste-Noroeste, en torno a los 281,5 que marca la brújula de cualquier móvil, y a apenas 9° sobre el horizonte —el ancho aproximado de un puño cerrado con el brazo extendido—. Conviene comprobar con tiempo que en esa orientación exacta no haya edificios, arboledas densas o relieves que puedan tapar el fenómeno justo en el peor momento, según explica Pérez Aguado.

Fases del eclipse en Benavente. / .
En el casco urbano y las inmediaciones de Benavente hay varios puntos que ya destacan por su visibilidad despejada hacia el oeste. Los Paseos de la Mota, gracias a su posición elevada, ofrecen un balcón natural con panorámica libre de obstáculos; eso sí, dada la escasa altura del eclipse sobre el horizonte, la buena visibilidad dependerá de situarse cerca de las primeras filas del paseo, algo a tener en cuenta si se acude con niños o personas mayores. El entorno del Mercado de Ganado, por su parte, ofrece espacios más amplios y abiertos hacia el Oeste-Noroeste, una opción cómoda para grupos numerosos o para quienes lleven instrumental de observación.
La escala del Sol tras las gafas de protección
Una de las reacciones más habituales entre quienes observan un eclipse a través de las gafas de protección homologadas es la sorpresa ante el tamaño aparente del Sol. "Acostumbrados al deslumbramiento cotidiano y al resplandor atmosférico —que nos hace percibir el disco solar mucho más grande de lo que realmente es—, la lámina filtrante elimina cualquier halo y muestra al astro en su escala limpia y desnuda".

Imagen realizada con IA sobre el eclipse previsto, visto desde La Mota. / VV
Señala también Pérez Aguado que "en términos de física óptica, el Sol y la Luna presentan un diámetro angular de apenas 0,5° (medio grado) en el firmamento. Para poner esta cifra en una escala humana y cotidiana, basta con extender el brazo por completo y mirar la uña del dedo meñique: el ancho de dicha uña cubre aproximadamente 1° de campo visual. Esto significa que el Sol, observado a través de las gafas de eclipse, equivale tan solo a la mitad del ancho de la uña del meñique con el brazo estirado".
De modo que si al atardecer el Sol aparenta mayor tamaño sobre la silueta de los edificios o los cerros de Los Paseos de la Mota, se debe a un célebre engaño del cerebro conocido como la ilusión del horizonte, donde el marco de referencia del paisaje distorsiona nuestra percepción del espacio.
Lo que de verdad ocurre durante un eclipse
Un eclipse total no es un simple “apagón” del Sol. Es una sucesión de fenómenos físicos, ópticos y sensoriales que solo se pueden observar en esas condiciones exactas, y que convierten al espectador en testigo de la física en directo.
"En los segundos previos a la totalidad, cuando ya casi no queda luz solar directa, el relieve montañoso de la Luna —sus valles y sus cráteres— deja pasar la luz del Sol en forma de destellos puntuales conocidos como las Perlas de Baily, que parecen un collar de diamantes engarzado en el borde oscuro de la Luna. Justo después llega el anillo de diamantes, un último e intensísimo fogonazo de luz que anuncia el instante exacto de la oscuridad total.
Y entonces aparece la corona solar, la atmósfera exterior del Sol, un halo blanco y plateado con largos penachos que normalmente queda completamente oculto por el brillo cegador del propio Sol.

Fenómenos óticos durante un eclipse solar total. / V. V.
Pero el espectáculo no termina en el cielo, ocurre también a ras de suelo, en el propio cuerpo del observador:
- La luz cambia de color antes que de intensidad. "Por el llamado efecto Purkinje, nuestros ojos empiezan a perder sensibilidad al rojo y ganan sensibilidad al azul y al verde según cae la luz: el paisaje adquiere una tonalidad extrañamente fría minutos antes de la oscuridad total".
- El aire se enfría de golpe. "La temperatura puede desplomarse varios grados en cuestión de minutos, generando lo que muchos observadores describen como un “frío de eclipse” perfectamente perceptible en la piel".
- El viento cambia. "La súbita pérdida de calor genera turbulencias atmosféricas locales, una auténtica “brisa de eclipse” que puede notarse en banderas y ramas".
- Los animales se desorientan. "Las aves diurnas callan y buscan refugio como si anocheciera; no es raro que un búho o un ave nocturna se deje ver fuera de su horario, confundido por la falsa noche".
- El suelo se llena de crecientes de luz. "Bajo cualquier árbol, la sombra de las hojas proyecta en el suelo cientos de pequeñas medias lunas solares —un efecto de cámara oscura natural—, y justo antes y después de la totalidad pueden aparecer unas tenues bandas de sombra onduladas, causadas por la refracción de la luz en las turbulencias del aire".
"Nada de esto requiere telescopios ni conocimientos previos. Solo requiere saber que está ahí, y mirar con atención", señala Pérez Aguado.
¿Y si se nubla?
La comarca se sitúa en un rango de entre el 65% y el 80% de probabilidad histórica de cielo despejado a esa hora de agosto, una de las cifras más altas de toda la franja de totalidad española, muy por encima de la cornisa cantábrica. "Incluso si alguna nube pasajera tapa el disco solar en el peor momento, buena parte de los fenómenos sensoriales —el frío, el viento, el silencio de los pájaros, la caída de la luz— se seguirán percibiendo igual".
Ser protagonistas, no solo espectadores
El 12 de agosto, Benavente será, durante 83 segundos, uno de los lugares con más ojos puestos encima de toda España. "Pero la diferencia entre presenciar el eclipse y vivirlo está en saber qué se está viendo: reconocer las Perlas de Baily cuando aparezcan, sentir de verdad el frío del eclipse, fijarse en cómo cambia el color del paisaje, escuchar el silencio repentino de los pájaros. Quien entienda estos fenómenos no solo verá un eclipse: entenderá, en primera persona, por qué generaciones enteras de benaventanos —desde el siglo XV hasta el XXV— seguirán hablando de este instante".
El último eclipse, en 1478
“Para dimensionar lo que significa este eclipse, hay que remontarse muy atrás. Los cálculos astronómicos retrospectivos (NASA/Espenak) sitúan el último eclipse total pleno sobre Benavente el 29 de julio de 1478, en plena Edad Media, bajo el señorío de Don Rodrigo Alonso Pimentel, primer duque de Benavente, en medio de la Guerra de Sucesión Castellana. No hay crónica que lo cuente —aún no existían ni la Torre del Caracol ni el Hospital de la Piedad, que llegarían décadas después—, pero la trayectoria del eclipse confirma que la sombra de la Luna cubrió entonces la villa durante varios minutos”, añade.
Y explica también que desde entonces, Benavente solo ha vuelto a rozar la totalidad una vez, el 30 de agosto de 1905, cuando el borde de la banda de sombra pasó a apenas unos kilómetros al norte de la ciudad: un eclipse casi total, recordado en las páginas del Heraldo de Zamora, El Correo de Zamora, pero sin llegar a la oscuridad completa. Y tras 2026, el siguiente candidato firme para que la totalidad vuelva a posarse sobre la ciudad no llegará hasta el 4 de octubre de 2480.

Franja de la totalidad del eclipse en 1905. / .
“Nadie que lea estas líneas volverá a vivirlo. Eso es lo que convierte al 12 de agosto en algo más que una anécdota astronómica. Es un hito que conecta a esta generación de benaventanos con sus antepasados medievales y con benaventanos que todavía no han nacido”.
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