Confidencias en el Scriptorium (V)

Córdoba, la Frontera Media y los templos mozárabes

Durante los primeros tiempos del islamismo se asientan grupos de eremitas en las sierras andaluzas

14.05.2016 | 01:39
Córdoba, la Frontera Media y los templos mozárabes

«Tras años de convivencia con los invasores, los mozárabes acabaron haciendo suyas ciertas particularidades arquitectónicas islámicas. Así fue como surgieron en la Frontera Media monasterios con formas orientales, normalmente instalados sobre un hábitat anterior y, siempre, en torno a una iglesia. La mayoría minúsculos y pobres. Solo algunos, de los cientos que había, gozaban de situación desahogada.Se trataba de fundaciones privadas, normalmente familiares, que duraban lo que tardaba en extinguirse el fervor de
sus fundadores. Monjes y monjas conviviendo bajo el mismo techo. Una situación, a medias entre el eremitismo y la vida comunitaria, que no estaba regulada por las autoridades eclesiásticas y cuyos logros materiales y culturales fueron, en gran parte, arrasados por Almanzor a finales del siglo X».

Durante los primeros tiempos del islamismo, un grupo de eremitas se integra en lugares de oración organizados de forma sencilla, casi familiar, en las sierras que circundan Córdoba.

No solo desprecian las costumbres relajadas y el modo de vida musulmán sino que rechazan cualquier tipo de contacto con el invasor. El aislamiento era su forma de distanciarse del Islam al que tachan de apocalíptico. De horrendo y aterrador.

La austeridad guiaba su conducta. Vivían en comunidad pero, tal como hicieran en los eremitorios recién abandonados, oraban en soledad. La comida era frugal. El ayuno, obligado y, aún cuando disfrutaban el mismo techo, hombres y mujeres dormían en claustros separados por altos muros de piedra cuyas puertas se cerraban al atardecer. Nada de placer carnal que pudiera entorpecer el encuentro con el Cristo triunfante anunciado en el Apocalipsis por el profeta Juan.

Los cenobios no eran otra cosa que sencillos lugares de recogimiento donde encontrar a Dios. Los propios monjes hicieron de canteros en su construcción y en ellos dejaron impresa su biografía. Otra hubiera sido la arquitectura, otros volúmenes y espacios, en un entorno diferente.

Años más tarde, las pequeñas iglesias que surgieron en la Frontera Media, entre los reinos astures y al-Ándalus, lo hicieron con el mismo espíritu monacal que había guiado al movimiento cordobés. Al igual que aquéllas, carecían de lujos o alardes arquitectónicos que distrajeran de la oración.

No había, en ellas, ninguna voluntad de impresionar a quien traspasase sus muros como era habitual en las edificaciones del norte en las que, siguiendo la moda que imponía Cluny, proliferaban mármoles y maderas nobles como expresión del poder de las abadías.

Aquí, en el llano mesetario, las construcciones surgen de forma natural. Son como prolongaciones del terreno sobre el que se asientan. Austeras. Ásperas y rudas, sin embargo, por alguna razón desconocida atraen desde el primer momento. Quizás sea la armonía de las formas, el sosiego, la penumbra o esa sensación, casi física, que da contemplar al tiempo detenido. No sé. Tal vez, su particular sensibilidad a la luz.

Y es que, los monjes mozárabes percibían el paso del tiempo por la luminosidad que se colaba a través de las pequeñas saeteras de los muros. Las alternancias entre rezos y trabajos se acompasaban según el rayo de luz que entraba de mañana por la ventana del ábside y, a lo largo del día, se iba desplazando a través de la nave central hasta su desaparición vespertina por la abertura del hastial. Cada una de las horas era calculada a partir de esa trayectoria.

Por las noches, la posición de las estrellas, el consumo del aceite de las lámparas o el número de salmos rezados por la comunidad eran las únicas referencias para controlar el tiempo.

Flotaba en los templos un profundo ascetismo monacal. Un misticismo común a todos los monasterios de los Campos Góticos, esa zona despoblada y convertida por Alfonso I, hacia mediados del siglo octavo, en «tierra de nadie». En fronteriza y guarida de alimañas.

Trataba el monarca, entonces, de proteger sus recién conquistados territorios de las incursiones moriscas y estaba situada entre los ríos Duero, Esla, Órbigo y Carrión. Entre el califato y los reinos cristianos.

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