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al grano

No hay robots que limpien el culo

La IA para cuidar a los mayores, sí, pero más reconocimiento a la asistencia humana

Robot en la feria Fitecu de Zamora

Robot en la feria Fitecu de Zamora / JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ

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Celedonio Pérez

Celedonio Pérez

La vida es un rimero de cosas perecederas que se van acumulando y elevando —y sublimando insufladas por la cultura— con la palanca de las emociones hasta que queda una sola: el cuerpo dolorido que se escurre por una espita, abierta durante un tiempo o que se descerraja en un instante. La última fase de la vida, si se alarga, siempre es triste. Es la etapa del desvalimiento, de la necesidad de ayuda, de la dependencia: más o menos descarnada, siempre triste, la hora de caer en el precipicio de la soledad no deseada.

La Feria Internacional de Innovación y Tecnología al Servicio de los Cuidados (Fitecu) que se acaba de celebrar —con éxito, al parecer— en Zamora nos ha abierto el telón de lo que va a poblar nuestros hogares en nada, en algunos casos ya lo está haciendo, a beneficio de inventario: robots y mil artilugios y sistemas paridos por la tecnología y su espuma, la Inteligencia Artificial (IA), que nos ayudarán a alargar nuestra existencia y harán más fácil el trabajo de nuestros cuidadores.

Bien está que también los mayores se beneficien de los útiles tecnológicos de última generación, que se apoyen en andadores con aparente vida propia, que sobrevivan sujetos por muletas que acabarán hablando del tiempo, envueltos en emplastes calmantes o placebos…, pero, ojo, que no se use la innovación y la tecnología de los cuidados como ansiolítico de la sociedad para anestesiar su mala conciencia por mirar para otro lado y no querer afrontar de cara y sin miedo la última etapa de una parte, cada vez más grande, de sus miembros.

No vi en Fitecu ningún robot que limpie el culo o las flemas, ni una máquina que cure las llagas, ni tan siquiera que dé de comer con dignidad. Tampoco que pregunte y repregunte al mayor sobre su estado de salud en una mañana de lluvia meona o de un sol de justicia. Las cuidadoras humanas (y algún cuidador) son la base del servicio, esas sí que son importantes, por cierto, muchas de ellas, sobre todo en los domicilios particulares, inmigrantes; incluso, apunto más, muchas de ellas hispanas.

Se ha institucionalizado ya en la sociedad occidental la expresión carga familiar para definir la atención a los parientes más allegados. Mal asunto. Eso significa que la atención a quien lo necesita se considera un peso, una traba. Y así parece —al menos en algunos casos— en un mundo que ha puesto el listón en conseguir, y vuelvo al principio, un rimero de cosas perecederas que se van acumulando y elevando con la palanca de las emociones hasta que queda una sola: el cuerpo dolorido, al que hay que atender con dignidad usando la IA, sí, pero, sobre todo, la conciencia humana.

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