Confidencias en el scriptorium (III)

El miniaturista y la ramera de Babilonia

Mi único objetivo al ilustrar el beato ha sido alabar al único y verdadero Dios, señor de los cielos

30.04.2016 | 02:33
Un códice.

«El valor de los manuscritos medievales está en las miniaturas. En sus ilustraciones, más que en la escritura. Durante el siglo X, el polvo de oro mezclado con otras sustancias minerales era una técnica aplicada con poco éxito en la decoración de los pergaminos. Más tarde su uso se generaliza, pero Emeterius fue el primero en hacerlo con fortuna. Corre el año 975. Estamos en el monasterio de San Salvador de Tábara y el monje trabaja en la confección del llamado Beato de Gerona».

Ahora estoy con la ramera de Babilonia, acabando de colorearla. Está quedando a satisfacción pero me da reparo, la verdad. Nunca, en mi vida, he conocido puta sabida. Por eso me está costando tanto finalizar. Desde que la dibujé tentando a los hombres, no duermo. Rezo todas las noches mis oraciones antes de acostarme, sin embargo, es pensar en los labios abiertos de la babilona y venirme escalofríos.

La otra tarde, un monje me confesó avergonzado que siempre que imagina a la ramera se deja llevar por el pecado. Traté de hacerle entrar en razón explicando que no hay mujer en el pergamino. Que no es más que un dibujo, sin relieves ni bultos de fémina, pero tengo para mí que se fue sin demasiado convencimiento. ¡Es tanto lo que esconde!... ¡Tanta, su perfección!

Tendríais que verla. Sonriente y ataviada con rico atuendo a lomos de caballo bermejo. Las mejillas encendidas. El pelo alborotado bajo una toca dorada y con la copa de los placeres en la mano bajo el árbol de la eterna primavera.

Así es como he dibujado a la ramera de Babilonia. Yo. Emeterius. Humilde siervo de Dios y presbítero. En el monasterio de San Salvador de Tábara y recluido en su scriptorium. Próximo, ya, el año mil.

Cuando el señor abad me encargó iluminar el códice, no vi razón para negarme. Nunca pensé que la babilona pudiera llegar a ser motivo de pecado, sin embargo, he acabado rendido a sus encantos. De un tiempo acá no se me va de la cabeza el rubor de su cara y noches hay, Dios Nuestro Señor perdone mi desvarío, que siento en mi rostro su aliento y el dulce arco de su vientre, en la profundidad del sueño, junto a mi piel desnuda.

Yo sabía que la hembra era puta conocida y el animal bicha inmunda, pero nunca pretendí satisfacción con ello ni vanagloria personal, ¡líbreme, Dios, de desatinos! No en vano, he sido creado para gloriar al Creador y, que yo sepa, en este menester sobran aplausos.


Nada hay que elogiar en mi obra. Soy uno más. Como cualquiera de mis hermanos estoy de paso y cuando el beato esté concluido el mérito habrá sido de todos los que por aquí penaron. De quienes ahora conviven en el cenobio, hombres y mujeres, y de cuantos nos precedieron. Yo me he limitado a recoger su conocimiento, que a Nuestro Señor así le place, y plasmarlo en el pergamino. Nada hay, pues, de extraordinario.

Creedme si os digo que no he pretendido agradar a reyes ni obispos. Ni siquiera he buscado el reconocimiento del señor abad. Mi único objetivo al ilustrar el beato ha sido alabar al único y verdadero Dios, señor de cielos y tierra y creador de lo visible y lo invisible. Sí. «¡Laus Deo!». Esa era mi única pretensión cuando yo, Emeterius, humilde siervo de Dios y presbítero, acepté dar vida a la puta de Babilonia. Lo que nunca imaginé es que, con el tiempo, pudiera impedirme el sueño.

Claro, que no sé si es ella o el dragón pues pienso en el bicho y se me viene sofoco.

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