Patochín, la niña que quería una estrella

Aparece Moncabril: camino hacia la tragedia (II)

¡Qué pena que el miedo nunca se ausentara de la vida cotidiana, porque la muerte siempre estaba presente!

10.09.2016 | 01:56
Uno de los cadáveres rescatados tras la tragedia de Ribadelago.
Uno de los cadáveres rescatados tras la tragedia de Ribadelago.

(Lee aquí la primera parte)

La población aumentó mucho en Ribadelago. Las personas que venían de lejos necesitaban instalarse en el pueblo, así que se alquilaron todas las casas y habitaciones disponibles, se acomodaron construcciones que habían permanecido vacías, y todo lo que pudiera dar cobijo a una familia o a un obrero, se ocupó. Era un bullicio de personas por doquier. La vida en general, era intensa y alegre; había salido de su rutina y el pueblo tenía una serie de servicios que nunca había disfrutado: médico y cura en el pueblo, economato donde comprar, botiquín y consulta, alguna tienda y a veces hasta churrería. En la cantina de Martín se hizo un salón de baile donde se divertía la juventud del pueblo, de las obras y de los pueblos vecinos. Los niños tuvieron regalos de Reyes por primera vez, que se pagaban con una rifa que se hacía en la empresa cada año. Hubo incluso cine algún día, pocos. A los hombres les daban una pequeña cesta por Navidad y en el año 1954 tuvimos ya luz eléctrica producida por el agua de nuestras lagunas y ríos.

Los sábados, el Poblado era un hormiguero de hombres cogiendo los camiones que los llevaban a sus casas en los pueblos cercanos y que el lunes muy temprano los volvían a traer al mismo lugar desde donde emprenderían andando el camino de la sierra para distribuirse por los distintos frentes de trabajo.

¡Qué pena que el miedo nunca se ausentara de la vida cotidiana, porque los accidentes eran demasiado frecuentes y la muerte estaba siempre presente! ¿A quién le tocará en el próximo accidente? —nos preguntábamos—. ¡Qué pena que todo fuera un espejismo, una década trepidante de sueños rotos con final tan trágico!

Quizá el trabajo más duro fuera el de los barreneros. Durante horas horadaban el durísimo granito y preparaban la dinamita para que al estallar en cada agujero rompiera la montaña por dentro y arrancara la piedra que sus compañeros arrastrarían luego al exterior en carretillos o vagonetas. Una o dos veces al día durante esos años la voz de un hombre, potente y turbadora, anunciaba los barrenos ¡fuego! ¡fuego! ¡fuego! Se oía en el pueblo, en el monte, en el Lago y alrededores. Era el aviso para que todos se pusieran a salvo si estaban en el área de alcance. Unos minutos después comenzaban las explosiones, 13 o 14, atronadoras y amenazantes. Cuando acababan se daba otra señal, el peligro había pasado, hasta unas horas o un día después. Más de una vez un barreno se retrasaba o se adelantaba y causaba una tragedia. Muchos obreros murieron en accidentes o quedaron lisiados en los diez años que duraron las obras, y muchísimos murieron después por la silicosis contraída en ellas.

El lenguaje triunfalista utilizado en aquellos años no se corresponde con la realidad. En el número 3 del Boletín de la empresa, Lago de Sanabria, de febrero de 1954, el médico, Manuel Pérez Llorente, escribe:

«A todos los productores de la Empresa Moncabril, S. A. que trabajan en el Salto de Ribadelago.

Hace pocos días se ha llevado a cabo un examen radiológico de todos vosotros, dirigido por el competentísimo Dr. D. Hipólito Gutiérrez, tisiólogo de Zamora. El objetivo era descubrir posibles enfermos de silicosis. Pues bien, el resultado no ha podido ser más favorable, ya que de cuatrocientos obreros, aproximadamente, reconocidos, no ha habido más que un productor con silicosis en primer grado, haciendo constar que el citado obrero ya padecía de silicosis incipiente antes de trabajar en el Salto de Ribadelago… Como veis el balance es asombroso, que rebasa todo optimismo imaginable, y máxime si tenemos en cuenta que un tanto por ciento bastante elevado de vosotros lleváis más de cinco años trabajando en el túnel… Después de este balance tan estupendo, vaya, en primer lugar, mi felicitación a la empresa Hidroeléctrica MONCABRIL, cuyos resultados dicen mucho en su favor. Y a los productores del Salto de Ribadelago más cordial enhorabuena por gozar de una salud tan estupenda y estar dotados de unos pulmones envidiables, que unido a una resistencia física inigualable para soportar temperaturas extremas, hace que integréis uno de los mejores o tal vez el mejor equipo de España, que es decir del mundo entero».

Esos «pulmones envidiables» perdieron en seguida su lozanía y los «saludables productores» comenzaron a morir en el año 1958, antes de terminar las obras. El primero, Obdulio, tenía unos veintiocho años. Los otros, hasta completar una larguísima lista, fueron muriendo hasta de la década de los ochenta. Dada la evolución que la enfermedad tenía y su duración hasta la muerte, en aquel momento y después de cinco años, la mayoría de los «productores» tenían ya sus pulmones heridos.

Precisamente ese mismo año 1954 fue cuando el cineasta Eduardo Ducay recibió el encargo de realizar un documental en las obras de Moncabril para asombrar al mundo del proyecto que se estaba llevando a cabo en Ribadelago. La experiencia de Ducay, Juan J. Baena y Carlos Saura, fue impactante, se encontraron con unos hombres ajados por la desnutrición y el trabajo intenso que realizaban en unas condiciones penosas. Nunca hubo tal documental, porque el soporte se estropeó en gran parte y lo que se salvó no se aprovechó, no era precisamente lo que «ellos» querían ver. Ducay había hecho un documental realista-social. Nunca salió a la luz.

Nos quedó de aquella experiencia el guion, unas estupendas y muy valiosas fotografías de Saura y el diario de Ducay de aquel viaje a Sanabria unos meses antes para localizar y reconocer la zona, tan deprimida que nada tenía que ver con la riqueza que prometían aquellas obras. Gracias a los hermanos Heptener de Zamora, hijos del gran fotógrafo de aquellos años, pudimos ver parte de estas fotografías y conocer la existencia de este documento, durante los días de la conmemoración del 50 aniversario de la tragedia del 59.

Avanzaban en su construcción los túneles y las presas, Cárdena, Playa, Puente Porto, Garandones, Vega de Conde y Vega de Tera, terminada en el año 56 e inaugurada por Franco ese año. Tiempo récord para tan inmenso proyecto. Pero la presa estaba enferma.

Durante todo el proceso de las obras, los hombres habían alternado el trabajo en la sierra con el trabajo fuerte de casa. Los días que libraban hacían la leña en el monte, segaban la hierba, cortaban las maderas, ataban y ayudaban a recoger el centeno y hacían la maja. Fueron unos héroes que bien merecen el reconocimiento de todos.

A medida que se fueron acabando las presas de nuestra sierra los obreros volvieron a su tierra o se desplazaron hacia la cercana Galicia, donde ya se estaban ejecutando nuevos proyectos en las cuencas del Bibey y otros ríos.

Lo que ocurrió a continuación apagó el protagonismo de aquellos años intensos cargados de vivencias muy interesantes e hizo que los recuerdos sean todos amargos porque desembocó en la muerte y la catarsis.

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