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Efeméride

Entre mineros y militares

Este fin de semana se cumplen 90 años del fallido golpe de Estado que dio inicio a uno de los episodios más trágicos y lúgubres de nuestra historia, la Guerra Civil. Entre los días 18 y 20 de julio Benavente vivirá un suceso único en toda la geografía nacional y es que, en apenas cuarenta y ocho horas, la ciudad cambiará hasta en cuatro ocasiones de bando.

Imagen de La Soledad en el año 1934.

Imagen de La Soledad en el año 1934.

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Fernando Pernía

Fernando Pernía

Benavente

Este fin de semana se cumplen 90 años del fallido golpe de Estado que dio inicio a uno de los episodios más trágicos y lúgubres de nuestra historia, la Guerra Civil. Entre los días 18 y 20 de julio Benavente vivirá un suceso único en toda la geografía nacional y es que, en apenas cuarenta y ocho horas, la ciudad cambiará hasta en cuatro ocasiones de bando.

La breve presencia de la columna minera asturiana y la entrada de las tropas sublevadas propiciaron momentos y situaciones que, a continuación, intentaremos esclarecer con un relato cronológico que nos sumergirá en esas frenéticas horas vividas por nuestros antepasados.

Como ocurre en la mayoría de ciudades españolas, las primeras noticias del golpe de Estado iniciado en Melilla la noche anterior se comienzan a conocer en Benavente a lo largo de la tarde del sábado 18. En la sede de la Casa del Pueblo, ante el desconcierto de las autoridades locales, se constituye un comité revolucionario. Este comité, liderado por el socialista José Almoina Mateos, se pone a disposición de la Guardia Civil local para mantener el orden y tres de sus miembros, Almoina, Alejandro Paramio y Vicente González, Avispa, se desplazan a Zamora para reunirse con el gobernador civil y solicitar de manera infructuosa la entrega de armas. Tras la negativa del gobernador Tomás Martín Hernández, vuelven a Benavente.

El domingo 19 las declaraciones del estado de guerra en las diversas ciudades del país siguieron un efecto dominó según la jerarquía militar imperante. Así, el triunfo del golpe en la capital de la 7ª división militar, Valladolid, debería ser seguido por las capitales provinciales adscritas a dicha división, caso de Zamora, y, desde ahí, el golpe se extendería a las ciudades más pobladas de las respectivas provincias, caso de Benavente. Alrededor de las 17:00 el capitán de la Guardia Civil, Eduardo Sanz Domingo, declaraba el estado de guerra en Benavente y leía el correspondiente bando en los puntos neurálgicos de la ciudad: Plaza de la República, Plaza de Santa María o Corrillo de San Nicolás.

Hasta aquí nada que diferenciara a Benavente del modus operandi golpista del resto de ciudades del norte peninsular. El factor diferencial lo puso, sin duda, la llegada de la columna minera. Ante la llamada del socialista Indalecio Prieto y, con la falsa promesa del todavía coronel Aranda de que no sublevaría Oviedo, las organizaciones obreras y sindicales mineras organizaron una gran columna, de en torno a 2500 hombres y mujeres, que partió en la madrugada del sábado al domingo con el objetivo de llegar a Madrid. A las 10:00 de la mañana del domingo esa columna llegó a León donde conoció que los golpistas liderados por Saliquet habían triunfado en Valladolid, lo que cortaba el paso hacía Madrid. Esto provocó un cambio de planes y la columna rediseñó su viaje, emprendiendo camino hacia Astorga para llegar a Madrid desde Salamanca. Es a las 20:15 del domingo cuando el alcalde de la ciudad maragata informa a su homólogo benaventano de que la columna minera llegará a Benavente y de que debe elaborar para ellos 500 raciones de pan. El conocimiento de esta noticia provocará que el escaso contingente de la guardia civil abandone la villa con destino a Villalpando. De nuevo, el comité revolucionario se hacía con los mandos de la situación.

La esperada llegada del contingente minero se produjo en torno a las dos de la madrugada del lunes 20 de julio. A las 01:45 el tren minero, integrado por cuarenta y tres vagones, arribaba en la estación benaventana donde era recibido con júbilo y gran expectación. Paralelamente, era recibida por Almoina en la Soledad la parte de la columna que viajaba por carretera, integrada por treinta camiones, cuatro autobuses y decenas de coches. Desde la Soledad enfilaron la calle Pablo Iglesias, actual Santa Cruz, y registraron el cuartel de la Guardia Civil y distintas ferreterías de la localidad, como la armería Carbayo, en busca de armas. Y es que obtener cualquier arma, por obsoleta que fuera, fue el principal objetivo de los mineros en Benavente. Reunidos ya en la estación, los mandos de la columna solicitaron al alcalde una lista de casas y negocios que se pudieran registrar en busca de las tan anheladas armas. Así, fueron registradas las casas de familias adineradas como los Bobillo o González (actual Casa Solita), la farmacia de Gil Cepeda, la ferretería Hidalgo o el Convento de Santa Clara. En Benavente los mineros conocerán, vía telefónica, que la conexión férrea a Madrid había sido cortada a la altura de Piedrahíta de Castro, pero esta noticia no será la que altere los planes de la columna. La noticia decisiva llegará a las 6:00 de la mañana y la portaba el abogado asturiano Juan Pablo García Álvarez que había llegado a Benavente en coche para informar de la traición de Aranda y del triunfo del golpe en Oviedo. Esta noticia desencadena el repliegue de la columna minera que emprende su regreso hacia tierras asturianas.

Ante este revés, el comité revolucionario local decide proseguir en la mañana del lunes con las incautaciones de cualquier arma de fuego que exista en la localidad y enviar una delegación para intentar la vuelta de los mineros. Esta delegación, integrada por José Almoina, Alejandro Paramio y Vicente González, saldrá a las 8:30 de la localidad y no logrará convencer a los mineros de su vuelta.

Con la columna minera fuera de juego, era solo cuestión de horas que las tropas golpistas volvieran a tomar el control de la ciudad. Este control se produjo a las 11:00, cuando fuerzas militares y falangistas llegadas desde Zamora y Valladolid, y comandadas por el benaventano Gonzalo Silvela, tomaron los puntos estratégicos de la ciudad. Mientras el grueso del contingente avanzaba por la calle Santa Cruz para ocupar de nuevo el cuartel y el ayuntamiento, el cabo de la guardia civil Joaquín Roncero Calvo, junto a un total de 19 voluntarios, subía por la cuesta del hospital para, a través de las Eras de San Antón, llegar a la estación, cuya ocupación le había sido encomendada. Es en las Eras de San Antón donde se va a producir la única muerte violenta de estas tres jornadas. Allí será tiroteado Marcial Martín, Golondrino, que saludó a los militares, posiblemente por error, al grito de “¡uníos, hermanos proletarios!”.

Tras efectuarse el control militar se llevaría a cabo el control administrativo. A las 18:00, en la casa consistorial, Silvela procede a la destitución del alcalde Alfredo Rodríguez Enríquez y del resto de concejales republicanos, y al nombramiento de una nueva gestora integrada por los miembros de la Sociedad Patronal de Comercio e Industria, presidida por Manuel Lozano Madrigal. Se cerraba con este acto la experiencia republicana en nuestra ciudad y se iniciaba una feroz represión, sin duda alguna, una de las más altas en términos porcentuales de la región. Precisamente, fue la participación o simple presencia en la noche de los mineros la causa esgrimida para encarcelar y ejecutar a muchos benaventanos.

Como hemos señalado en este breve artículo, las apenas cuatro horas que los mineros estuvieron en Benavente carecieron de incidentes violentos significativos. Sin embargo, la leyenda negra que el franquismo vertió sobre estos acontecimientos dibujó en el imaginario colectivo local una noche de héroes y villanos que poco tuvo que ver con la realidad.

(*) Información recogida en el libro de Fernando Pernía Vega: La Segunda República en Benavente, Radiografía de una ciudad en cambio. 2ª edición, publicado por el CEB Ledo del Pozo.

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