Al grano
Pino
Hay zamoranos que rompen techos y abren museos sin fondos oficiales

Obra de Laudelino Pino / V. P.
Con él se equivocó el destino porque debió nacer en el "Cinquecento" y convivir con Leonardo, Rafael y Miguel Ángel, colarse en la "Domus Aura" de Nerón e inventar el Renacimiento y, sin embargo, afloró en la entraña zamorana y se instruyó junto al Duero más seminal, en el colegio "Alfonso Rodríguez" de la capital y en las aulas abovedadas del "Claudio Moyano". Sus compañeros fueron adolescentes que huyeron de la quema del campo criador y pisoteado, auspiciada por burócratas de saberes cortos y aspiraciones bastardas. Sus maestros, el padre Prieto, Acilu y Pedrero; sus compañeros, desertores del arado que bebieron la leche del esfuerzo y la capacidad de sufrimiento que les sobraba a sus padres.
Pino, Laudelino Díaz Pino, es maestro jubilado de los que se mató enseñando en la Sevilla más racial, casi médico y pintor total, lleva más óleo que sangre en sus venas, con miles de cuadros paridos de todos los estilos y condiciones. Este sábado, el día de San Lorenzo, inaugura en su pueblo, Marquiz de Alba, un museo de pintura, su museo, su sueño. Le ha costado miles de euros propios y un esfuerzo sobrehumano. Pero ahí está, un monumento al color, a la imaginación de una tierra que suda más que quiere, el cordón umbilical que es ronzal con el que atarse para siempre con Lorenzo y Laura, símbolos de una generación que amó sufriendo e hizo del trabajo condición de vida. Larga vida a su recuerdo.
Pino se sube a esta columna porque se lo merece. Zamorano de la diáspora, es un ejemplo de amor a la tierra en la distancia. Nunca perdió el origen y el oremus a pesar de haber exprimido la cultura del sur hasta el dídimo: nadie hay más sevillano y zamorano que él, pero no porque lo diga, es porque lo demuestra con hechos y quereres.
Yo, que soy su amigo y lo conozco, lo sé, sé su secreto: se casó hace muchos años con la belleza y a ella se debe, a ella presta tributo permanente y la alimenta con las emociones desbordadas que corren entre las piedras hincadas sobre el torrente cultural que navega sin timón por el Duero y el Guadalquivir. Pino supo antes que nadie que los dos ríos comparten destino. Y en eso ha empleado su vida, en buscar el aluvión que los une.
Capaz de robar el alma de los clásicos y denunciar la opresión de África, no es pintor al uso, es artista poliédrico que no tiene límite ni medida. Crea como respira. Pino es un virtuoso que sueña con asperger zamoranismo al universo. Tiene una ventaja, que ha camelado al duende andaluz, así cualquiera.
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