Impactante, impecablemente profesional, a veces perturbador, estimulantemente metafórico y tan crítico como sutilmente aséptico, el trabajo de Sarai Llamas Fernández (Benavente, 1983) deja escapar difícilmente el interés de cualquier observador. Viendo sus corazones, pero también el resto de su obra, parece que solo un instintivo o deliberado rechazo previo destilarían la apatía suficiente para no caer en las garras de su magnetismo.

Los corazones de Sarai

Hay personas que nacen con el don del arte, pero a Sarai le llevó tiempo darle prioridad a su vocación, a pesar de haberlo mamado por la más que cumplida inquietud paterna. Antes de ser una de los apenas cuatro especialistas en ilustración médica reconocidos hoy por hoy en Europa, estudió magisterio y derecho, trabajó para seguir estudiando y emigró a la Umbría italiana, donde reside desde hace 14 años.

Está en su domicilio de Terni cuando hablamos con ella ya por la noche. Tiene más tiempo para trabajar, nos dice. Hace 14 años se fue a Italia, donde conoció al que es su marido. Madre de tres hijos, Sarai no ha regresado y cuando habla su idioma, su marcado acento italiano hace dudar de si es una benaventana residente en Terni o una ternani nacida en Benavente, aunque enseguida despeja cualquier duda de que su patria chica es benaventana.

La benaventana Sarai LLamas.

Hace tres años y medio, impulsada por la convicción, que “termina dando la experiencia”, de que el diseño era el territorio que quería explorar y alentada por sus dotes de ser buena con los lápices y los pinceles, se matriculó en un máster de diseño gráfico online en la Universidad John Hopkins. Allí se ganó dos apodos: l’enfant terrible de la ilustración médica y la “Caravaggio” del medical art. “Es uno de mis pintores favoritos. Me gusta mucho” el apelativo, afirma antes de confesarnos su tedencia hacia los fondos negros y los claroscuros maestros del artista milanés y la dificultad que los especialistas médicos para aceptar fondos que no sean blancos o azules en las reproducciones de cualquier parte del cuerpo humano que le encargan.

“En Europa los ilustradores médicos somos bichos raros y casi casi nos contamos con los dedos de las manos, una cosa que en América funciona muy bien por la concepción que tienen allí de la medicina como algo educativo. Allí todo lo que sean nuevas técnicas quirúrgicas o nuevos descubrimientos médicos tienen que ser ilustrados, no fotografiados, ni hechos de cualquier manera. Tienen que ser ilustrados”, explica.

Sarai comenzó diseñando un logo para un ginecólogo italiano. Fue unos de sus primeros trabajos. El ginecólogo, con quien sigue colaborando, quedó tan impresionado que le encargó tareas más complejas. La senda de la ilustración médica se abrió así para Sarai, que pasó del concepto al detalle ilustrativo, mucho más exigente técnicamente, pero sin abandonar el primero. Continuó en el diseño, centrándose en el medical art, un arte conceptual basado en la anatomía humana, pero se especializó en la ilustración anatómica, fundamentalmente en la cardiología, y por ende, en el corazón humano. La calidad de sus trabajos la ha llevado a trabajar para la Universidad de Hong Kong, para la Universidad de los Ángeles, para la John Hopkins, para organizaciones y especialistas médicos de México, Brasil, Estados Unidos, y Europa. Aún se recuerda, nos dice, su exposición en el Hospital Clinic de Barcelona. “Un paciente que vio aquella muestra me contó que gracias a mi trabajo había dejado de fumar, y todavía hoy mantengo relación con la hija de un enfermo de cáncer de pulmón al que regalé el trabajo que había hecho y con la que mantengo amistad”.

Sarai ha entrado en los quirófanos y colabora estrechamente con especialistas para que sus ilustraciones cumplan al milímetro los detalles del órgano que tiene que reproducir. Esta parte de su labor, encargos privados de profesionales de la medicina o de organizaciones, es menos pública. La otra, la relacionada con el medical art, es un mensaje en las redes sociales, tan fresco y sorprendente como puede resultar un Banksy en la fachada de cualquier tapia del mundo.

Parte anatómica al detalle.

“Trabajo en las dos vertientes”, dice distinguiendo entre la minuciosidad que requieren los encargos estrictamente médicos y la creatividad que le provocan desde los días internacionales, sean los que sean (el de los derechos humanos, o el del cáncer de pulmón...) hasta fenómenos como la actual pandemia “con la que al principio realice trabajos hasta que he llegado a la conclusión de que todos estamos cansados de hablar de ella”.

Los primeros le han llevado a trabajar para el traumatólogo del Real Madrid con ilustraciones médicas detalladas; o de un especialista gallego que quiere tatuarse la anatomía del hombro en el suyo propio a partir de su trabajo en papel. Sobre los segundos, Sarai se prodiga compartiendolos diariamente en las redes sociales, y gracias a ellas otras puertas se la están abriendo cada día.

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Los corazones de Sarai LLamas

Le preguntamos si en España tiene encargos. “La Organización Nacional de Trasplantes, del Ministerio de Sanidad, vio en Twitter cuatro trabajos que había hecho para concienciar sobre la donación de órganos. Les gustó tanto que me contactaron al día siguiente porque necesitaban una campaña. Aunque España puede presumir de ser el primer país europeo en donaciones, con la pandemia han bajado muchísimo. Aparte de esta imágenes, me han pedido otros seis órganos más para hacer una campaña a nivel nacional”. Sarai terminará este trabajo en enero. “Ahora me han tocado los difíciles”, dice. Se refiere al páncreas, al intestino, la córnea, y las células madre, aunque prácticamente ha tocado todos los palos.

La disciplina que requiere el diseño digital, inicialmente más fría y difícil, “porque pensaba que me quitaba posibilidades, aunque luego me di cuenta de que no es así. Pero sigo trabajando con lápiz y papel porque hay gente que me pide trabajos personalizados y exclusivos”. Con todo Sarai cree en el aprendizaje constante y cita al principal artista del renacimiento italiano cuando con 86 años dijo: “Lo sto ancora imparando” (todavía estoy aprendiendo). Sarai, con 37 años, comulga con la humildad de Michelangelo Buonarroti . “Si la gente supiera cuántas horas he sudado para hacerlo, no me considerarían un genio”, dijo el maestro.