Al grano
Cuñadismo y "vigadismo"
Un 14% de los españoles ha roto el último año con familiares o amigos por la polarización

Luces de Navidad en la Plaza Mayor de Zamora. / J. L. Fernández
El cuñadismo se ha convertido en forma de vida, en actitud ante lo cotidiano, al menos en España (no me atrevo a extender la afirmación a otros países porque no lo sé, aunque no andará muy lejos). El término al que me refiero no es exactamente (o no es exclusivamente) el que define la RAE como "favoritismo hacia un cuñado", que también; ni tan siquiera el que describe el común como movimiento de "sabelotodos expertos en todo", que por supuesto. Quiero resaltar otra vertiente de la acepción, la del "vigadismo".
El "vigadista" es aquel cuñado (o aquella, aunque el término se refiere más a hombres, ¿por qué será?) que ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Define al incongruente recalcitrante que se dedica a pontificar para desarmar los argumentos del otro —o la otra— para lo que sube el tono —y el volumen— de voz lo que sea necesario y usa los tópicos más casposos que haya escuchado en la tertulia televisiva, radiofónica o laboral o se calla y se indigna con gestos de despecho, y muy íntegros, ante lo que dice el supuesto contrario.
Antes de seguir, y para no herir sensibilidades, quiero decir que quienes tenemos cuñados somos, por tanto, cuñados, y que hay solteros —y solteras— y amigos —y amigas— que actúan como cuñados tópicos (y si repito tanto la palabra es porque no tiene sinónimos). Esto es, que lo que aquí escribo se refiere a una fauna muy amplia de especímenes, entre los que me incluyo.
El cuñadismo que durante muchos años tuvo cierta gracia y buena prensa porque era el término que se utilizaba para liberar, culpando al de enfrente, de la caspa y las miserias morales propias ha perdido el sentido del humor, aunque fuera zafio, hibridándose hasta la médula con la polarización y el frentismo, casi siempre alimentados por una sarta de políticos que viven de eso, de culpar al otro de todos los males y de victimizarse hasta la náusea.
Pues resulta que hay un Atlas de Polarización en España (que ya son ganas) que acaba de hacer público que un 14% de los españoles ha roto el último año con amigos o familiares y que tres de cada cinco esquivan hablar de ciertas cuestiones (de política, desde luego) para evitar conflictos y enfrentamientos, ¡qué tristeza!
Llegan las fiestas navideñas, ¿de qué vamos a hablar? Del precio de la vivienda (en el diagnóstico estamos todos de acuerdo, en las soluciones, no) de enfermedades (¡es muy deprimente, por Dios!) de fútbol (también polariza), del tiempo (¡ojo, que hay muchos matices sobre el cambio climático!) ¿Y entonces, de qué? Ah, ya sé, tengo la solución: nos sentamos a la mesa, cada uno con su móvil, y taca-taca, desde el día de Navidad hasta las campanadas de las uvas. ¡Vaya panorama!
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