01 de diciembre de 2017
01.12.2017

Junto a las riberas del río por Pobladura de Valderaduey

Conviene subir sobre el lomo térreo para gozar del paisaje y así, al volver la vista hacia atrás, contemplamos el pueblo posado mansamente en la llanura

02.12.2017 | 05:28
El río con Castronuevo al fondo.

El río Valderaduey, de quien esta localidad de Pobladura toma apellido, cruza a escasa distancia de su casco urbano. Aprovechando tal proximidad vamos a caminar junto a sus orillas un largo trecho. Como punto de partida tomamos la cabecera de la iglesia local. Desde ese enclave nos desplazamos hacia el norte por la llamada Ronda del Río. Accedemos en primer lugar a una decrépita chopera, dañada por las plagas. Gran número de sus árboles presentan ramas secas y quebradas, atacadas por insectos perforadores. Ascendemos a continuación al talud contiguo, que ya linda con el propio lecho fluvial. Ese lomo térreo se formó con la tierra extraída en los trabajos de rectificación y dragado del río, realizados a mediados del siglo XX. Hasta entonces su cauce, tapizado por junqueras, divagaba por sinuosos meandros y disponía de escasa profundidad. Debido a esos caracteres, el drenaje era precario y en momentos de lluvias abundantes se producían tremendas inundaciones. En la memoria de los vecinos perdura el recuerdo de la crecida de 1936, pues anegó parcialmente el pueblo y provocó el derrumbe de hasta nueve viviendas. Fruto de aquellas obras de canalización, el curso se nos presenta ahora como una zanja rectilínea, trazada a cordel. No obstante, la incesante labor de la naturaleza va camuflando esa artificiosidad. Han vuelto a prosperar espesos cañaverales, además de arraigar sauces y otros tenaces arbolillos.

Dispuestos a optar por una dirección, elegimos marchar hacia el mediodía. Contamos con la ventaja de podernos desplazar por la amplia plataforma que media entre el ya señalado terraplén y el propio álveo. Es una especie de pista tapizada de fina hierba, casi césped, pacida por los rebaños de ovejas que por ahí suelen deambular. En largos tramos las aguas no se ven, camufladas por una pujante masa de carrizos. En otros, si son tiempos de calma meteorológica, las corrientes se nos presentan límpidas, cristalinas, muy diferentes de las turbias y legamosas de momentos de aluviones.

Avanzamos con calma, inmersos en un entorno de paz y armonía. Allí abajo percibimos la protección de la madre tierra, su afectuoso abrazo. Pero ese sosiego se rompe cuando levantan vuelo sucesivas bandadas de patos. Tales aves, que vivaquean entre la frondosa vegetación palustre, huyen azoradas cuando descubren nuestra presencia. Su estridente graznido suena como una protesta airada, un reproche por nuestra intrusión en espacios que consideran propios. Sin duda, estos rincones son inmejorables refugios para esas palmípedas.

De vez en cuando conviene subir sobre el lomo térreo para gozar del paisaje. Así, al volver la vista hacia atrás contemplamos el pueblo posado mansamente en la llanura. Sus edificios ocres o blancos se apiñan junto a la iglesia, la cual destaca por la esbelta sencillez de su espadaña. Por todo lo demás se extiende la llanura, desnuda y monótona. Sobre los eriales inmediatos prosperan los cardos, altos, casi arrogantes, armados de aceradas púas. Nuestro plácido caminar topa con el obstáculo que supone la desembocadura del arroyo de Valdevolar. Ese regato, casi siempre seco, ha generado un breve barranco que interrumpe el paso. Podemos cruzarlo un poco más arriba, pero unas decenas de metros más allá alcanzamos el límite del término local. Ahí se tiende una larga cerca de alambres que acota la dehesa de Monzón, latifundio perteneciente al vecino municipio de Aspariegos. Es en este punto donde nos alejamos del río para proseguir junto al citado arroyo de Valdevolar. Dejamos atrás un primer camino y nos dirigimos hacia otro distante unos trescientos metros. Ya sobre ese segundo viramos hacia el oriente, para ascender por una cuesta corta pero empinada. Las parcelas circundantes muestran suelos pedregosos, oculta la tierra fértil bajo un áspero cascajal. En uno de los lados descuella un retazo plantado de pinos y encinas. Son poco más de una veintena de ejemplares, aún jóvenes, pero su aislamiento, su excepcionalidad, hace concentrar sobre ellos todas las miradas. A la otra mano se localiza una amplia tenada ganadera, rodeada de grandes montones de paja y de estiércol.

Llegamos bien pronto a un empalme y en él nos desviamos hacia la izquierda. El carril que ahora tomamos se conoce con el nombre de camino de la Culebra. Curioso es ese apelativo, ignorándose el por qué se le aplicó. Cerca, a nuestra espalda queda el cementerio local, caracterizado por su peculiar fachada con remate escalonado. Prosperan en él unas pocas coníferas, árboles que también se alinean en el paseo de entrada. Enfilamos directamente hacia el pueblo, pero no penetramos en él. En ese tramo encontramos un viejo corralón ruinoso, creado mayormente de tapial. Al llegar a otra nave pecuaria, que es edificio anejo al casco urbano, nos desviamos hacia la derecha por una oportuna circunvalación. Dejamos sucesivamente dos cruces para acceder al fin a un tercero. Junto a la primera de esas encrucijadas se sitúa el sondeo de captación de aguas para el abastecimiento doméstico actual. Dispone además de la bomba elevadora y del alto y funcional depósito encaramado sobre desnudos pilares. Buscaron para estas instalaciones el venero aprovechado secularmente, un breve humedal donde se localizaba el tradicional pozo que aún perdura. Cuenta éste con un sólido brocal cilíndrico, construido con grandes sillares de piedra caliza, cincelados con precisión. En la tapa de hierro que sirve de cierre está grabado el año de 1936, fecha que pudiera ser la de alguna remodelación.

Tras pisar brevemente el arcén de la única carretera de acceso, nos desviamos hacia la derecha nuevamente. Pasamos junto a unos últimos inmuebles para enfilar a continuación hacia el norte. Justo en frente, a una distancia de un par de kilómetros, se divisa la localidad de Castronuevo de los Arcos, pintorescamente encaramada sobre un cerro. Atravesamos entre las tierras más fértiles del término hasta topar con el importante arroyo de Renedo. Este lecho, que tiene sus orígenes en los cerros de Abezames y Vezdemarbán, recoge la escorrentía de amplia cuenca, por lo que puede llevar cuantiosos caudales. Si accedemos en época de estiaje pasamos el puente que allí existe y, por unas roderas paralelas al propio regato, atajamos hacia el río. Pero si lleva agua hemos de ir en precario por las lindes de la margen opuesta. De nuevo junto al curso fluvial caminamos en el mismo sentido de las corrientes. Atrás dejamos la mata de sauces que sombrea el punto de confluencia de los dos cauces y, sucesivamente, una alineación de numerosos chopos, todavía de escasa envergadura.

Alcanzamos al fin el puente utilizado para la carretera, el único tendido sobre el Valderaduey en todo el término local. Su obra consta de tres vanos adintelados formados por gruesas vigas de hormigón apoyadas en cortos pilares. Fue creado hace unas cuantas décadas, en sustitución de otro paso más precario, tampoco demasiado antiguo. A lo largo de los siglos se cruzó por un vado y cuando los turbiones invernales lo impedían utilizaron una barca.

Aprovechamos la existencia de una pista de comunicación directa para regresar al casco urbano sin dar la vuelta por la citada carretera. Pasamos así junto a una esbelta y pujante alameda. A su vez divisamos las ruinas de tres grandes palomares, creados con barro. Sus volúmenes redondos, tan rotundos y simples, originan estampas de una melancólica belleza, pues apena que su único futuro sea el de su progresiva desaparición. Ya entre las casas, advertimos que aunque existen viviendas nuevas, de buena calidad, se conservan numerosos inmuebles tradicionales. El material de obra común fue el tapial, reforzado con ladrillo en esquinas y en el borde de los vanos. Muchas de las fachadas aparecen enfoscadas, mejorándose así la estética. En un modesto rincón a occidente de los últimos muros resiste el viejo potro, tan útil en tiempos pasados. Yace en absoluto abandono, pero sus carcomidos maderos aún se sujetan al contar con el refuerzo de hierros muy sólidos.

En la zona más concurrida y céntrica se ubica la iglesia. También se emplaza allí, haciendo ángulo, la sede del ayuntamiento. Ambos edificios quedan realzados por la existencia de un cuidado jardín. Atendiendo a la arquitectura del templo, vemos que está construido sobre todo con ladrillo, permitiéndose ciertos detalles ornamentales como rectángulos rehundidos, cornisas salientes o vierteaguas sobre las ventanas. Para evitar su descomposición con las humedades cargaron sobre un recio zócalo de piedra, sin duda traída de lejos, dada la carencia de canteras en el entorno. Ya en el interior, comprobamos que todo se muestra limpio y bien cuidado. La atención se concentra enseguida sobre la capilla mayor, la cual desarrolla una planta poligonal. Su techumbre, decorada con yeserías, se forma con lunetos que convergen en el centro cual si fuera una bóveda de crucería. El retablo principal exhibe diseños barrocos muy vistosos. Una densa hojarasca se dispersa por frisos y tableros, rellenando también los fustes de sus cuatro columnas. El nicho central está ocupado por el sentido grupo de la Piedad, con la Virgen transida de dolor sujetando sobre sus rodillas el cuerpo inerte de su divino hijo. Por encima, el ático muestra un relieve de San Miguel, el titular de la parroquia. El arcángel está representado en el momento de consumar su victoria sobre el demonio.

Evocando algunos detalles de la historia del pueblo, se sabe que allá por el siglo XI se denominaba Populatura de Yohanne Afonso, ignorándose quien era ese personaje que le daba nombre. En aquella época o algo más tarde pasó a depender de la abadía de Moreruela. Este monasterio contó aquí con importantes pertenencias que fueron adquiridas por compras y donaciones. Los monjes organizaron con ellas una de las características granjas cistercienses, la cual, en el año 1242 fue cedida en prestimonio a García Ordóñez y a su mujer. Tales cónyuges entregaron a cambio sus posesiones en Riego de Suso. Avanzando en el tiempo, ya en el siglo XVI, Cristóbal de Porres, señor de la vecina villa de Castronuevo adquirió de la corona, junto a otras, la jurisdicción de Pobladura. Pero esa venta fue rescindida once años más tarde, concediendo a la ciudad de Zamora recuperar el dominio.

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