Confidencias en el Scriptorium (XVIII)

Los monasterios y la repoblación del Duero

Las comunidades están formadas por astures, gallegos y leoneses, a las que, más tarde se unirán hermanos procedentes de Al Ándalus, la mayoría monjes

03.09.2016 | 01:40
Los monasterios y la repoblación del Duero

«A veces, no basta la exactitud de los códices para desentrañar el pasado, y ocasiones hay en las que sin copistas, o a fala de archiveros que custodien las actas levantadas de cuanto en su momento aconteciera, se hace difícil dar forma a la Historia. Así, el monasterio de San Salvador de Tábara. Según "La Biblia Gótica Legionense" de Juan Diácono, este cenobio, del que solo se conservan la iglesia y su torre, llegó a congregar a seiscientos servidores de Dios de ambos sexos. Nada más se sabe de él. Si acaso, que estaba muy cerca de otro levantado en lugar alto y ameno junto al río Esla, posiblemente en el término de la actual Moreruela, con otros doscientos monjes. A falta de hallazgos arqueológicos que permitan hilvanar un discurso más sólido, habrá que recurrir a la imaginación para suponer la historia de estos dos asentamientos fundados por Froilán y Atilano, a instancias del rey Alfonso, en la Tierra Vieja de Tábara. Trataba el monarca de articular bajo la regia disciplina un territorio que habría de ser clave en la consolidación de la ciudad de Zamora como el principal baluarte de la monarquía asturleonesa en torno al Duero».

Los monasterios de la primera repoblación de las tierras del Duero suelen levantarse aprovechando una edificación anterior que, posteriormente, se amplía en función de las necesidades conventuales. Sus comunidades están formadas por astures, gallegos y leoneses, a las que, más tarde, se unirán hermanos procedentes de al-Ándalus, monjes en su mayoría, que a pesar del contacto con la comunidad muslímica nunca renunciaron a sus creencias.

Desde el primer momento, se habían opuesto a cualquier tipo de convivencia con los invasores y, con el tiempo, los excesivos tributos y las constantes vejaciones los radicalizaron, de modo que llegaron a esa «tierra de nadie» huyendo de la presión califal. Finaliza el siglo IX y en el proceso evolutivo del monaquismo comienza una etapa nueva. El monasterio estaba a punto de convertirse, además de centro espiritual, en motor económico del lugar en el que se asentaba. Todas sus instalaciones seguirían teniendo, como siempre había sido, un lugar común de oración pero a partir de ese momento también establos y granero.

A la obligación de velar por la salvación de las almas se unía, ahora, la de generar riqueza en unas tierras esquilmadas. Con ellos aparecieron las explotaciones agrícolas y ganaderas y muy pronto se convertirían en medios eficaces para la repoblación. Rezar, sí, para mayor gloria de Dios Nuestro Señor Jesucristo, pero también trabajar codo a codo con los lugareños bajo la disciplina del señor abad. Algunos debieron ser importantes núcleos económicos. Así, el monasterio de San Salvador de Tábara. Solo se conserva su iglesia, pero sabemosque llegó a albergar a seiscientos monjes y que de su scriptorium salieron algunos de los más bellos códices de la Alta Edad Media europea por lo que es fácil imaginar la magnitud de su infraestructura.

Además de las dependencias propias del convento, estaría obligado a disponer de servicios tales como molino, panera, hornos, bodega, cuadras, caballerizas, fragua, pocilgas y dispensario o botica, amén de viviendas para la servidumbre, posiblemente casa de novicios y, tal vez, un espacio reservado para los peregrinos. Una comunidad tan amplia obligaba a edificaciones adicionales y, aunque su relación no deja de ser mera especulación, las instalaciones conventuales, cualesquiera que fuesen, debían suponer una economía privilegiada y un esfuerzo de organización que muy pocos cenobios podían afrontar.

Durante un tiempo, los monacatos hispanos cumplieron su función. Sin embargo, la diversidad de sus comunidades los exponía a multitud de desviacionismos por lo que no tardaron en convertirse en blanco de la Iglesia romana en la que soplaban aires de renovación. En el año mil setenta y uno se celebra en la península la primera misa según el rito romano. La oficia el cardenal Hugo Cándido, embajador del papa cluniacense Alejandro II, en San Juan de la Peña y supone una reforma unificadora. Se trataba de erradicar el rito de una Iglesia tachada de cismática por Roma: la visigótico-hispana. Era el fin. Nueve años más tarde, el concilio de Burgos declara abolida la liturgia mozárabe y los monasterios en los que se practicaba fueron reformados.

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