Confesiones en el Scriptorium (XVII)

De la transformación de un joven ambicioso y seductor

Abenamir ascendió a la política tras la muerte de Al-Hakam II, eliminando a cuantos le hacían sombra; a su paso, en el Monasterio de San Salvador, solo quedó desolación

22.08.2016 | 01:00
De la transformación de un joven ambicioso y seductor

«A pesar de los agoreros, el cielo no cayó sobre la tierra en el año mil. Pese a las hambrunas, la peste o los movimientos heréticos , pero, sobre todo, pese a Almanzor, los negros presagios no se cumplieron y el mundo no se plegó. Al contrario. Después de cincuenta y seis campañas victoriosas, el gran general fue derrotado. Su desaparición no sólo supuso el declive de la dinastía omeya, también un cambio en la concepción del Estado. No en vano, su ascenso al poder en al- Ándalus fue el germen de los reinos de taifas, precursores, a su vez, de las ciudades- estado renacentistas. Si él y sus hijos gobernaban en nombre del califa por qué no podían hacerlo otros, debieron preguntarse algunos. Comenzaba un nuevo milenio y el suelo ibérico estaba a punto de quedar aprisionado entre dos ideologías enfrentadas. Las ansias renovadoras de Cluny por el norte y la intolerancia de las hordas almorávides por el sur».


Ha muerto al-Hakam II y su viuda asume la regencia en tanto que el heredero cumple mayoría de edad. En un primer momento los visires nada hacen sin su consentimiento, nada los alfaquíes que ella no ordene previamente, sin embargo, pocos apuestan por ella.

Corre el año 976 y la actividad política en al- Ándalus es frenética. El ejército rechaza que el califato dependa más de la entrepierna de una concubina que del valor de sus soldados, además, está la presión que ejercen los poderosos núcleos administrativos y económicos cordobeses.

Mientras, el ascenso en la política andalusí de un hombre cuya descripción física coincide con la del usurpador que, según los vaticinios, habría de derrocar a los omeyas es imparable. Se trata de un joven eficiente y austero, Mahomat Abenamir, que ha entrado en la corte como administrador de los bienes del heredero. Domina, como nadie, las artes de la seducción e intriga y, desde el primer momento, se propone sustituir al príncipe de los creyentes, a Hisham, el hijo del rey muerto.

Su pretensión es una traición al Islam. La deslealtad a los omeyas es una violación de las leyes de sus mayores pero a él no le importa. Tomada la decisión, nadie le detendrá y día habrá que el insensato que se atreva a intentarlo colgará en la muralla para pasto de aves.

Ahora, ostenta el cargo de visir y con él en palacio nadie está a salvo. Peligra, incluso, la continuidad del califato. El mal que, según el "Apocalipsis", había de acaecer al final del primer milenio parecía tener más sentido para al- Ándalus que para los creyentes a quienes el Libro de las Revelaciones iba destinado.

En su vertiginoso ascenso hacia la cúspide, Mahomat Abenamir se hace con el control de las tropas y elimina a cuantos le hacen sombra. Solo falta Subh, la viuda del califa muerto. Es entonces que se convierte en asiduo visitante de los aposentos de la regente y, una vez conseguido el favor de la dama, la posterga y asume sus funciones.

Así, entre intimidades de alcoba y conspiraciones palatinas, aquel joven que había accedido a la corte por su excelente caligrafía y seductoras formas acabaría convertido, ¡quién lo hubiera dicho de él, tan austero y delicado!, en el Anticristo que anunciara Juan.

Durante casi dos décadas fue una pesadilla para los cristianos. Hombres acuchillados, mujeres forzadas, ciudades derruidas, alquerías en llamas. Era como si una plaga bíblica hubiese caído con su presencia sobre la Frontera Media, también sobre la Tierra Vieja de Tábara. Sólo desolación, tras él, en el monasterio de San Salvador.

Fundado por Froilán un siglo antes, contaba con un scriptorium del que salieron algunos de los más bellos códices de la Alta Edad Media europea. Después de su paso nada quedó de aquel esplendor, ni el más mínimo vestigio. Tan sólo campos yermos y una zona sin memoria y despoblada.

Su osadía alcanzó, incluso, a Compostela, la ciudad soñada por una Europa peregrina que fantaseaba, ya, con catedrales. A falta de dos años para el final del milenio, el caudillo musulmán arrancó de su emplazamiento las campanas del templo de Santiago y las trasladó a la mezquita mayor de Córdoba. Allí, privadas de su tañido, las invirtió sobre varios trípodes y las llenó de aceite para que diesen testimonio del colosal poder de Almanzor, así se le conocía, en forma de luminarias.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

GUÍA DE VINOS DE ZAMORA

Descubre los mejores productos enológicos de la provincia

Foto

Consulta tus temas de interés

Temas

Ahora podrás consultar todas las noticias de tu equipo, de tus personajes favoritos, de las series de moda... de un vistazo a través de los tags

Enlaces recomendados: Premios Cine