30 de junio de 2019
30.06.2019

Los penúltimos de Paladinos del Valle

Los vecinos, entre la utopía de la repoblación y la distopía del pueblo fantasma, fían sus esperanzas en sus descendientes

29.06.2019 | 20:37
Los penúltimos de Paladinos del Valle
Los penúltimos de Paladinos del Valle

La historia de Paladinos del Valle no es muy diferente de la de muchos otros pueblos de la España vaciada que observan con temor como su legado colectivo se asoma al precipicio indeseado de la desaparición.

Asentamiento tardomedieval devoto de San Martín, emplazado entre la Torre y San Román del Valle, bañado por el arroyo Ahogaborricos, Paladinos del Valle tiene una larga intrahistoria aldeana tras de sí basada en una economía agroganadera que terminó explotando, con cierto éxito económico, las posibilidades vitivinícolas de la tierra en la década de los sesenta del siglo pasado.

Probablemente alcanzara su mayor esplendor como población en la segunda mitad del siglo XX. Luego la emigración por la falta de trabajo y de expectativas de mejora de la calidad de vida terminó inoculando lentamente el virus del envejecimiento primero y de la despoblación después, que en la actualidad solo frenan una docena de jubilados decididos a mantener vivo el pueblo y por ende su autonomía como entidad local menor.

Mirando hacia atrás, es fácil adivinar que la migración de los más jóvenes para estudiar o en busca de trabajo era el síntoma predictivo de la gran losa de realidad que pesa ahora mismo sobre este pequeño y aseado pueblecito afincado en la hondonada de una vega fértil y verde a la que se llega con agrado visual descendiendo por una corta y sinuosa carretera. Pero entonces el pueblo llegó a tener un centenar de habitantes y, celoso de su autonomía y de sus bienes comunales, pleiteó para conseguir el estatus de entidad local menor, que logró conseguir con el tiempo y no sin esfuerzo. "Aquellos eran hombres de verdad", explica el actual alcalde José Luis García insinuando la valentía de la reclamación y las dificultades de reivindicar ante el entonces Gobierno Civil un reparto más justo de bienes frente al Ayuntamiento mayor en una época de la historia de España sin derechos ni libertades. De cualquier modo, había optimismo entonces por lograr que el pueblo creciera y aunque pueda parecer exagerado, este orgullo local, parece una de las principales causas de que Paladinos, donde en invierno apenas residen entre tres y cuatro vecinos, siga sobreviviendo.

Paladinos nunca tuvo bar, pero sí barbería y tienda. Había carretero y herrero (hoy profesiones desaparecidas) y las familias tenían entre tres y nueve hijos. La primera escuela, un cuartucho de enormes paredes de adobe que ahora se usa como local municipal, acogía al maestro de turno, que residía en el pueblo, y a no menos de 25 niños. Terminó quedándose pequeña, así que el pueblo tuvo que construir una nueva, más amplia y más digna, que acaba de terminar de remozarse y acondicionarse tras años de uso. En el nuevo local todavía se conservan el pupitre de la maestra, algunos juegos infantiles de mesa, y los viejos mapas geográficos y políticos escolares de un mundo con fronteras ya desaparecidas que ha cambiado más que el propio pueblo.

La época del desarrollismo franquista trajo consigo la diáspora. Los más jóvenes, por estudios o en busca de trabajo, terminaron en Madrid o en Bilbao, en Zaragoza y Valencia, en León y en Salamanca. Los más no volvieron más que en tiempos de veraneo. Los menos regresaron convencidos cuando se jubilaron. Estos últimos encarnan la resistencia, la resiliencia a la desaparición de Paladinos que no se resigna ante la amenaza de abandono y por ello "cabalga" entre la utopía del resurgimiento y la distopía de convertirse en un pueblo fantasma.

Paradójicamente Paladinos ha estado siempre bien comunicado. A orillas de la carretera nacional N-VI, y aunque este hecho sin duda benefició económicamente a los vecinos sobre todo cuando el pueblo se dedicó a vender uva y a producir vino (hoy las vides han desaparecido y los derechos hace tiempo que se vendieron), no fue un destino en el que parar. Por eso la llegada de la autovía del Noroeste no pareció darle ni quitarle más de lo que tenía por entonces, cuando ya poblacionalmente vivía una situación de declive.

La naturaleza, el silencio, la tranquilidad, los cielos estrellados y una atmósfera pura, constituyen la contraprestación impagada de vivir en Paladinos; todo esto y un coto afamado repleto de conejos, perdices y liebres que solo los empadronados y sus homólogos de la Torre del Valle, el Ayuntamiento mayor, han podido disfrutar (en la actualidad están pendientes del levantamiento de una restricción) y podrán seguir disfrutando con fuertes protecciones para preservar la cantidad y calidad de las especies cinegéticas, todo esto, hace a sus habitantes presumir con cierta fruición. No es para menos.

Este es el relato de sus vecinos, un resumen hilvanado del devenir del pueblo al que han puesto voz el alcalde José Luis García Valverde (74 años); Abundio Arias Porras (79 años); Melquiades Rodríguez Fernández (62 años); María Lourdes Feliz Ramírez (77 años); la concejala Inés Esteban del Pozo (75 años); Javier Valverde Álvarez (52 años); y el edil Cecilio Sastre Díaz de Geras (57 años). A todos ellos les preguntamos si la actual situación de Paladinos podía ser reversible, y de serlo que medidas ayudarían a evitar que un buen día el pueblo se convirtiera en una aldea más de casas vacías solo utilizadas durante el verano.

Abundio Porras es un hijo de la diáspora de Paladinos. A los 12 años fue a estudiar en Valencia y terminó trabajando allí tras sacar una oposición. La falta de trabajo en el pueblo, de industria en la zona, y los recursos limitados de las familias, dice, alentaron la emigración. Sigue viviendo en Valencia, pero de mayo a octubre regresa al pueblo y presume de que sus nietos lo prefieren a otros lugares familiares con piscina. "Veo bastante negra la cosa. Al final vendrán en verano nuestros descendientes. No le veo otro futuro porque aquí no hay industria que dé trabajo", responde a la pregunta.

Buena parte de los niños y niñas de Paladinos que emigraron en los 50 y los 60 terminaron siendo novios y casándose después. Es el caso de María Lourdes Feliz, mujer de Abundio, que corrobora la opinión de su marido. "Yo creo que Paladinos no va a desaparecer porque a nuestros hijos les gusta venir, aunque sea en verano", dice tras evocar el recuerdo del pueblo vital y activo de su infancia.

"Si trajeran algo de industria todavía subiría la población, pero como no hay nada, la gente no quiere venir para aquí", razona Inés Esteban, concejala de la entidad local menor. "La gente se marchó porque aquí no había trabajo y solo hemos vuelto algunos cuando nos hemos jubilado", explica esta mujer que también se casó con un oriundo de Paladinos y ha pasado buena parte de su vida en Barcelona.

Melquiades Rodríguez Fernández comercial jubilado, nació en Manganeses pero su mujer era de Paladinos, pueblo en el que pasa la mayor parte del tiempo junto uno de sus dos hijos. "No le veo solución porque no hay infraestructuras. Una familia con críos no va a venir aquí para llevarlos luego al colegio a la ciudad más cercana, donde hay sanidad y otros servicios. Yo creo que este pueblo, por ley de vida, desaparecerá en 10 años. Habitualmente no vivirá ninguna persona aquí", explica.

Cecilio Sastre, de 57 años y natural del pueblo, no olvida los primeros días en Paladinos tras muchos años trabajando y viviendo en Barcelona. El silencio les sobrecogía a él y a su mujer. Cecilio, que es concejal, también es pesimista. "No hay trabajo ni industria" subraya para descreer en una remontada poblacional. "Mi hijo se ha tenido que ir porque aquí no hay trabajo", remacha.

El más pequeño de cuatro hermanos, Javier Valverde, es el más ferviente defensor de las bondades de Paladinos. Estos días cuida de su madre, aunque siempre que puede regresa. "Solución no le veo salvo el veraneo. Por lo demás, aquí te levantas, ves el sol cada mañana, los pájaros te despiertan con sus cánticos y estos es el cielo", dice con una convicción contagiosa, pero sin perder de vista la dura realidad.

"El gran problema es la falta de industrialización. A ver qué pasa con el polígono de Benavente y con el de Villabrázaro. Ojalá que haya un pequeño cambio y puedan venir familias a los pueblos a vivir. Pero a día de hoy persona que se muere, casa que se cierra, y vienen en mayo y se marchan en octubre, pero vivir aquí todo el año es muy difícil. Siendo un matrimonio, si uno muere el otro se va y casa que se cierra. Pero aquí estamos aguantando como podemos y mientras que alguien me acompañe seguiremos en el Ayuntamiento para que no se pierda la entidad local menor e iremos trayendo cosas para el pueblo como podamos". De un tirón, el alcalde de la entidad local diagnostíca el problema y fía todas sus esperanzas a que, a pesar de los pocos vecinos que aún quedan, los empadronamientos permitan sostener el estatus jurídico que tanto les costó conseguir.

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