06 de agosto de 2017
06.08.2017
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El dosel del Tránsito

Cuatro personas prosiguen con la tradición de instalar días antes del inicio de la novena el pabellón en el presbiterio de la iglesia conventual del Corpus Christi

07.08.2017 | 13:36
El dosel del Tránsito
El dosel del Tránsito

Su belleza y amplias dimensiones, más de 120 metros cuadrados de tela de seda bordada con estrella de plata que sobrepasan los 800 kilos de peso, llaman la atención a quienes acuden al novenario de la Virgen del Tránsito en la iglesia del convento del Corpus Christi. Se trata del impresionante dosel situado en el presbiterio del templo por la festividad mariana.

El pabellón lo regaló el obispo Tomás Belestá, quien ocupó el sillón episcopal entre 1880 y 1892 y que era un gran devoto de esta advocación. También el prelado obsequió con unas colgaduras que años atrás "revestían todas las paredes del templo", según recogía en los años 80 Manuel Espías en el libro "Monasterios de clausura en Zamora".

La colocación ha corrido a cargo de Fernando Calvo Montero, quien hace 50 años que asiste a esta labor y que desde hace años encabeza el equipo que también integran su sobrino, Iván Montero Calvo, y dos devotos del Tránsito, José María Calvo y Gregorio Alonso.

Los primeros pasos del montaje, que dura varias horas, corresponden a la ubicación de unas barras metálicas en cada muro del presbiterio, así como al ensamblaje del aro y los adornos que integran la corona de grandes dimensiones que remata el dosel.

Una vez que la pieza está unida la enganchan a un cable de acero y mediante un torno, situado en la bóveda, elevan la estructura alrededor de metro y medio para comenzar a situar las telas. "En mi niñez se subía con la maroma conectada a unas poleas", menciona Fernando Calvo que desde que tenía siete años participaba en el trabajo.

Las manos de los hombres introducen en unas puntas situadas en la parte interna de la corona las argollas cosidas a los paños azules rematados con flecos y enriquecidos con bordados de una mitra o las iniciales del donante. "Es muy bello y desde el suelo no se aprecia tanto", apunta José María Calvo, maestro jubilado que desde niño ayuda a la instalación del dosel.

Posteriormente los grandes paños los desdoblan con mucho cuidado y los extremos son situados en las mismas alcayatas que las telas que engalanan la corona. Todo el conjunto, poco a poco, es subido hasta impedir ver todo el camarín de la Virgen.

Uno de los momentos más complicados lo denomina entre risas Calvo Montero como "el salto de la reja de Zamora". En un instante este camionero se encarama a la verja del camarín y con agilidad asciende con parte del paño en sus manos para atar el tejido a la parte más alta de la rejería. Sus movimientos son observados con gran atención por los más veteranos. "Me da miedo porque se mueve mucho (la verja) cuando llega a la parte superior", dice Gregorio Alonso.

Tras recubrir la piedra con el paño y asir el conjunto con una cuerda al hierro, comienza la extensión de la tela en las paredes del presbiterio.

En esta fase Fernando Calvo Montero se sube a una escalera, apoyada sobre el muro y sujeta por Gregorio Alonso, y lleva en sus manos nuevamente parte del tejido azul, un canto y una pequeña cuerda. "Lo importante ahora es la experiencia y los consejos de quienes están abajo y lo ven", confiesa antes de ascender. Y es que una vez que ha realizado el nudo y antes de atarlo pide consejo a sus compañeros. "¿Cojo más tela para que quede mejor?", pregunta desde la escalera a lo que Iván Montero le consulta a José María Calvo. "¿Qué le parece a usted?" y entre los dos consensuan qué recomendar. Tras repetir el proceso en otro punto, sitúan una manga de tela y un cojín en la misma tela para que visualmente se aprecie que existe un nudo en la colgadura. El ritual lo repiten luego con el otro lateral aunque se complica un poco la operación. "Un año pusimos la tela al revés y nos dimos cuenta cuando lo estábamos extendiendo", comenta Montero al tiempo que José María Calvo rememora que hace muchos años "se rompió la maroma y al caerse se fracturó la corona".

Al acceso al templo desde la clausura se ha asomado varias veces la abadesa. "Es uno de los primeros pasos para la novena y es un trabajo complicado que, muchas veces, pasa desapercibido", asegura la religiosa Mercedes González quien señala que "para la comunidad que comience mañana el novenario es una esperanza cumplida".

Una tradición renovada un año más.

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