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Querido Manuel: El patrimonio de los amigos

"Despedir a Manuel en una semana de fiestas es especialmente duro. Porque Benavente seguirá sonando, seguirá reuniendo a su gente, seguirá llenándose de vida. Pero para quienes le quisimos, ya nada será exactamente igual nunca"

Obituario a un amigo.

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Cartas de los lectores

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Mi patrimonio son mis amigos. Pocas frases pueden parecer tan sencillas y, al mismo tiempo, encerrar tanta verdad. Hoy, sentado en Madrid, escribiendo estas líneas, esas palabras resuenan de una manera singular al pensar en Manuel. Aunque, en realidad, quizá no sea justo decir que lo recuerdo, porque para recordar hace falta haber olvidado antes. Y a Manuel no lo vamos a olvidar.

Hay personas que no se marchan del todo. Se van físicamente, sí, pero permanecen en las conversaciones, en los lugares compartidos, en las calles que recorrimos juntos, en las fiestas del pueblo, en las anécdotas que vuelven una y otra vez, en esa forma de estar presente incluso cuando ya no pueden contestarnos. Manuel era y será una de esas personas.

Esta semana comenzaron las fiestas de Benavente. Esas fiestas que no son solo música, calles llenas y días marcados en el calendario. Son las fiestas de los amigos de toda la vida y también de los que aparecen por el camino. Son las fiestas de las batallitas del ayer, de los propósitos del mañana, de los reencuentros esperados y de las conversaciones que parecen no envejecer nunca.

Y justo esta semana, tan esperada durante tanto tiempo por todos nosotros, Manuel se fue.

Se fue el lunes, casi al mismo tiempo que comenzaban las fiestas de su querido pueblo. Y nos dejó una tarea difícil de asumir: vivir estos días sin él. No es justo. Hay ausencias que pesan más cuando llegan en los momentos que más significado tienen. Hay despedidas que duelen doblemente cuando coinciden con esos días en los que uno espera encontrarse con los suyos, brindar, recordar, reír y sentirse parte de algo común.

El lunes escuché su voz por última vez. Entonces no sabía que sería la última. Nadie está preparado para reconocer una despedida cuando todavía parece una conversación más. Hoy, con lágrimas aún en los ojos esa voz vuelve a mi mente una y otra vez, como si quisiera resistirse al silencio. Y quizá esa sea una de las formas más humanas de la memoria: seguir escuchando por dentro a quienes ya no pueden hablarnos desde fuera.

Mientras empezaban las fiestas, Manuel se marchaba. Y su marcha, aunque dolorosa, parece también una especie de símbolo de lo que significó para muchos de nosotros. Porque su vida estuvo unida a Benavente, a sus amigos, a su gente, a esa manera tan nuestra de entender la amistad como algo que no necesita explicarse demasiado porque se demuestra con el tiempo.

Hoy, frente al ordenador, me doy cuenta de la cantidad de conversaciones que quedan atrás. Tantas aventuras, tantas discusiones, tantos momentos buenos y también tantos momentos difíciles que, vistos con perspectiva, solo demuestran una cosa: fuimos amigos. Y ser amigo de alguien no significa estar siempre de acuerdo, ni verse todos los días, ni recorrer idénticos caminos. Ser amigo significa permanecer, incluso cuando la vida cambia, incluso cuando aparecen la distancia, los retos, los proyectos nuevos o los silencios.

Echo la vista atrás y no consigo recordar el momento exacto en que nos conocimos. Sé que fue muy pronto, en los primeros cursos del colegio, cuando la vida todavía no tenía grandes explicaciones y la amistad nacía casi sin darnos cuenta. Entonces nos unían intereses sencillos, propios de la infancia. Con los años, muchas cosas cambiaron. Cambiaron las etapas, las preocupaciones, los sueños, los caminos de cada uno. Pero hay vínculos que sobreviven precisamente porque no dependen de la rutina, sino de algo mucho más profundo e inteligible.

Manuel pertenecía a esa parte de la vida que no se puede medir. No se mide en dinero, ni en éxitos, ni en cargos, ni en posesiones. Se mide en presencia, en recuerdos, en confianza, en historias compartidas. Por eso hoy entiendo mejor que nunca aquella frase que me decía muy a menudo: Mi patrimonio son mis amigos. Porque cuando un amigo se va, uno comprende que la verdadera riqueza no estaba en lo que tenía, sino en quienes caminaban a su lado.

Despedir a Manuel en una semana de fiestas es especialmente duro. Porque Benavente seguirá sonando, seguirá reuniendo a su gente, seguirá llenándose de vida. Pero para quienes le quisimos, ya nada será exactamente igual nunca. Faltará su voz, su presencia, su forma de estar. Y, sin embargo, también estará más presente que nunca, porque cada recuerdo suyo ocupará un lugar en estos días.

Quizá eso sea la amistad verdadera: una forma de permanencia. Una manera de seguir acompañando incluso después de la despedida. Manuel se ha ido, pero queda en nosotros. En quienes compartieron colegio, juventud, conversaciones, fiestas, proyectos, discusiones y risas. Queda en Benavente, queda en Madrid, queda donde fue feliz…en esa memoria común que no necesita monumentos porque vive en cada uno de sus amigos.

Querido Manuel, no sé si estas palabras alcanzan para decir todo lo que significaste. Seguramente no. Las palabras casi siempre se quedan pequeñas ante una pérdida grande. Pero sirven para algo: para dejar constancia de que estuviste, de que importaste, de que fuiste querido y de que tu ausencia nos duele porque tu presencia fue valiosa.

Para recordarte habría que olvidarte antes. Y nosotros nunca te olvidaremos.

Un beso muy grande.

Alfredo Estébanez Garzo

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