Hace ahora doce meses nos disponíamos a dar la bienvenida a 2020. Un número simpático, el veinte-veinte, terminado en cero, como lo había hecho una semana antes el Gordo de Navidad que en Zamora había dejado un pellizquito de un quinto premio. Todos los deseos y esperanzas se congregaron en torno a esa última campanada que daba entrada al segundo decenio del siglo XXI. No faltaron quienes pronosticaron la llegada de una década de desenfreno similar a la de su homónima en la centuria anterior. Sin duda, los mismos que olvidaron que antes del charlestón fueron millones los muertos en la I Guerra Mundial, cifra multiplicada por una pandemia que dejó una atroz huella en la provincia de Zamora. La influenza o gripe española llenó las páginas del entonces Correo de Zamora a partir de marzo de 1919. En la primavera de 2020 todos los sueños conjurados la medianoche de entrada del año nuevo se hicieron añicos.

Cualquier balance que se pretenda hacer de estos meses transcurridos saldrá, a la fuerza, desequilibrado. El manto de dolor y muerte dejado al paso de una nueva pandemia, la del COVID-19, oculta cualquier nota de esperanza. Nuestras vidas parecieron quedar suspendidas en el aire, como tantos abrazos que se nos quedaron dentro. Los que aún no podemos dar ni los que nunca más podremos abarcar, por todas aquellas personas a las que no pudimos decir adiós. Vidas quebradas por las ausencias repentinas, por vacíos insondables ni siquiera reconfortados por duelos para los que no hubo tiempo ni protocolo. Vivir se ha puesto caro, al rojo vivo que diría el poeta, aunque no haya verso que recoja toda la desesperación de quienes han perdido su trabajo, de quienes se ven obligados a recurrir a las ayudas para intentar salir adelante. Sí, bien puede decirse que 2020 se ganó a pulso su título de “annus horribilis”, de abrazos perdidos, de año negro, de tiempo en blanco. A buen seguro será esa la impresión generalizada que extraer de estas páginas que condensan el trabajo duro y abnegado de LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA, que ha mantenido y mantiene el compromiso con sus lectores. Una tarea nada fácil, en la que hemos sido testigos de un año escrito a fuego en la Historia.

Entre tanta negrura quedará olvidado que el AVE completó, en una analogía berlanguiana, su viaje hasta Sanabria, porque sin estación donde parar, pasa de largo hasta A Gudiña. Y puede que importara menos en estos tiempos de viaje a ninguna parte, al fin y al cabo, no hay transporte hacia destino seguro. Pero en esta tierra yerma como la que dejó el incendio de Lober en verano, la vida logró imponerse y tuvo nombre propio: Sofía, Enzo, Triana, Leire: un póker de bebés alumbrados en pleno confinamiento, cuyo primer grito en el paritorio reclamaba nuestra deuda para construir un mundo mejor en el que crecer. Donde los arcoiris salten al cielo en lugar de quedar pintados sobre un papel tras las ventanas cerradas. En el que el regalo más preciado sea poder estrechar la mano de un amigo, el abrigo de la familia, poder respirar paseando por los bosques, percibir nuestra propia irrelevancia al contemplar la bóveda celeste en una noche estrellada de cualquiera de nuestros pueblos que anhelan formar parte de ese mundo mejor. Escuchar, mejor que oír, sobre todo si son los mayores quienes aconsejan. Dejar atrás una era consagrada a la inmediatez, a las prisas. Fuegos fatuos que se olvidan de lo realmente importante.

Al menos, 2020 fue generoso en eso: nos dio tiempo para pensar. Tiempo para leer todas estas noticias que aparecen resumidas en este anuario del que dicen, peor año de nuestras vidas. Si así fuera, entonces 2020 solo habría dejado lugar a la esperanza a partir de la última campanada de esta noche. Aunque la vacuna llegada como regalo navideño nos anuncie la luz al final del túnel, queda aún un tramo oscuro que recorrer. Quizá sería bueno entonces retornar a la lectura y recordar un cuento de Attar de Nishapur, un místico persa del siglo XII.

Hace pocos días la maravillosa página en Internet de la Biblioteca Pública de Zamora recogía un extracto de “El anillo”, el relato de un rey que reúne a orfebres y a sabios con objeto de que le confeccionen un amuleto en el que aparezca grabado un mensaje contra los momentos de mayor aflicción. Finalmente fue un anciano sirviente el autor de las palabras a grabar en el anillo: “Esto también pasará”. Pero como corresponde a la auténtica sabiduría, que suelen guardar los más mayores en su interior, existe una moraleja. Todo es transitorio: lo bueno y lo malo. Como decía el anciano del cuento de Nishapur: “Recuerda que todo pasa. Ningún acontecimiento ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche; hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas”. Sí, esto también pasará. Alcen su copa esta noche y sueñen en esa última campanada. ¡Feliz 2021!