Al grano
Eclipse de lo coral
Disfrutemos de la singularidad del fenómeno de esta tarde, pero también de otras cosas que nos ocurren casi todos los días, que también son excepcionales

Imagen de un eclipse. / Archivo
Medio país busca en el cielo cansado de esta tarde inmortalizar en su retina, protegida con gafas estrambóticas de tornaboda, un fenómeno singular como casi ninguno. Nos asomaremos al precipicio de una loma solitaria —es imprescindible que no haya otra cerca, si no se acaba el espectáculo antes de empezar—, y miraremos hacia poniente para ver como desaparece el sol oculto por la luna, gracias a la ley del 400; ya saben el astro es 400 veces más grande que el satélite y está 400 veces más lejos. O sea que el acontecimiento es posible por la casualidad, como el que los humanos habitemos este planeta que nos estamos cargando a conciencia.
Nadie puede perderse el eclipse. Vamos a la carrera. No quedan plazas hoteleras. Si no lo ves, vivirás una vida fallida, es una oportunidad única, irrepetible... Parece la publicidad de una isla turística, de un paraje, de un monumento excepcional, de la final del campeonato de fútbol, de la gira del cantante de voz aguardentosa, de la universidad que forma a los genios del futuro... Cualquier cosa, singular, claro. Y ahí es donde quería llegar yo, a esa pulsión que nos arrastra a los sapiens a adorar lo único, lo excepcional, lo raro.
Vivimos, los privilegiados, claro, en sistemas aparentemente democráticos que abogan por lo coral, por el común, por no dejar a nadie atrás, por ir todos juntos de la mano atados con leyes que aprueban colectivos humanos asentados en la tradición y en el progreso. Un ciudadano, un voto y vale igual el de Agamenón que el de su porquero. Sí, así es y así debe ser, pero después perdemos el culo ante la singularidad, ante lo excepcional.
Los humanos adoramos lo particular y admiramos, hasta elevar a los altares, a quienes destacan en cualquier actividad. Vivimos pegados a lo coral, pero después perdemos el sentido por lo particular, es nuestro sino, una más de nuestras contradicciones. Nos gustan los mitos, los héroes, los que destacan por encima de los demás, aunque con habilidades a veces bastante discutibles.
En este punto, creo que me estoy liando. Empecé con el eclipse y acabo hablando de Cristiano Ronaldo, que no es igual, desde luego. Lo que sí quiero dejar claro es que nuestras vidas están salpicadas de acontecimientos singulares que no sabemos apreciar y, por lo tanto, somos incapaces de disfrutar. Pues eso.
Disfrutemos esta tarde del eclipse como algo único, excepcional, pero lo hagamos también de otras muchas cosas que nos ocurren. Es cuestión de mirarlas con las gafas adecuadas. Con las de la tornaboda, no, por favor, solo para el eclipse. ¡Y qué hoy nadie se las quite, por Dios!
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