Patochín, la niña que quería una estrella

Ribadelago: Lo que arrastraron las aguas

El horror, la perplejidad, el desconcierto, la pérdida y la muerte, hicieron de nosotros unos seres desorientados y perdidos.

17.09.2016 | 03:39
Una niña, entre las ruinas de Ribadelago.
Una niña, entre las ruinas de Ribadelago.

"Hay cosas que son para llevarlas a cuestas uno solo y callárselas a los demás. A la gente no se le puede decir todo lo que nos pasa porque no nos sabrían entender". (C. J. Cela. La familia de Pascual Duarte)

La tragedia no solo destruyó el pueblo y se llevó más de un tercio de sus habitantes, ganado, tierras, caminos y puentes, pisajes de sublime belleza y ecosistemas irrecuperables; también acabó en unos minutos con una cultura ancestral y cortó de cuajo unas costumbres, una forma de vida secular y una sabiduría profunda. Si bien es cierto que en los años sesenta comenzó en todo el país un cambio que se manifestaría sobre todo en una migración masiva a las ciudades, en el despoblamiento y abandono del campo, y en una transformación de la sociedad española que acabaría con esos valores en las zonas rurales, en nuestro entorno esto ocurrió de repente. El cambio se produjo en una noche.

El horror, la perplejidad, el desconcierto, la pérdida y la muerte, hicieron de nosotros unos seres desorientados y perdidos. Una gruesa línea negra atravesó nuestra vida y marcó para siempre un antes y un después de 1959.

Con la resignación que caracteriza a las personas olvidadas y acostumbradas a la lucha por la vida, nos agarramos a los despojos como a un clavo ardiendo y tuvimos que aprender a vivir de nuevo. Los jóvenes se marcharon y muchos de los mayores también. Los que quedamos afrontamos una vida difícil, con menos tierras, poco ganado, peores condiciones, en viviendas inapropiadas, y sobre todo con el desgarro de la muerte de tantos seres queridos. Sin fuerza, sin ilusión, sin asimilar lo ocurrido, con rabia y pena, en silencio, con más individualismo. Cesaron las celebraciones, las reuniones, las tertulias en la calle, la espera bulliciosa del ganado, los cantos en los montes, en la siega y en las majas, los bailes, las fiestas. Se fueron los puentes y los caminos, se alejaron los vecinos y los barrios, se rompió el equilibrio entre el paisaje y el paisanaje, entre la arquitectura y el medio, entre la vivienda y las vivencias. Se quebró violenta y bruscamente la línea de la vida entre el antes y el después de aquella noche negra. En medio, un abismo.

Aparte del éxodo, se produjo un desfile hacia la muerte de hombres que habían trabajado en las obras y habían sobrevivido, pero que enfermos de silicosis, poco a poco fueron desapareciendo, víctimas de aquel progreso engañoso que nos había roto la vida a todos.

Nosotros también acabamos quedándonos solos con mi madre; mi padre había muerto en el año 55, nuestros hijos tuvieron que irse, como todos. En realidad todo entró en una larga agonía. El pueblo como tal ya había muerto. Luego fue otra cosa. Se mantuvo el nombre, solo en parte, ahora era de Franco, todo lo demás desapareció o cambió. Solo permanecen el Lago, aunque más oscuro, y las montañas, alguna destrozada. Las estrellas siguen brillando en nuestro cielo, pero parecen más tristes.

Fuimos sobreviviendo y poco a poco tuvimos que mentalizarnos para ir dejando el trabajo. Nos íbamos haciendo mayores y las condiciones eran muy hostiles. A finales de los años sesenta la enfermedad agazapada, se manifestó. En un reconocimiento en Puerta de Hierro de Madrid, a mi marido le diagnosticaron silicosis en segundo grado. Fue uno de los últimos en ser diagnosticado y desde ese momento sabíamos que su salud iría en declive. Para mí fue un mazazo. Aún pensaba que a lo mejor él, que no había trabajado dentro de los túneles, se podría librar. Pues no. Tardó un poco más pero cayó también.

Yo no quería deshacerme de los bienes, del poco ganado que nos quedaba; los seguimos atendiendo algunos años más con mucha dificultad. Lo peor era caminar varias veces al día desde el pueblo nuevo, donde teníamos la vivienda, al pueblo viejo donde teníamos la hacienda. Sobre todo en invierno, con frío, con nieve, lluvia y viento helado de la cercana sierra. Nos habían hecho un pueblo nuevo bonito pero sin condiciones para nuestra forma de vida, no había cuadras y no se podía tener ganado allí. Todo blanco, todo igual y muy frío. Aparece como un lugar fantasmal en medio del paisaje sanabrés del Lago y las montañas. Se aprovechó un diseño anterior hecho para un pueblo andaluz.

Sí había que deshacerse de lo que nos quedaba; él necesitaba más cuidados y yo no podía con todo. Pensaba en todo esto mientras luchaba con la ventisca por el camino de la Retuerta y muchas veces no podía evitar un llanto amargo y silencioso.

«¡Maldito sea quien tanto daño nos ha causado!»

En el invierno del 73 mi marido empeoró y decidimos que había llegado el momento de decir adiós definitivamente a una vida que se iba. Me costaba mucho despedirme definitivamente de los últimos animales, las vacas, que habían compartido el trabajo conmigo y a las que había cuidado con tanto esmero y cariño. Siempre estuve orgullosa de ellas, lustrosas y fuertes.

Recordé tantas anécdotas, trabajos y satisfacciones de estos animales indispensables hasta entonces para la vida en el lugar: el carro volcado, la poderosa fuerza de la Gallarda, la escapada de la Marquesa para su antigua casa de San Ciprián, la ceguera de la Guinda, el día de la gran nevada en la sierra y tantas otras que eran parte de mi vida. Pero las condiciones en que aquella desgracia nos había colocado, y la pésima situación y estructura de las nuevas viviendas hacían imposible seguir con los animales.

El agua nos arrastró a todos a una situación y a un lugar nuevo incómodo, de enajenación y malestar constante; el trauma se manifestó en un malhumor y pena que se instaló en lo profundo de nuestro vivir. Fue una especie de desdoblamiento: en nuestra mente teníamos un entorno, unos seres, unos lugares y unas costumbres y en la realidad nos movíamos en un estado desconocido y despojado de aquellos seres, costumbres, vivencias y de la persona que habíamos sido y que nos empeñábamos en seguir siendo, sin conseguirlo.

Las aguas también se llevaron por delante la empresa; Moncabril se «hundió» después de la tragedia. Leandro Puente, aquel joven que comenzó su vida laboral en las mediciones para el comienzo de las obras y la terminó en la central de Moncabril pero con otra empresa, analiza así la evolución y las causas de este hundimiento:

«Moncabril perdió toda credibilidad, fue fusionada y absorbida varias veces y desapareció. Los que vimos nacer Moncabril jamás pensamos que esto pudiera ocurrir, sentíamos la empresa como nuestra. Había sido nominada por el Instituto Nacional de Industria como empresa ejemplar, por el trato a los trabajadores y por su correcto funcionamiento. Pero cuando ocurrió la terrible catástrofe cambió todo, su carácter y su modo de ser. A nosotros mismos nos ponía cantidad de problemas cuando reclamábamos algo, aunque fuera con toda la razón» . (…) «Todos aquellos hombres, aquellos técnicos con brillantes carreras, capaces de detectar cualquier anomalía o fallo, fueron incapaces de vigilar la mala construcción, manteniéndose al margen de su responsabilidad, mientras aquellos encargados o capataces sin escrúpulos hicieron un auténtico atropello en el trabajo acogiéndose al lema “cuantos más metros construidos más pesetas ganadas” sin tener en cuenta la verdad del refrán “Mucho y bien, no hay quien”.

Por todo ello culpo a todos aquellos que tenían la obligación de vigilar la obra y no supieron o no quisieron poner freno a aquella infamia, comenzando por el encargado general que una vez le dieron la categoría se olvidó completamente de la responsabilidad que conllevaba. Culpo a aquellos que contrataron a las brigadas de gallegos, salmantinos y sanabreses, para construir una presa de contrafuertes a destajo sin la menor vigilancia y aquellos contrafuertes eran la contención de ocho millones de metros cúbicos de agua que pesaban sobre ellos, sin tener en cuenta que debajo, a poca distancia había un pueblo indefenso, y con la seguridad de que a ellos no le iba a pasar nada, no le iba a llegar el agua, no eran del pueblo. A muchos hombres que trabajaron allí no le gustaba aquello, pero les amenazaban y les decían “Usted siga para delante y calle”.

Un duro de aquella época era el sustento de la familia, no se podía perder. Un hombre de San Martín se enfrentó un día con el capataz y el encargado y les dijo: “Está bien esa terminación de la presa con su bonito aliviadero y mucha estética, pero no está construida para soportar los ocho millones de metros cúbicos”. Lo amenazaron con el despido y tuvo que callar. Aquellas filtraciones que veníamos observando diariamente y que controlábamos enviando los datos a las oficinas de Moncabril, eran conocidas por todos los que tuvieron que ver con las mismas y supieron en todo momento su evolución.

Como testigo citado para declarar en el juicio, que había estado los últimos días de diciembre en la presa, dije lo mismo: que aquellas filtraciones en vez de disminuir seguían aumentando. Nadie hacía nada. Moncabril, como a todos los jóvenes de mi generación que quisieron, me dio la posibilidad de mejorar, me dio formación, pude escalar a mejores puestos hasta situarme en la central, mi sueño, donde pasé la mayor parte de mi vida; teníamos derechos, nos trataron bien pero a punto estuve de morir en la tragedia que ocasionó y que se llevó a 144 personas. De no haber hecho un día antes el cambio a una casa que me acababa de adjudicar la empresa, los muertos hubiéramos sido 149; pero tuve una corazonada. Aquella anterior desapareció por completo. Quedamos atemorizados por los hechos. Nada volvió a ser igual.

En el año 1975, a consecuencia de una tormenta, un rayó quemó casi todo el aperillaje, quemó todo el sistema acústico, dejó sin señalización todo el sistema, el fuego llegó hasta los transformadores del parque y quedamos sin corriente bastante tiempo. En otra ocasión un error humano causó la misma avería, el operario de servicio, enseñando a un aprendiz, sacó el seccionador del grupo que estaba en marcha en lugar del seccionador del grupo que estaba parado. Luego fue absorbida definitivamente y desapareció».

No es posible explicar todo lo que se llevaron las aguas de la tragedia. Nadie nos podría entender. Por eso callamos y mantenemos en nuestra memoria, único territorio por donde podemos transitar, tantos recuerdos y tantos lugares que sólo viven ahí, en la memoria de los supervivientes. Pero tampoco queremos que se olvide.


(*) Relato incluido en el libro Patochín, la niña que quería una estrella.

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