Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Raigambre

Crónica negra zamorana (I): El crimen del mesón de Benavente, 1915

La codicia de los asesinos y el macabro traslado del cadáver a lomos de un burro simulando que seguía con vida: así fue uno de los episodios más tétricos de la crónica negra de la España rural de principios del siglo XX

Traslado del cadáver de Ignacio Otero Otero.

Traslado del cadáver de Ignacio Otero Otero. / Imagen recreada con IA.

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Gustavo Rubio Pérez

El "crimen del mesón", instruido en el Juzgado de Benavente entre agosto de 1915 y noviembre de 1916, se convirtió en uno de los episodios más tétricos y definitorios de la crónica negra de la España rural de principios del siglo XX, culminando con la pena de muerte para sus principales perpetradores. Aquella España del caciquismo, la miseria y el analfabetismo fue el caldo de cultivo idóneo para que una monumental suma de dinero (entre 5.500 y 10.000 pesetas de la época) despertara los instintos más salvajes de una banda familiar sin escrúpulos.

La víctima fue Ignacio Otero Otero, un próspero y confiado vecino de La Bañeza (León), cuyo único error fue cruzar la linde provincial con los bolsillos llenos de billetes, atraído por el cebo de una transacción inmobiliaria que resultó ser una fosa abierta.

El plan criminal se fraguó con una frialdad matemática. El grupo delictivo estaba perfectamente organizado por un núcleo familiar e integraba a cuatro actores principales, dos hermanos, la esposa de uno de ellos y un cuarto cómplice varón que aportaría la logística necesaria para el transporte.

El cebo para atraer a Ignacio Otero desde La Bañeza hasta Benavente fue la supuesta venta de una casa ubicada en la calle de Los Herreros de la localidad benaventana. Sabiendo que la víctima disponía de la liquidez necesaria para efectuar la compra de inmediato, los dos hermanos se desplazaron personalmente hasta tierras bañezanas para convencer a Otero de que los acompañara de vuelta a Benavente con el fin de cerrar el trato y escriturar la propiedad.

Otero, un hombre de negocios rural acostumbrado a los tratos de palabra y a la confianza de la época, cayó en la trampa. Viajó con ellos portando una auténtica fortuna para 1915, una cantidad que las actas judiciales oscilaron entre las 5.500 y las 10.000 pesetas, dinero con el que una familia humilde podía vivir holgadamente durante décadas. Al llegar a Benavente, y para evitar sospechas y gastos de posada, los asesinos le ofrecieron alojamiento en su propia vivienda, conocida popularmente en el entorno como el "mesón". Aquel techo protector sería, en realidad, su matadero.

La noche del 25 de agosto de 1915, una vez que Ignacio Otero se encontraba desarmado y confiado en el interior de la vivienda, los criminales pasaron a la acción. No se trataba de un robo improvisado que se cobró una vida por accidente, sino que la eliminación física de Otero era una condición sine qua non para que el delito quedara impune, dado que la víctima conocía perfectamente la identidad de sus acompañantes.

Mientras el cuarto varón vigilaba los accesos o preparaba la huida, los dos hermanos y la mujer cercaron a Otero. La agresión se produjo con una violencia asimétrica y fulminante. Para evitar el escándalo de las detonaciones de un arma de fuego o el reguero incriminatorio de la sangre que dejaría un arma blanca, optaron por un método mecánico, silencioso e implacable como era la asfixia.

Entre varios de ellos sujetaron las extremidades de la víctima para anular cualquier capacidad de defensa, mientras le ocluían las vías respiratorias. En pocos minutos de agónica desesperación, Ignacio Otero Otero dejó de respirar. Consumado el homicidio, los asesinos desvalijaron el cadáver, apoderándose del botín de billetes, pero se enfrentaron de inmediato al problema clásico de todo criminal, el cómo deshacerse del cuerpo en una comunidad pequeña donde todo el mundo se vigilaba de reojo.

La solución que idearon los criminales destaca en los anales de la criminología española por su macabra audacia y su surrealismo grotesco. Lejos de ocultar el cadáver en un saco o enterrarlo en el sótano del mesón, decidieron sacarlo a la luz del día simulando que la víctima seguía con vida, una puesta en escena diseñada para desviar las sospechas cronológicas de la policía local.

El burro del Jerónimo

Para ello, utilizaron un jumento propiedad de uno de los implicados, apodado en las diligencias como "el burro del Jerónimo". El plan de traslado se ejecutó siguiendo unos pasos de un cinismo escalofriante.

Sentaron el cadáver rígido de Ignacio Otero a lomos del animal, encajándolo de tal manera que mantuviera la verticalidad de un jinete real.

Conscientes de que el viento o el traqueteo del camino podían tirar el sombrero del fallecido (lo que revelaría de inmediato la flacidez o la rigidez cadavérica al no reaccionar el cuerpo para recogerlo), los asesinos tomaron la precaución de atarle el sombrero a un ojal de la chaqueta con un cordel.

El grupo inició una comitiva fúnebre y secreta a través de los caminos rurales, saludando fingidamente si se cruzaban con algún lugareño en la penumbra, haciendo pasar al muerto por un viajero ebrio o profundamente dormido por el cansancio del viaje.

El destino final de la tétrica caravana era el término municipal de Santa Colomba de las Monjas, un pueblo cercano bañado por las aguas del Esla. Los asesinos sabían que el cauce del río, con sus corrientes y zonas profundas, era el lugar ideal para que el agua arrastrara el cuerpo lejos de la jurisdicción de Benavente, esperando que los peces y la putrefacción borraran las huellas de la asfixia antes de que alguien lo encontrase. Una vez en la orilla, despojaron al cuerpo del animal y lo arrojaron al agua.

El plan, que a ojos de los asesinos parecía perfecto, se desmoronó con rapidez. El hallazgo del cadáver flotando en el Esla pocos días después activó las alarmas. La rigidez cadavérica, las marcas de presión en el cuello y el rostro improntado por la asfixia mecánica descartaron de inmediato el ahogamiento accidental. Además, los bolsillos vacíos de Otero confirmaron el móvil del robo.

La investigación judicial

La investigación recayó sobre el Juzgado de Instrucción de Benavente. El juez y los agentes de la autoridad reconstruyeron los últimos pasos de la víctima en La Bañeza. No tardaron en averiguar que Ignacio Otero había salido de su localidad natal rumbo a la provincia zamorana, acompañado por dos hermanos con la promesa de comprar un inmueble en la calle de Los Herreros.

Al registrar el mesón y tomar declaración a los sospechosos, las contradicciones, el nerviosismo de la mujer y la incapacidad de justificar la procedencia de las pesetas derrumbaron la coartada. El testimonio del dueño del asno y el de algunos testigos, que afirmaron haber visto al grupo en una extraña travesía nocturna hacia el río Esla, cerraron el cerco judicial.

Durante 15 meses de instrucción, de agosto de 1915 a noviembre de 1916, el juzgado benaventano reunió pruebas periciales, forenses y testificales contundentes. La frialdad de los acusados y la truculencia del traslado del cadáver en el burro indignaron a la opinión pública provincial, que reclamaba un castigo ejemplar.

El proceso acabó con una sentencia severa, conforme al Código Penal de la época, que reservaba el máximo castigo para el robo con homicidio agravado por premeditación, encono, parentesco y alevosía.

Los dos hermanos fueron condenados a muerte por garrote vil. La mujer y el cuarto varón recibieron penas de prisión mayor e incomunicación, según su participación en el crimen y en la ocultación del cadáver. El "crimen del mesón" pasó así a la historia forense de la Región Leonesa como un hito a la estulticia y la codicia humanas, y como un caso donde la sofisticación de un plan criminal convivió de la mano con la brutalidad rural más descarnada, dejando una estampa que tardaría generaciones en borrarse de la memoria colectiva de las gentes del Esla.

TEMAS

Tracking Pixel Contents