Confidencias en el Scriptorium (XVI)

El califa y la vascona

Muerto Hakam II le sucede su hijo Hisham, de 10 años. En las noches posteriores al fallecimiento nadie está a salvo en palacio

14.08.2016 | 01:38
El califa y la vascona

En el año 961, muerto Abderrahmán III, es proclamado califa su hijo Al- Hakam II. Ambos representan la época dorada del califato cordobés. Respecto al segundo, existe la leyenda de que su empeño por mantener la línea sucesoria estaba acompañado de una clara afición a los efebos cortesanos. Lo demás, según parece, no importaba. Su absoluto desdén por la política y los asuntos de Estado se traducía en la dejación de funciones y en la obligación, por tanto, de delegar. Con él comenzaba una nueva fase, la dictadura de los validos, que habría de ser decisivaen el devenir de las cosas porque en esa necesaria delegación de poderes se estaba gestando el final del califato andalusí. En el año 976 muere Al- Hakam y le sucede con diez años su hijo Hisham. Un niño califa que, recluido en Medina Zahara y siempre bajo el control férreo de Almanzor, se vio obligado a una existencia irrelevante y anodina, indigna del príncipe de los creyentes al que, por su nacimiento, estaba destinado.

Muerto el califa al- Hakam II, le sucede su hijo Hisham. Tiene 10 años y en las noches posteriores al fallecimiento nadie está a salvo en palacio. Corre el año 976. Tiempos duros para el califato. Subh, Aurora en las crónicas cristianas, es una joven inteligente que canta con voz dulce y recita poesías. Ha llegado a la corte cordobesa procedente del norte de la península y pronto el viejo califa la convierte en su esclava favorita.

Desde el primer encuentro la colma de atenciones y, con el tiempo, pone a su nombre alquerías y riquezas. No en vano, aquella vascona sabía iluminar, como nadie en el harén, el cuerpo del otoñal monarca. Habiéndole dado un hijo, la convierte en primera dama de la ciudad y, en el colmo de la dicha, le regala una pequeña urna de marfil primorosamente labrada por orfebres cordobeses. Era conocida como el Bote de Zamora y, mucho más tarde, el delicado cofre sería considerado como una pieza maestra del arte hispano-musulmán.

Todo le parecía insuficiente al anciano para agasajar a la mujer que más amaba. El primogénito murió al poco de nacer pero la concubina volvió a quedar preñada y parió a Hisham. Ahora, recién muerto el rey, la vascona se proclama regente y queda convertida en la primera mujer que alcanza el poder califal en al-Ándalus. Una situación que ni en el mejor de los sueños hubiera podido imaginar, sin embargo, la situación no es fácil. Las intrigas son frecuentes y las revueltas una amenaza.

Cuentan que en la primera noche del nuevo califato fueron ajusticiados quienes aspiraban al trono reservado al niño heredero. Todo con tal de no tener un Omeya adulto en una corte dominada por generales conspiradores. Uno de ellos, Almanzor. Siendo un muchacho, Subh lo había llevado a palacio como administrador de sus propiedades. Se llamaba, entonces, Mahomat Abenamir y de su mano, años más tarde, Córdoba alcanzaría un esplendor jamás conocido.

Era ambicioso, inteligente y sagaz. Pronto se convirtió en visir y, según insinúan las crónicas, en asiduo visitante de los aposentos de la viuda del califa. Su hombría, dicen, vendría a consolar la soledad de aquella generosa mujer que, siguiendo la moda impuesta por Bagdag, no había tenido reparo en vestir ropajes masculinos y adoptar modales de efebo para deleite del rey muerto. Después de haberla utilizado, Mahomat la aisló por completo y pretextando protegerla la recluye junto al infante en un Alcázar que circunvaló con un foso. Día y noche su guardia personal vigilaba las cuatro puertas con la orden expresa de impedir el paso a quien lo intentase. Nadie podía traspasarlas, ni cristiano ni musulmán, ya fuese mercader, buhonero, hechicero o legislador. Ni siquiera acercarse a ellas, absolutamente nadie, so pena de ejecución. Y así fue como aquel hombre que había entrado en palacio por sus exquisitos modales y buena caligrafía acabó asumiendo el control del califato.

Cuentan que, a la muerte de Subh, el ya todopoderoso Almanzor caminaba descalzo junto al féretro profiriendo grandes sollozos y que, llegado al Alcázar, depositó en su tumba una limosna de cientos de miles de dinares para que toda Córdoba fuese testigo de «su inmenso dolor».

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