Pedro Luis Rodríguez Aliste | Misionero zamorano

"El papa quiere una Iglesia pobre y comprometida con los demás"

"Pondría a todos los sacerdotes que se ordenan una experiencia de misiones de dos o tres años, porque te cambia la vida y el futuro de tu pastoral"

21.03.2016 | 01:22
El misionero zamorano, en su pueblo natal, Fontanillas de Castro.

Convivir a diario con las penurias para ayudar a los demás es, probablemente, una de las tareas más importantes que puede desarrollar un ser humano y conforma un carácter y una visión de la existencia que choca con fuerza con las múltiples tonterías cotidianas que oprimen la vida acomodada. No obstante, el zamorano Pedro Luis Rodríguez Aliste, carmelita descalzo, no muestra impaciencia ante la ignorancia generalizada respecto al sufrimiento humano y explica en un tono sumamente conciliador sus experiencias.

-¿Cómo se toma la decisión de emprender el camino del misionero?

-Cuando era pequeño, aparte de ser monaguillo, no tenía tampoco muchas intenciones de ser sacerdote, pero en el Seminario fuimos viendo nuestro futuro y, con las visitas que teníamos de nuestros misioneros en Sucumbíos, en Ecuador, quedé enamorado de esa forma de ver la vida y quería darme por los pobres.

-¿Qué le enamoró de las misiones?

-La forma de Iglesia comprometida con los pobres, con los ministerios, donde llevan realmente el peso de toda la Iglesia. Es una iglesia de las periferias, como dice el papa Francisco. Me enamoró lo que él nos repite cada día. Él quiere una Iglesia pobre, para los pobres y comprometida en el servicio a los más necesitados y eso lo encontré allí. Es un lugar donde el sacerdote tiene que trabajar en el campo como los demás, vivir como ellos para ganarse el pan, como decía san Pablo, haciendo tiendas de campaña. Es una iglesia muy viva, donde no importa las horas que duran las celebraciones porque la gente las vive y las disfruta.

-¿Cuáles son sus planes cercanos en Ecuador?

-Vuelvo de Argentina, de Tucumán, a Guayaquil (Ecuador) para una experiencia que lleva varios años funcionando, que es la Casa de los Niños Santa Teresita. Allí, los niños que viven en la pobreza puede estar un poco protegidos, encontrar un lugar donde aprenden, estudian y se divierten.

-¿Cómo es un día habitual en Sucumbíos?

-Lo normal es levantarse muy temprano, oración, desayuno y salgo hacia las siete de la mañana a visitar comunidades perdidas dentro de la selva. Un grupo de personas se juntan para formar su escuelita, su capilla y lleva adelante su comunidad. Los sacerdotes vamos a visitarles, a acompañarles, a formarles y, sobre todo, a celebrar los sacramentos, que es lo que ellos necesitan y viven. Dentro de esas visitas nació la necesidad de que los niños, con la formación que reciben en esas escuelitas, con unos cuarenta alumnos, cada uno de un curso, y una profesora, ayudarles para que puedan llegar a la Universidad.

-¿Igualdad de oportunidades?

-Siempre hablamos de ese concepto dentro de la educación pero no la hay cuando un niño de esas comunidades nunca puede llegar a estudiar en una Universidad. Antes, le echan porque no está formado, no tiene base y no puede con unos estudios superiores, además de la distancia y la pobreza. Así surgió la necesidad de crear unos lugares donde se pudieran juntar por las tardes para recibir apoyo escolar y ayudar a los que estuvieran más retrasados, además de hacer talleres y cursos de pintura, manualidades, música, deporte? Eso es la Casa de los Niños.

-¿Cuál es la estructura del centro?

-Tenemos siete centros en Ecuador y un centro en Tucumán, donde estuve recientemente. En cada centro hay una persona que está con los niños y también tenemos un centro de día de adultos, que es otra cosa que hemos empezado hace unos años. Hay unas 40 personas a las que se les ofrece un desayuno, talleres, estar juntos toda la mañana y una comida antes de que se vayan a sus casas por la tarde. También empezamos este año con un comedor para 80 niños que salen de muy lejos a estudiar en los medios de transporte que tienen en sus comunidades y que, a veces, no comían a mediodía porque tienen la vuelta y no disponían de tiempo ni de dinero.

-A usted le tocará saber hacer de todo.

-Pues sí, aunque, sobre todo, la coordinación. Tenemos una fundación formada, con un consejo, y un grupo de personas de apoyo, incluidas las cuentas. Somos dieciséis personas trabajando y todos ayudamos a la hora de servir a los adultos la comida y de estar con los niños.

-¿Cómo se financian?

-Huy, eso es lo complicado, porque algunas personas deben tener una remuneración. Una persona no puede trabajar durante mucho tiempo sin cobrar nada porque necesita vivir. Tenemos voluntariado pero también algunos trabajadores. Después están los gastos de comida, entre otros muchos. Hay un grupo de apadrinamientos en una ciudad de Ecuador para el comedor de los niños y en España hay proyectos muy bonitos para ayudarnos desde allí. Son iniciativas muy bonitas que van en un doble sentido. Pensamos que ayudamos pero no nos damos cuenta de que somos nosotros los ayudados porque alguien nos ha ayudado a nosotros a ser solidarios y a calentar nuestro corazón y practicar la misericordia de la que habla el papa Francisco.

-¿Cree que la crisis en occidente nos ha enseñado algo?

-Quizá a pensar un poco más en los demás y que, a pesar de lo mal que estamos nunca debemos de dejar de ser solidarios con quienes lo pasan mucho peor. Me llamó mucho la atención que me preguntaran en Argentina por la crisis en España. La gente que vive en esa zona en la que hay una situación terrible, donde te juegas la vida casi para salir de casa y donde una ambulancia no entra a buscar a alguien que esté muy grave porque allí no entra ni siquiera la policía, me preguntaba por la situación española. "Pobrecitos. Escuchamos que están en crisis", me decían. Es cierto que estamos en crisis pero ¿qué es lo que vive esa gente? Crisis eterna y continua. Una crisis total de calidad de vida, donde no tienes ni lo más imprescindible para vivir, donde no puedes ni caminar por tu calle y sentarte en un jardín. Eso es realmente crisis.

-¿Qué consejo le daría a un cura recién ordenado que esté pensando en misiones?

-Que lo intente porque merece la pena. Pondría en todos los que se ordenan una experiencia de este tipo, aunque dure dos o tres años. Cambia toda tu vida y el futuro de tu pastoral porque te quita miedos, te abre nuevos horizontes y te enseña un tipo de iglesia muy parecida a lo que Jesús quiso de nosotros y a lo que hicieron las primeras comunidades cristianas. Que se anime y lo intente.

-A usted le ha tocado ver de todo. ¿Cualquiera tiene el temple suficiente para no derrumbarse?

-No lo sé. La verdad es que, a veces, hay situaciones que te arrugan el corazón al ver las necesidades y no poder hacer nada para solucionarlas. Ves desgracias que te duelen pero siempre, al final, puedes hacer algo, aunque sea decir una palabra o dar un abrazo. Nuestro trabajo es llevar también un poco de esperanza y, por ejemplo, en Tucumán, la gente es muy religiosa y le hace mucho bien ponerse en manos de Dios y eso lo hemos perdido aquí en parte. Ves a una mujer salir adelante y dar gracias a Dios cuando, delante de ella, prácticamente se ahorcó su hijo de 21 años y ella insiste en dar gracias al Señor a pesar de todo y no me ha hecho desesperarme. Las situaciones tremendas duelen y, a veces, te hunden en la miseria pero también ves que merece la pena ayudar a los demás.

-En situaciones tan difíciles, ¿funciona el "Quien a Dios tiene, nada le falta"?

-Sí. Lo dice nuestra fundadora, Santa Teresa de Jesús. Es cierto que "nada te turbe, nada te espante". Sólo Dios basta y también necesitamos la ayuda y la compañía de las personas. Recordemos que "Dios no tiene manos en este momento y necesita las tuyas".

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