José Antonio Vázquez taín | Juez

"Me gané la consideración de los narcos porque supe respetar su parte humana"

"Con las aspiraciones de Finlandia, el dinero de los griegos y la picaresca de los italianos, el resultado para este país es un cóctel demasiado negativo"

05.02.2017 | 02:04
El magistrado gallego, durante la entrevista.

Reconoce que uno de los principales defectos del sistema judicial español es la lentitud y apuesta por dar a conocer la labor de los jueces "como servicio a la sociedad". El magistrado José Antonio Vázquez Taín, célebre por su lucha contra el narcotráfico y por estar al frente de juicios tan mediáticos como el del robo del códice calixtino y el asesinato de Asunta Basterra, compagina en la actualidad su labor en el Juzgado de lo Penal número 2 de La Coruña con su faceta como escritor, que le ayuda a "evadirse" del trabajo diario.

-Su último libro, "El mar sin fondo", se inspira en la sociedad española, ¿en qué sentido?

-Nos hemos olvidado de que somos la sociedad del lazarillo de Tormes, de la picaresca. Desde el siglo de Oro, el que no intentaba vivir del cuento, intentaba vivir a través de un sueldo público. La corrupción en este país es parte de nuestra idiosincrasia y ADN. Es imposible que el 25% de nuestra economía sea sumergida si no fuera porque la corrupción está generalizada. Una forma de calmar nuestra mentalidad es pensar que los políticos también roban y tratamos de focalizarlo en ellos, en los bancos y en cuatro estamentos más a los que generalmente es más fácil echar las culpas. Pero nos olvidamos de que todos estamos inmersos en una dinámica que creo que es errónea.

-¿A qué se refiere?

-Somos una sociedad muy moderna, que surgió de la nada hace solo 40 años. Pudimos haber diseñado un Estado distinto, unos estamentos y poderes diferentes y sin embargo, en vez de mirarnos en el espejo de Francia o Suiza, lo hicimos en el de Grecia, Italia. Con las aspiraciones de Finlandia, el dinero de los griegos y la picaresca de los italianos, nos da como resultado un cóctel demasiado negativo. Estamos donde nosotros nos hemos colocado.

-Fue en su etapa en Villagarcía de Arosa, en su época de lucha contra el narcotráfico, cuando su nombre comenzó a salir en los medios, ¿cómo encajó este salto a la vida pública?

-Todos los artículos de aquella época me recriminaban el que no hablara con la prensa y la verdad es que fueron seis años tan intensos que no había tiempo. Estaba viviendo en una burbuja, centrado solo en el trabajo. Fue tan absorbente que no era consciente de lo que estaba pasando a mi alrededor, ni siquiera me di cuenta de ningún riesgo.

-¿Es positivo que un juez se vuelva mediático?

-Para nada, pero no es negativo que el trabajo de un juez se vuelva mediático. Hay que distinguir cuando uno es conocido por su puesto o por su labor, que es algo muy distinto. Que el trabajo de un juez sea conocido debería ser lo normal, porque hacemos un servicio. Se busca siempre la discreción de los jueces, pero también se convierte en una forma de que la justicia siga siendo una desconocida. Y cuando es una desconocida, es muy fácil echarle la culpa de todos los males de la sociedad.

-Llegó a ser nombrado como "el Garzón gallego" por su intensa actividad contra el narcotráfico. ¿Usted ha pensado en meterse en política alguna vez, como lo hizo su compañero?

-Veo la política como un servicio. No es algo negativo, al contrario de lo que mucha gente piensa. Pero ojalá todos los que se metieran en política hubieran demostrado antes su capacidad en una profesión anterior. No lo he descartado ni me lo he planteado, porque como ahora sigo tan metido en mi trabajo y en escribir libros, nunca se me ha dado la oportunidad. Me exigiría un esfuerzo que ahora mismo no podría realizar.

-Después del narcotráfico llegaron otros asuntos, como el robo del códice calixtino o el asesinato de Asunta Basterra. ¿Es fácil ser imparcial con estos casos tan mediáticos?

-Hay dos pilares básicos en el trabajo de un juez. Uno es el saber escuchar, ser consciente de que, como mucho, sabemos un poco de derecho y del resto no tenemos ni idea. Así que hay que saber escuchar para aprender de aquellos que sí saben de sociología, medicina o ciencia. El segundo pilar para ejercer su trabajo es una máxima que aprendí en La Coruña, que dice "odia al delito y compadece al delincuente".

-¿Lo ha puesto en práctica?

-En mi etapa de juez en Villagarcía ya tendía a respetar la parte humana de todos los narcos y eso fue una cosa que me hizo ganarme su respeto. Todos entendían que, aunque fuera duro para meterlos en prisión, siempre les respetaba y saber tratarlos me hizo que nunca llegara a sentir rechazo por ninguno de ellos.

-¿Supo lidiar con estos dos juicios?

-Creo que tanto el del códice calixtino como el de Asunta me llegaron en un momento profesional muy acertado. Estaba lo suficientemente maduro como para que, en el primero, donde teníamos una presión mediática enorme, porque se nos acusaba de no hacer nada cuando nosotros lo que estábamos era trabajando sobre todo por salvar el libro, aunque se nos escapara el delincuente, me resultaron bastante indiferentes las críticas.

-¿El de Asunta Basterra fue más delicado?

-La presión mediática era algo a lo que ya me había acostumbrado. Fueron tres años donde los platós de televisión se instalaron literalmente a las puertas del juzgado y uno aprende a convivir con ello.

-¿La virtud de la imparcialidad en este tipo de casos es más complicada tenerla con un jurado popular?

-El problema de los jurados es que, teniendo en cuenta que a los que estamos todos los días en justicia alguna vez se nos engaña, aquellos que deben manejarse en un ámbito que no es el suyo y moverse en ese escenario impone. Te distrae y no te manejas con la seriedad que necesitarías. Luego está la capacidad que tienen en estos momentos los medios de comunicación para contaminar toda una investigación, a veces incluso afirmando cosas que no están en el sumario. Así que conseguir que el jurado se aísle y olvide todo lo que leyó y se centre única y exclusivamente en lo que va a escuchar en esas sesiones es la tarea principal del juez y es en lo que nos centramos, sobre todo en asuntos tan mediáticos. Es recordarles que todo lo que ha salido publicado puede ser mentira y que se atengan a lo que van a escuchar. Esos aspectos negativos son los que están llevando un poco lejos lo de la democracia a todos los estamentos. Quizá tengamos que exigir más profesionalidad a los jueces y respetar más. No todo el mundo puede hacer periodismo o justicia, del mismo modo que no todo el mundo puede hacer medicina.

-¿No comparte la utilidad de los jurados populares?

-España es un país al que le gusta mucho mirar en otras instituciones e importar figuras que como son extranjeras, como decía Gila, ya son buenas. El jurado popular en Estados Unidos está muy justificado porque vienen de los linchamientos públicos y es una forma de decirles que les quitan esa capacidad de linchar gente, pero les dan la posibilidad de que los juzguen de una forma más ordenada. Es una evolución ordenada de la democracia. Pero nosotros, que tenemos una justicia tan enraizada, porque en este país se ha juzgado hasta a nobles y reyes en la Edad Media, tenemos que pensar en un enfoque más humano y no imitar a otros países, que tienen su propia historia.

-¿Qué caso le habría gustado instruir?

-Todos los que tienen que ver con la corrupción, por la sencilla razón de que creo que uno de los peores defectos que ha habido en todos ellos es la lentitud. Una justicia que no es ágil no sirve de nada.

-¿A qué se debe esta dilación en el tiempo?

-Nuestro sistema judicial adolece de un defecto de lentitud por una serie de vicios que son heredados y difíciles de erradicar. En primer lugar, los medios no son los adecuados, pero además cuando nos metemos en comisiones rogatorias a otros países, en informes técnicos para jueces que lo único que saben de los bancos es cómo se paga la hipoteca y del resto no tienen ni idea, tenemos que confiar ciegamente en los técnicos especializados. Además, suelen tardar mucho en hacer un informe, luego se pide información complementaria y todo eso nos lleva a meses y meses y cuando te has dado cuenta te has metido en varios años.

-¿Hay una solución plausible para esto?

-Creo que la forma de agilizarlo es cambiar totalmente el sistema de instrucción. Esos informes se pueden conseguir en pocos meses y exigir además a la parte contraria que tenga un tiempo determinado también para realizar el contrainforme. Así el juicio se iniciaría antes.

-¿Este retraso ayuda a la visión negativa de la justicia?

-En materia de corrupción hay dos tipos, la económica y la política. En la segunda nosotros somos no solo los encargados de detectarla, sino de eliminar a ese político corrupto del poder. Lo malo es que en este país, cuando llegamos a juicio, ya están jubilados. Pocas veces juzgamos a un político en activo y esa labor aséptica de quitar el elemento contaminado del entramado político nunca la utilizamos, solo la labor de ejemplarizar y decirles lo que puede pasar a los que están ejerciendo si siguen por ese camino. El porcentaje que juzgamos es tan pequeño que la mayor parte de la gente corrupta sigue pasando que merece la pena. Hay narcos y violadores porque confían en que no les pillan. La lentitud nos impide ser eficaces.

-Recientemente, una mujer española ha presentado en la Audiencia Nacional una querella contra el gobierno sirio por un delito de terrorismo contra la población civil durante las revueltas de la Primavera Árabe en 2011. ¿Qué opina de la justicia universal?

-Es muy doloroso, pero el mundo está lleno de gente que clama justicia y aunque no nos demos cuenta, porque vivimos en un país muy pacífico, mientras que en la mayoría de los territorios no se vive tan bien ni son tan pacíficos como este, hay mucha gente que solo quiere aunque sea un gesto simbólico. Nuestras sentencias se convierten en este caso particular en una especie de paño de lágrimas, porque realmente no van a tener una reparación, puesto que lo que necesitan es que alguien les diga que tienen razón.

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