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Proyectos transfronterizos

La Raya deja de ser frontera y Aliste vuelve a mirar a Portugal

Durante décadas, La Raya simbolizó aislamiento y declive. Hoy, la comarca zamorana quiere dejar atrás décadas de periferia apostando por una idea distinta de frontera

FRONTERA PORTUGUESA. QUINTANILHA Y SAN MARTIN DEL PEDROSO.

FRONTERA PORTUGUESA. QUINTANILHA Y SAN MARTIN DEL PEDROSO. / Archivo

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A.B.G.

Durante décadas, la frontera de Aliste fue una forma de silencio. Una línea dibujada lejos de allí. Un límite administrativo que parecía condenar al territorio a vivir mirando siempre hacia dentro, como si el oeste de Zamora fuese el final de algo y no el principio de nada. Las carreteras terminaban. Los jóvenes se marchaban. Los pueblos envejecían. Y la sensación de lejanía acabó convirtiéndose en identidad.

Pero hay cambios que no llegan haciendo ruido.

A veces, aparecen lentamente, casi sin que nadie los anuncie. Como una carretera que vuelve a unir pueblos que llevaban años separados por el deterioro. Como un parque de bomberos que deja de funcionar a medio gas y empieza a profesionalizarse. Como un proyecto europeo que, de repente, convierte la frontera en un lugar de encuentro. O como una idea política que hace apenas unos años parecía imposible: entender que el futuro de Aliste no pasa únicamente por mirar hacia Valladolid o Madrid, sino también hacia Portugal.

Porque hay fronteras que separan. Y otras que mezclan. Y en Aliste, ocurre lo segundo.

La Raya nunca desapareció del todo. Permaneció escondida en los mercados compartidos, en las familias repartidas entre dos países, en los caminos que cruzaban monte y río ignorando las líneas del mapa, en una cultura rayana que durante siglos entendió mejor el territorio que quienes lo dibujaban desde los despachos. Portugal nunca fue del todo “el otro lado”, y en muchos pueblos de la comarca era, simplemente, parte de la vida.

Por eso, cuando hoy las instituciones hablan de cooperación transfronteriza, hay algo casi emocional en el discurso. No parece una estrategia nueva, sino el reconocimiento tardío de una realidad antigua. Como si Aliste llevase décadas esperando que alguien entendiera que su posición periférica podía convertirse, precisamente, en su mayor valor.

La gran apuesta institucional tiene nombre: Plan Socioeconómico de La Raya. Sobre el papel, la cifra es clara. Cuatro millones de euros destinados a empresas y emprendedores entre 2025 y 2027. Dos millones aportados por la Junta de Castilla y León. Dos millones por la Diputación de Zamora.

Pero el dato importante quizá no sea económico.

Durante años, las administraciones actuaron en Aliste desde una lógica casi defensiva. Mantener servicios mínimos. Reparar urgencias. Evitar el deterioro absoluto. Resistir. Ahora el lenguaje empieza a cambiar. Ya no se habla únicamente de sostener el territorio, sino de activarlo. De crear empresas. De impulsar servicios sociosanitarios. De fomentar proyectos agroalimentarios. De convertir la cooperación con Portugal en una herramienta de futuro.

Por eso Alcañices fue el lugar elegido para presentar el programa. Y no parece casual.

La capital alistana resume perfectamente la paradoja de La Raya: un territorio pequeño, envejecido y aparentemente periférico que, sin embargo, puede convertirse en punto estratégico entre dos países. Como si la frontera hubiese dejado de ser un borde para transformarse lentamente en un centro.

Algo parecido ocurre con el Camino del Lobo.

Alfonso Fernández Mañueco, presidente de la Junta de Castilla y León, y Javier Faúndez, presidente de la Diputación de Zamora.

Alfonso Fernández Mañueco, presidente de la Junta de Castilla y León, y Javier Faúndez, presidente de la Diputación de Zamora. / Alba Prieto

Sobre el papel es solo una carretera. Una infraestructura más. Pero en Aliste las carreteras nunca son únicamente carreteras. Son una forma de medir si el territorio sigue conectado al mundo.

La Diputación ha consignado un millón de euros para una obra valorada en seis millones, que acabará integrada en la red provincial. Y detrás del asfalto, aparece algo más profundo: la idea de que todavía merece la pena invertir en lugares donde durante décadas parecía que todo iba desapareciendo poco a poco.

Europa también ha empezado a aparecer de otra manera

Durante mucho tiempo fue una palabra lejana, administrativa, abstracta. Hoy llega convertida en proyectos concretos. FRONTUR, impulsado junto a la Comunidade Intermunicipal Terras de Trás-os-Montes, permitió empezar a vender el territorio como un destino compartido, mezclando turismo rural, patrimonio, gastronomía y cultura de frontera. Después, llegó MAS_H2O, coordinado por la Diputación junto a socios españoles y portugueses para transformar zonas vinculadas a embalses en espacios turísticos sostenibles.

Y quizás, ahí esté una de las claves de todo lo que está ocurriendo, La Raya ha dejado de competir consigo misma.

Durante décadas, muchas zonas rurales aprendieron a sobrevivir peleando por pequeñas inversiones aisladas. Ahora, empieza a dibujarse otra lógica. Compartir territorio. Compartir recursos. Compartir identidad. Como si la frontera hubiese dejado de ser una barrera para convertirse en una oportunidad política y económica.

Incluso un parque de bomberos puede explicar ese cambio de época

La profesionalización del Parque de Bomberos Tierras de Aliste podría parecer una noticia secundaria frente a los grandes planes institucionales. Pero quizás cuenta mucho mejor que cualquier discurso lo que está ocurriendo realmente. El parque presta servicio a 18 ayuntamientos, 76 localidades y más de 7.500 habitantes. Números pequeños vistos desde una gran ciudad. Gigantescos para una comarca acostumbrada durante años a sentir que todo quedaba demasiado lejos.

Parque de Bomberos Tierras de Aliste.

Parque de Bomberos Tierras de Aliste. / Cedida

Son 165.000 euros para mejorar la carretera entre Fornillos y Samir de los Caños. Los 66.780 euros destinados al acceso de San Cristóbal de Aliste. Las obras de abastecimiento, saneamiento y accesibilidad en Mahíde, Rábano o Sejas. Cantidades que desde fuera podrían parecer menores, pero que dentro del territorio funcionan como otra cosa: una señal. La demostración de que todavía existe voluntad política de permanecer.

Detrás de buena parte de esta estrategia aparece la figura de Javier Faúndez Domínguez, alcalde de Trabazos y presidente de la Diputación de Zamora. Su discurso gira constantemente alrededor de una idea sencilla: “Desde Zamora estamos convencidos de que el trabajo conjunto con nuestros vecinos portugueses fortalece la identidad cultural y genera desarrollo, turismo y cohesión territorial”, dijo durante la V Sesión Plenaria de la Comunidad de Trabajo Castilla y León-Norte de Portugal.

Y quizás, por eso insiste tanto en conceptos como gobernanza transfronteriza, cohesión territorial, corredor NORCyL, “Meseta Ibérica” o “marca La Raya”. Porque en el fondo, todo responde a la misma pregunta: qué hacer con los territorios que durante demasiado tiempo fueron vistos únicamente como periferia.

Lo más interesante de todo es que este cambio está ocurriendo sin épica.

No hay grandes fábricas. No hay anuncios espectaculares. No hay megaproyectos tecnológicos capaces de llenar titulares nacionales. Lo que existe es algo mucho más silencioso: una red lenta de inversiones, cooperación institucional y proyectos europeos que intentan reconstruir un territorio golpeado por décadas de declive.

Y quizás, ahí resida precisamente su importancia.

Porque durante años la pregunta sobre Aliste siempre fue la misma: ¿Cuántos habitantes pierde cada año? Ahora, empieza a surgir otra diferente. Mucho más difícil. Mucho más ambiciosa.

¿Puede una frontera convertirse en motor de futuro?

Las administraciones creen que sí. Europa también. Y por primera vez en mucho tiempo, Aliste ha dejado de mirar únicamente hacia dentro, y ahora, vuelve a mirar hacia Portugal.

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