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La Opinión de Zamora

Al grano

Pueblos de grandes almacenes

La querencia por la tierra ya no es lo que era, los visitantes colonizan a los de casa

Varios grupos de personas caminan por Puebla de Sanabria. | A. S. Manuel Herrera

Raro (gris marengo) ha salido el día de San Roque, como con ganas de romper el hilo del verano, más ronzal reventón que nunca, qué mira que se ha puesto tieso el calor las últimas semanas, que nos ha hecho añorar con ganas la cara ambivalente del otoño. Es lo que tiene cuando ya has pasado tantos agostos, que a estas alturas hasta la jornada más fiestera del año la vives con nostalgia.

Los pueblos reverdecen por la llegada masiva de gentes manchadas de colorines, hay bullicio en calles y algunas praderas donde toros y caballos concitan a dioses animistas del pasado y los humanos ofician el arte de los espejos. Pero sabes que los gritos chillones se irán, como las codornices que se salven de la lluvia de perdigones desmigados. Y que lo de ahora es puro espejismo y que dentro de nada el calendario volverá a llevarse su tributo, el de la soledad franquiciada, esa que exportamos junto a la espuma encantada de los quesos que saben a gloria.

Ya no son los pueblos quienes prestan su alma durante unos días a los visitantes, son estos quienes colonizan a los que todavía aguantan la sombra puntiaguda del invierno.

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La querencia por la tierra ya no es lo que era. Se nota mucho que es moda de grandes almacenes. Y que a los pueblos se vuelve no con el alma virgen dispuesta a empaparse del sudor que rezuman las roderas del tiempo sino con el bagaje acumulado durante el año vivido en las ciudades del humo y el olor a grasa quemada. Ya no son los pueblos quienes prestan su alma durante unos días a los visitantes, son estos quienes colonizan a los que todavía aguantan la sombra puntiaguda del invierno.

Usos y modos urbanitas se imponen y manchan de gris el campo amarillo y redondo, donde ya ni los amorisecos tienen punta. Las casas vacías se ofrecen abiertas y esconden sus secretos en las rendijas de las tapias de barro de las tenadas. Pero ya nadie los busca, lo que peta es ese hilo de irracionalidad que nos tiene a todos desmadejados. Todos enganchados a no sé qué misterio, que resucita lo peor del clan, que nos torna violentos y nos invita a romper cristales que son de todos y de nadie.

Pero no me hagan caso, por Dios; borren de sus cabezas lo que han leído hasta ahora y disfruten de las fiestas de agosto como si no hubiera un mañana. Lo que tenga que venir vendrá. Que sepan que yo sé que no soy la alegría de la huerta y que la vida se alimenta de presente y no del polvo venenoso del pretérito. Por tanto, quiéranse con pasión y salgan a la calle a celebrar la vida, covid mediante, que lo más importante es siempre lo que no se puede medir.

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