24 de febrero de 2017
24.02.2017
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Zamora en la literatura

Antonio Liñán y Verdugo: a pleitear en Madrid

Un autor del Siglo de Oro del que apenas se conocen datos pero que dejó una curiosa obra: Guía y avisos de forasteros que vienen a la Corte

25.02.2017 | 04:46

Antonio Liñán y Verdugo es un escritor de nuestro Siglo de Oro del que casi nada sabemos, aunque diversos investigadores hayan ofrecido algunas noticias con mayor o menor fortuna. Sí ha llegado hasta nosotros una obra en prosa -Guía y avisos de forasteros que vienen a la Corte (1620)- texto curioso y muy entretenido de leer, pues se trata de las advertencias que Liñán ofrece, en forma de cuentos, "donde se enseña a huir de los peligros que hay en la vida de la Corte; y debajo de novelas morales y ejemplares escarmientos se les avisa y advierte de cómo acudirán a sus negocios cuerdamente". Liñán hace en sus relatos un retrato de los que "desde provincias" llegan a la Corte para solucionar sus problemas, unos relatos, por otra parte, que nos resultan familiares, pues nos recuerdan las historias que corrían por la España de posguerra y aún después, con los engaños de timadores habituales en la capital y que darán lugar, entre otras manifestaciones, a la famosa película La ciudad no es para mí, basada en una obra de teatro escrita por Fernando Ángel Lozano y que no era otro que el catedrático, primero en Salamanca y luego en Madrid, Fernando Lázaro Carreter.

La obra de Liñán se estructura a partir de la llegada a Madrid de un caballero granadino, al cual otros dos viviendo en la Corte y que había conocido en Granada le advierten de los peligros que en ella puede fácilmente encontrar. Con relatos de hechos supuestamente sucedidos a otros forasteros, estos caballeros nos harán una extraordinaria panorámica de los peligros de la ciudad, entre ellos los corrales de comedias, las "casas de conversación" y otros garitos abundantes en la capital, los carteristas, las casas de prostitución y las prostitutas en las calles, las viudas fingidas, los fulleros? Incluso, entre tanto estafador y ladrón, Liñán advierte también de no pocos alguaciles, corchetes, escribanos y procuradores, que pretenden sacar tajada de las situaciones de emergencia y que habitualmente viven de los que a pleitear o a otros menesteres llegan a la Corte. La Guía es, entre otras cosas, el testimonio de un Madrid nada dorado en un Siglo llamado de Oro.

La novela y escarmiento sexto tiene como protagonista a uno de esos hombres que a Madrid llega desde Zamora. El relato es buen testimonio de los que antes y después de éste ofrece la Guía:

"Llegó a Madrid un labrador de tierra de Zamora en prosecución de un pleito, el conocimiento de cuya causa tocaba al Consejo real de Hacienda. Era hombre no de mucho dinero, veníase por sus pasos contados y traía los procesos que no eran pequeños, en unas alforjas que también venían sobre los hombros. Al entrar que entró por la puerta de Segovia, llegarónsele dos hombres vestidos de negro y preguntáronle que qué papeles eran aquellos, a que respondió que eran unos procesos en razón de un pleito que se había causado en su lugar, sobre el arrendamiento de las alcabalas reales, y que se había de presentar ante uno de los secretarios del real Consejo de Hacienda de su majestad, y que por ser él persona a quien tocaba por haber hecho fianzas de la seguridad de los papeles se le habían entregado y venía en la prosecución del pleito a Madrid.

-¿Habéis venido a esta Corte?, le preguntó uno.

-No señor –respondió el Labrador- ni aún ahora quisiera venir, que no soy muy amigo de pleitos.

-Bien se os echa de ver –respondió el que se lo había preguntado- pues habiendo mandado poner su majestad tan rigurosas penas para los que vinieren a pleitos a esta Corte y no se registraren en el Mequetrefe, os entrábades sin hacer caso de quebrantar esta nueva pragmática y ley, por lo cual, además de haber incurrido en doce mil maravedís para la Cámara, habréis de estar treinta días preso.

Y con esto hicieron muestras de quererle llevar asido. El pobre labrador comenzó a temblar y a hincárseles de rodillas y a decir que por amor de Dios se doliesen de él, que había cuatro días que caminaba a pie, cargado de aquellos procesos y que por no llegar el dinero, que traía para dar al solicitador, al procurador y a los demás, no había comido en todo el camino sino pan y uvas y unas bellotas que había cogido de unas encinas del monte; que él no había oído decir aquel oficio de mequetrefe jamás, ni sabía de tal registro, que si hubiera venido a su noticia que al llegar a la puerta registrara los procesos y advirtiera al señor Mequetrefe o a sus oficiales para que se escribiera en el registro el pleito a que venía; que ya el yerro era hecho, que se mirasen que se podía reparar de modo que él no entrase en la cárcel, y advirtiesen que él no había pecado de malicia sino de ignorancia: que se hubiesen piadosamente con él, que él lo quería servir.

Confirieron entre los dos que en esto se podía hacer buenamente; y el uno de los dos hacía muchas piernas, mostrándose muy enojado, a quien el otro parecía rogar, pidiéndole se doliese de aquel pobre hombre, a que replicó el otro:

-¿No sabéis que si se sabe esto nos castigarán a nosotros? ¿Para qué se publican las premáticas nuevas con trompetas y atabales en la Corte y en las ciudades cabezas de reinos, sino para que venga a noticia de todos? Lo otro, si vos y yo, que estamos puestos por guardas de aquesta puerta por orden del señor Mequetrefe, no ejecutaremos a los ue se entraren sin registrar ni cumplimos con nuestros oficios fielmente, ni podemos llevar con buena conciencia el salario que se nos da por esta ocupación.

-Ahora yo os pido –dijo el que parecía mostrarse más piadoso- que pasemos y disimulemos con este labrador, que me parece hombre de bien y sencillo, y que en él no ha habido género de malicia ni desacato contra los mandamientos reales; antes, si él lo supiera, me persuado yo que se hubiera registrado, como obediente a las justicias de su Majestad, a ley de buen cristiano y buen vasallo.

-¡Jesús, señores! -dijo el Labrador-. Pondré yo no una vida, sino mil que tuviera, por no enojar a los monasterios de su merced del señor Rey.

- Ministros queréis decir –dijo el que hablaba con él.

-Ministros o monstruos –replicó el Labrador- . Perdónenme, que de tumbado no sé lo que me digo. Háganme a mí este servicio de que no me lleven a la cárcel, que yo les prometo de hacelles merced en que ganen muchos dineros con el aprovechamiento del registro del señor Mequetrefe, porque lo avisaré en toda mi tierra a cuantos pleiteantes vinieren, y todos registrarán sus pleitos o procesos; y miren, más valen dos en paz que ocho en guerra: ven aquí un real de a ocho como un hueso; dejénme ir con Dios, que El sabe lo que se pasó para trocallo de cuartos en plata.

Riyéronse mucho desto los que le tenían asido, llevarónle hacia una callejuela angosta, entráronle en el portal de una casa y allí le desvalijaron, y hallaron que en todo su poder no había sino ocho ducados; y después de muchos dares y tomares que hubo entre los tres, y que el Labrador, entendiendo que ya estaba en las manos del verdugo y en la horca, se remitió a todo lo que ellos quisiesen, por bien de paz, de los ocho ducados le llevaron los seis y le dejaron los dos: uno para que comieses y otro para que diese a buena al Solicitador del pleito.

Con esto le dejaron y él se fue derecho a casa del Solicitador, de quien traía nombre y una carta de Justicia y Regimiento de su pueblo, y hallándole en su casa, le entregó la carta y los procesos. Ofrecióse el Solicitador de hacer la diligencia, pidiole dineros para el Procurador y letrado, a que respondió el labrado, dándole una docena de reales:

-Señor, perdone su merced, que no doy ahora más porque no puedo más. Yo escribiré a mi casa y luego para que me envíen dineros, que bien proveído venía yo, sino que los mosntruos, o ministros, del Mequetrefe me cogieron en la puerta y me llevaron seis ducados porque no registré los procesos y no he tenido a poca dicha haber escapado de sus manos sin estar en la cárcel treinta días y pagar los doce mil maravedís, en que me parece están condenados los que no registraren sus procesos, parte para la Cámara y parte para el señor Mequetrefe.

-¿Qué diablos de mequetrefe ni qué registros –dijo el Solicitador- son los que decís? ¿Hermano, venís en vos? - Señor -volvió a responde el Labrador- la verdad es la que digo, seis ducados me han llevado para el señor Mequetrefe en la puerta de la puente de Segovia. Y prosiguiendo adelante le contó todo lo que le había sucedido con aquellos dos hombres.

-¿Conocereislos vos?- dijo el Solicitador.

-Sí, por cierto –le respondió el Labrador- porque como me llevaban mis seis ducados, se me iban los ojos tras ellos. Por amor de Dios, que se dé noticia de este oficio de mequetrefe y se sepa en todos los lugares, porque no habrá forastero que venga a pleito que no se entre sin registrar, e incurra en las penas y le cueste su hacienda a cada uno.

-Callad, que sois un necio –le respondió el Solicitador-, que no hay oficio de mequetrefe ni mequetrefa; esos serán algunos grandes ladrones vagamundos, que conociendo de vos que érades un asno, os echaron esa zancadilla contra vuestra bolsa y os estafaron a lo socarrón en esos seis escudos. Venid conmigo, que esa no es burla para que se pase en silencio.

Fuese con el Labrador, dióse parte a la justicia, anduvo el nuevo oficio del mequetrefe celebrado con mucha risa por los escritorios y entre los hombres de negocios, pero, aunque más diligencias se hicieron, los ladrones jamás pudieron ser habidos. El Labrador se quedó sin sus seis ducados y con el diablo del oficio del mequetrefe se comió en más de dos casas de conversación por algunos días, y aún se lo atribuyeron a algunos que decían que no les venía mal, aunque corriéndose de ello; porque no parase en mayor pesadumbre, se hubo de poner perpetuo silencio al nombre de mequetrefe.

- Ese Labrador –dijo don Diego- era demasiado mentecato, ni esos estafadores o ladrones se atrevieran a otro que a él.

-No tenéis que decir –dijo el Maestro-, que hombres de esta manara han hecho en esta Corte pesadísimas burlas a los forasteros de buen hábito y mejor entendimiento, por fiarse de ellos y hacerles creer que tenían reconocimiento y amistad con las personas de quien pendían, en cuyas manos estaban los buenos sucesos de sus pleitos o pretensiones, a cuya sombra y color les sacaron muchos ducados a los pobres negociantes y los pusieron en mayores peligros. Y por eso, no se ha de despreciar este aviso, antes es necesarísimo para escarmentar, que los que le sucedió a este pobre Labrador por este camino, puede suceder por otro diferente que se preciare de más agudo."

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