06 de noviembre de 2017
06.11.2017
Sueño americano unido al cante

La vida del zamorano Vicente Granados, de aventura y jondo

Vicente Granados, en su afán de conocer California, acaba en la guerra de Vietnam y más tarde, como militar norteamericano, recala en la base de Morón donde se enamora del flamenco

11.11.2017 | 05:13
Vicente Granados de militar

Una vida digna de protagonizar una novela es la llevó el zamorano Vicente Granados quien por su deseo de conocer California fue polizón en un barco, acabó en la Guerra de Vietnam con lo que consiguió la nacionalidad norteamericana, desarrolló una carrera militar y su destino en la base norteamericana de Morón de la Frontera le brindó la oportunidad de descubrir su gran pasión: El flamenco.

"Desde niño era un muchacho con muchas inquietudes a quien se le quedaba pequeño nuestro pueblo, Villamayor de Campos", testimonia su hermana Isabel Granados quien alude al carácter abierto de Vicente a quien le encanta compartir sus experiencias con sus amigos cuando regresa. "Si había un corrillo en la carretera sabías que allí estaba Vicente contado sus historias", menciona entre risas.

En el seno de la familia de los Herreros, como son conocidos en Villalpando y en Villamayor de Campos, nacía en 1926 Vicente Granados, quien de niño "leía todo lo que caía en sus manos". Siendo un adolescente la lectura de las novelas de "El Coyote" propició que surgiera en él el anhelo de descubrir California, un empeño que marcaría su vida.

Tras acudir al clases al Seminario de León, regresa a su pueblo y se incorpora a una compañía de teatro, pero esa "vida no le gustó y regreso a Villamayor aunque él quería conocer mundo", enfatizan desde la familia.

Vicente Granados se inscribe como voluntario a la Marina y es destinado a labores del Ministerio en tierra, una ocupación que "le defrauda porque él quería ir a la mar y llegar a su ansiada California", puntualiza el experto en flamenco José Ignacio Primo que lo conoció en 1969 en Sevilla y que mantuvo contacto con él hasta cerca de su muerte, acaecida en 1992.

El joven Granados realiza el Servicio Militar en la Marina en Cádiz, en concreto en el buque Malaespina que hacía sondeos de profundidad, y le pilla la explosión del polvorín gaditano que se cobra la cifra de 155 muertos y 2.000 heridos, entre ellos el zamorano que es licenciado.

En esa coyuntura de su existencia, Vicente Granados apuesta nuevamente por la aventura, por conocer mundo e ir a su deseada California. Junto con un amigo se marcha a Tenerife, donde aprovechan para viajar como polizones en "el hueco de un barril" en un barco que iba al continente americano. Antes de concluir la travesía los descubren y antes de atracar en el puerto de Buenos Aires ambos se tiran al agua, aunque alcanza solamente tierra el zamorano.

"Tuvo la suerte de que en el puerto se encontró con una mujer de nuestro pueblo que tenía mucha nostalgia y casi a diario iba a ver qué barcos llegaban de España. Ella la puso en contacto con el tío Rafael, hermano de nuestro abuelo", comenta Isabel Granados que añade que su hermano en la última visita a Villamayor antes de cruzar por primera vez el charco "llevó direcciones de todos los familiares y personas del pueblo" que residían en el continente americano.

Vicente Granados permanece poco en Argentina. En cuanto le fue posible se enrola en la Marina Mercante, con la que hace un viaje a Nueva York. Corre el año 1950 y el zamorano decide bajarse en la Gran Manzana y no regresar al barco donde trabajaba. Sin embargo, lo detiene la policía que le ofrece dos alternativas o la deportación a la España de Franco o acudir a la Guerra de Corea. Granados acepta la segunda posibilidad, la única vía para hacer posible su sueño americano, y pasa los tres años de la contienda destinado en Aviación. "Estuvo en una base que estaba en Japón y que atacaba Corea e incluso su avión fue bombardeado aunque él salió ileso", precisan desde la familia que apuntan a que en esa época "mandaba cartas con mucha frecuencia". Concluido el enfrentamiento bélico, le condecoran, le ascienden a sargento, Estados Unidos le otorga la nacionalidad norteamericana y le destinan a la base de San Diego en su deseada California.

Pero su periplo prosigue. Cuando Estados Unidos pone en marchas las bases militares en suelo español, el zamorano solicita destino en Morón de la Frontera. En esta población, en la segunda mitad de los años 50, conoce al músico y aficionado al flamenco Donn E. Pohren quien le presenta a Diego de Gastor, "una institución en el flamenco en Morón. Era un guitarrista con un toque muy especial que fascinó a los americanos que provenían del ámbito del jazz y también a Granados", precisa José Ignacio Primo.

En el año 1963 Pohren monta una fundación de flamenco en Morón en la finca Espartero, donde beca a músicos norteamericanos para que vengan a España a conocer el flamenco más puro, el que seduce al terracampino. Por esas dependencias pasan figuras como Anzonini del Puerto, Manolito de María, Antonio Mairena, Curro Mairena, Perrate de Utrera o María la Perrata, cantaores que en sesiones privadas hacen que comience el interés de Vicente Granados por este arte y que mueven al militar a grabarles con un magnetofón. "De muchos de ellos apenas hay material grabado y también capta conversaciones sobre flamenco, como una con Antonio Mairena", enfatiza José Ignacio Primo que ha oído algunas de las cintas y a quien Granados, en algunos de sus encuentros en Sevilla o en la huerta de Santa Cristina, había hablado de esas piezas.

Son años en los que por su trabajo Granados está constantemente viajando a San Francisco, Nueva York y Morón. El zamorano conecta a artistas y se hace incluso representante de alguno de ellos. Hace posible que actúen Paco Valdepeñas, Anzonini del Puerto, Enrique El Cojo y el bailaor Mario Maya, con quien entabla una estrecha amistad, en Nueva York. Además, en esta época Vicente Granados mantiene mucho contacto con la Embajada Española y con la Casa Gallega en Nueva York donde promueve conciertos y hasta imparte alguna conferencia sobre flamenco.

Además Granados vivió en Nueva York, en Filandia para establecerse, al jubilarse, en Sevilla. "Tuvo una vida rica de aventuras y se ilusionó mucho con el flamenco. Pasó a ser integrante de la familia del flamenco porque propició conectar este arte con el otro lado del Atlántico", sintetiza José Ignacio Primo mientras que el sobrino de Granados, Rafael Requena concluye: "Fue una persona que amó la libertad y que luchó por hacer realidad su sueño americano".

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