Los pueblos zamoranos están tristes y ni esa población ambulante y bullanguera con muchos años por cumplir, llegada de otras tierras, consigue con sus voces (también, por qué no decirlo, con su inconsciencia en tiempos de pandemia) pintar las calles de alegría. Los pueblos están tristes y ni niños ni jóvenes logran cambiar las caras de agobio de los adultos, de los mayores, esa procesión inconsistente que se va deshaciendo casa a casa, recuerdo a recuerdo, solana a solana. La señora Rolindes, el señor Atanasio, Dani el Cándiles…, descansen en paz.

Los pueblos zamoranos se sienten más huérfanos que nunca, están solos. La semana de la Asunción, de San Roque, de la juerga institucionalizada, se ha desleído como el polvo acumulado por la canícula. No hay fiestas, hay miedo y hay indefensión. De las tres cosas, lo peor es la indefensión porque viene impuesta desde fuera. El ámbito rural está dejado de la mano de Dios y también de la mano del hombre.

La figura del médico, la presencia del médico y la enfermera son un pilar que tranquiliza a pequeños y mayores, que ayuda a sobrellevar el miedo a lo que está por venir. No vale solo la sanidad por teléfono: que quiero ver a quien me va a curar, a quien me va a aliviar estas fatiguitas que me tienen escachados los huesos.

No sirven los argumentos de la Junta de Castilla y León, lo del riesgo de contagio en las consultas; también se supone que lo hay en los bares, en los centros comerciales, en los restaurantes… y están abiertos. La población rural está empezando a pensar que la decisión de no reabrir los consultorios rurales tiene más que ver con una estrategia, una decisión política: abaratar costes, esconder que no encuentran médicos, que nadie quiere venir a estas tierras.

Es cierto que ni los mejores servicios del mundo aseguran que los pueblos vayan a seguir vivos, porque dependen de la decisión de sus moradores, pero en lo que está todo el mundo de acuerdo es en que sin servicios no habrá gente, no habrá nadie que quiera abrir una vivienda en el ámbito rural. Por eso, vamos a seguir intentándolo y reabrir los consultorios con todas sus prestaciones. Sin servicio sanitario adecuado nos moriremos mucho más rápido. La señora Pílfora, el señor Pausilipo, Agustín el Gallina…, descansen en paz.