En 1879 escribió Eduardo Julián Pérez, a modo de pasatiempo, una novela titulada “Zamora del porvenir”, que vería la luz primero en el periódico “La Enseña Bermeja”, y más tarde en “El Independiente Zamorano”. La obrita, que ha conocido varias ediciones, no tiene mayor atractivo, pese a que su autor nos propone un viaje al futuro, imaginando como era la ciudad un siglo después de haberse publicado, es decir en 1985. Eduardo Julián Pérez es también autor de la muy conocida “Guía del Viajero en Zamora” (1895), un documento sin duda mucho más interesante y útil, que tiene el mérito de ser la primera guía turística moderna - plano incluido - de la ciudad. Ambas obras, aun siendo muy distintas, fueron escritas por un fino observador, que no obstante formar parte del estatus político de la Restauración - fue concejal y alcalde accidental - se mostró muy crítico con la época que le tocó vivir. “Zamora del porvenir” además de un entretenimiento futurista, un tanto retórico, y de no muy amena lectura, propone un ideal, más que utópico, devastador. Su protagonista nos presenta una ciudad nueva cuyo modelo podría estar en América, de donde regresa un siglo más tarde, contemplando con jubiloso asombro los muchos cambios que ha experimentado su patria chica, que obvia decir, en las últimas décadas del siglo XIX, era un lugar atrasado, donde el tiempo discurría perezoso. Efectivamente, la Zamora finisecular latía con el débil pulso que le proporcionaba un modesto comercio, una raquítica industria, y su condición de capital de provincia; funciones todas subordinadas y dependientes de un omnipresente sector agrario. En aquella ciudad pequeña y pobre, de apenas 17.000 habitantes, el único icono de la modernidad era el ferrocarril, al que se uniría, ya en los años finales de la centuria, la electricidad, por entonces sin otra aplicación que el alumbrado público. 

Por el contrario la Zamora soñada por Eduardo Julián Pérez, era bien distinta. Su urbanismo parecía fruto de un cataclismo, en el que todo vestigio del pasado había desaparecido: iglesias, palacios, conventos, murallas…, sacrificados en aras del progreso, pues “los pueblos no deben vivir siempre en la contemplación”. Lo viejo, por el mero hecho de serlo, no tenía cabida en la nueva urbe, que nos describe trazada con anchas y alineadas calles, viviendas proporcionadas, grandes avenidas y zonas de recreo, amenos jardines con fuentes y monumentos, modernos edificios públicos y privados... La Zamora de 1985, una urbe de casi 117.000 habitantes, capital de una provincia también densamente poblada - 473.000 habitantes - , disponía de un activo comercio e industria, así como de modernos servicios (hospitales, estaciones, museos, mercados, escuelas), e infraestructuras (puentes, carreteras, viaductos, canales). No faltaban en ella adelantos como la electricidad, el teléfono o los tranvías, aunque en medio de tanto progreso sorprenden algunos anacronismos, como el pavimento de las calles, aún de piedra villana, o que todavía hubiese hospicio. Una ciudad nueva hasta en sus costumbres, pues “El país del garbanzo había cambiado… Se come menos veces, pero se come bien”. ¿Cómo era posible? Un patriotismo sin doblez era la causa de aquel milagro: cultura, ilustración y una eficaz gestión de los servicios públicos, cuyos puestos, “de común asaltados por nulidades”, estaban ahora ocupados por inteligentes y celosos servidores, de manera que “aquella sacramental palabra de para Zamora basta, es hoy un atentado de lesa ciudadanía”. Y merced a este inconformismo y laboriosidad Zamora marchaba entonces “a la cabeza de los grandes pueblos”.  

Bien, sin hacer predicciones futuristas, y menos a tan largo plazo, las cuitas de la Zamora del siglo XXI, creo, son bien distintas. La principal es el incierto futuro que las cifras de nuestra demografía pronostican: de día en día somos menos, y pareciera que la ciudad, que experimentó un lento pero continuo progreso en el último medio siglo, se encuentra ahora en una fase, que de no cambiar, aventura devolvernos paulatinamente a las cifras de los años de la autarquía. Pero si la capital aún no ha descendido de los sesenta mil habitantes, la sangría de la provincia, que fue su pulmón, no parece detenerse. Y de este problema, para el que nadie parece tener respuesta, vienen, si no todos, la mayor parte de los males que nos aquejan.

Nuestra ciudad no por ello deja de ser un sito agradable para vivir; lo es sin duda para los que tienen la fortuna de contar con un trabajo estable y dignamente retribuido, o como en mi caso, los que jubilados combatimos el tedio paseando por sus tranquilas calles, demasiado tranquilas quizás. Y aunque todos la quisiéramos mejor, sigue siendo un lugar apacible, en el que el urbanismo especulativo no ha tenido la última palabra, pues aún es reconocible el legado que modeló su identidad histórica. Este patrimonio urbano, no lo forman únicamente sus iglesias románicas, la mayoría ya sin culto y “musealizadas”, sino también las huellas que dejaron otras arquitecturas (modernismo, historicismo, eclecticismo, o racionalismo), a las que se han unido algunos hitos constructivos de nuestro tiempo, como el Museo Provincial, Consejo Consultivo, Fundación Rey Afonso Henriques, Museo Etnográfico y Teatro Ramos Carrión. Si para Eduardo Julián Pérez el patrimonio artístico era sinónimo de viejo, y lo viejo era la antítesis del progreso y la modernidad, hoy podemos decir constituye el principal activo de nuestra ciudad, y es justo reconocer que nunca como ahora ha sido atendido. No debemos olvidarlo, aunque todavía queden asignaturas pendientes, como la restauración de las murallas o del puente de piedra. Efectivamente, nuestro conjunto histórico, sin ser excepcional, es un lugar aparente. Sin embargo, en parte está vacío, y ese vacío chirría en medio de la belleza monumental que atesora: estereotipadas y ramplonas viviendas, junto a otras degradadas que parecen esperar su derribo, solares y casas abandonadas, manzanas enteras cerradas..., la pérdida paulatina de sus funciones, ya residenciales, ya administrativas o de cualquier otra naturaleza, son una amenaza para su sostenibilidad, que no acertamos a corregir. 

Vivir sin el aliento del río, sería suicida, aunque la fuerza del agua ya no sirva para moler el grano, lavar paños o cueros y sacar arena, porque el Duero es el corazón y el alma de esta ciudad

Vivir sin el aliento del río, sería suicida, aunque la fuerza del agua ya no sirva para moler el grano, lavar paños o cueros y sacar arena, porque el Duero es el corazón y el alma de esta ciudad. Recuperarlo para solaz de los zamoranos fue un acierto. Sin embargo, su entorno requiere para su sostenimiento de grandes recursos, y no siempre llegan para atenderlo como merece. Las márgenes del río y Valorio, son entornos únicos que necesitan ser cuidados y mejorados, porque forman parte asimismo de nuestro patrimonio urbano.   

Pese a disponer de media docena de museos y de otros servicios culturales, la apuesta por ubicar en el Ayuntamiento viejo la obra de Baltasar Lobo, no parece que contente a todos y sea la mejor. Quizás en otro emplazamiento más capaz ganaría, y podría atender de paso la reivindicación de ese espacio propio, por el que desde hace décadas claman los artistas locales.   

Zamora del Porvenir

En fin se podría hablar de tantas cosas necesarias…, pero cualquier idea para mejorar nuestra ciudad fracasaría si la economía local no es capaz de dar respuesta al momento que nos ha tocado vivir. Nuestro modelo productivo es aún el de una ciudad de servicios que sigue atendiendo en gran medida la demanda local. La imagen distópica, que nos recuerdan los carteles de “se vende o alquila”, que señorean las calles del centro, son los muchos locales cerrados y las antiguas casas de la burguesía y las sedes de las entidades bancarias hoy vacías. El comercio como actividad que nos dio vida, cuando la provincia estaba llena, ha dejado de tener la importancia que tuvo; lo vemos no solo en los muchos negocios desaparecidos, sino también en el abandono de las franquicias, víctimas asimismo de los nuevos hábitos de consumo. También las esperanzas puestas en las comunicaciones - autovías y tren de alta velocidad - se han frustrado, porque quizás ingenuamente pensamos que serían un reclamo para el establecimiento de empresas. 

Nuestro conjunto histórico, sin ser excepcional, es un lugar aparente. Sin embargo, en parte está vacío, y ese vacío chirría en medio de la belleza monumental que atesora

Posiblemente el verdadero talón de Aquiles de la economía provincial, sea la falta de un sector industrial fuerte que tire del resto. Si a nuestro escaso peso demográfico, unimos, como consecuencia, una menguante relevancia política, parece que la cosa no pinta, ni en el futuro pintará bien, de ahí el escepticismo, cuando no el desapego por la política y los políticos - necesarios a pesar de todo - que parecen enzarzados, incluso aquí en provincias, en sus problemas, y no en los de sus electores. En la búsqueda desesperada de soluciones, en el horizonte se dibuja una propuesta por la que merece la pena trabajar: la declaración de Paisaje cultural de la Unesco, a la que honestamente nuestra ciudad podría aspirar. No debería plantearse como una meta que sume un título más, sino como una oportunidad para reforzar y acrecentar su patrimonio urbano, es decir, humano. Seguramente, no sería la panacea a todas nuestras cuitas, pero ayudaría. No sé si estos afanes son propios de gente adulta, por eso habría que contar también con la opinión y el concurso de los jóvenes, porque serán ellos lo que gestionen la Zamora del mañana.  

Calle de Santa Clara, a la altura de Santiago del Burgo, anterior 1891( AHPZA)