El mecenas al que le dolía Zamora

Raúl Prieto detestaba la mezquindad y la mediocridad de las que acusaba a los gobernantes a menudo

06.05.2016 | 01:05
El mecenas al que le dolía Zamora

Pues he estado enfadado contigo", me espetó una vez antes de sentarse en el despacho. "Pues ni me había enterado, ¿y por qué?". "Porque te dije que era un poco pronto para poner que La Rosa de Oro cerraba". "Pero si hasta nos has puesto publicidad anunciándolo: cierre por liquidación, y lo hablamos". "No pensé que lo hicieras tan pronto -remachó-. No importa, ya se me ha pasado". Y a continuación, Raúl Prieto Cirac me puso delante un cuadernillo: "Mira", me dijo, al tiempo que en sus ojos adquirían ese brillo especial de cuando iba a dejarte con la boca abierta con su último descubrimiento. Empecé a leer aquella cuartilla conservada dentro de un cuaderno de tapas granate, perteneciente al libro de registro de la hospedería de Bouzas, en Ribadelago, y en el que se podía leer un manuscrito que comenzaba: "San Martín de Castañeda, espejo de soledades?" y, al final, la fecha y la firma de Miguel de Unamuno. "¡Es el original!", exclamé y él respondió con una carcajada.

Había llegado al periódico cargado con toda la documentación de su más reciente compra, la antigua hospedería de Bouzas donde Unamuno se alojó durante su estancia en Sanabria, la tierra de origen, también de Raúl Prieto Cirac y sus tres hermanos. Su pasión por el arte, por el patrimonio y por la historia era de todos conocido, fue mecenas incansable de artistas, coleccionista y donante de instituciones como la Filmoteca de Castilla y León. El carácter de este empresario destilaba pasión a raudales, era esa fuerza la que le hacía acometer empresas que parecían imposibles. No todas las llevó a cabo, algunas se quedaron por el camino, porque aquella obsesión se chocaba de bruces a menudo contra una realidad que no siempre era de su gusto. Vivió con la libertad que le permitía, como en la copla, ni deber ni pedir nada a nadie. Aunque eso casi nunca sale gratis en ciudades pequeñas y dadas al chismorreo, sobre todo en los círculos donde abunda la mezquindad y la mediocridad, dos atributos que siempre detestó y de los que acusaba con frecuencia a los responsables de las instituciones zamoranas.

Más que amar, que también, a Raúl Prieto Cirac Zamora le dolía, al estilo del dolor que supuraban Unamuno y los de su generación por una España que caía en picado ante la apatía de quienes tenían el deber de dirigirla y estimularla. Lo conocí en mil batallas, raramente en primera fila, pero alentando proyectos como la rehabilitación comercial de la plaza del Maestro Haedo, el impulso para que se mejorara urbanísticamente la plaza de Sagasta, de la que aborrecía aquel ciprés ya desaparecido, "Pero por Dios, ¿es que no tenemos escultores y obras que dignifiquen estos espacios en lugar de taparlos?", solía repetir. Recuerdo también una excursión que nos llevó por propiedades que pretendía entonces rehabilitar, desde la Casa de los Gigantes, al antiguo Café París, el Mirador de Horna, los Cinco Balcones, lo que quedaba del convento de San Juan? No todos los proyectos salieron adelante, pero Raúl siempre pensaba a lo grande, antes de ajustarse a lo que las circunstancias obligaban. Las últimas veces que nos encontramos era evidente su deterioro físico debido a la enfermedad. El corazón apenas le dejaba lo justo para seguir vigilando desde su atalaya de la esquina de Santa Clara con Viriato a su Zamora del alma, como la del poeta Claudio Rodríguez, de quien conservaba también originales dedicados. Me quedo con una de las últimas conversaciones mantenidas a la mesa de las descendientes de Ignacio Martínez, el anticuario zamorano famoso por el claustro de Palamós. Porque fue con él con quien Raúl aprendió a saber, distinguir y admirar hasta la obsesión la belleza del arte. También entonces reía, pícaro, recordando andanzas casi de chamarilero. A la búsqueda de tesoros como una puerta de establo que acabó siendo un Greco ennegrecido por el tiempo y la suciedad, cazado con la vista de águila de Martínez.

Ya sabrás a estas alturas, Raúl, si la belleza de la Capilla Sixtina es comparable con la del cielo. La tierra te sería leve, amigo, si no fuera porque siempre amaste más la piedra labrada. Buen viaje.

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