Cantante y cantaora zamorana

Soledad Luna: "Si no he llegado a la cima es porque me negué a pasar por la cama"

"Llevo 34 años de carrera, siete discos y ahora preparo un trabajo de flamenco que voy a grabar este año en el Principal, mi vida es cantar, sentir"

07.01.2016 | 18:37
Soledad Luna en su última actuación en el Teatro Principal.

Cuenta y no para detalles de un mundo sombrío, con una trastienda que sonroja. Soledad Luna lo ha podido tener todo. Ser una estrella de colorines, reina de las revistas y doña (no dueña) de los bancos. Nunca, nunca quiso pasar por el aro de gerifaltes de compañías y discográficas sin escrúpulos, rijosos de la miseria y la necesidad. Siete discos de variedades, miles y miles de actuaciones, con una voz que hurga en lo más hondo, sube a las nieves en abril y bucea en lo más caliente del invierno. Cantar es para ella respirar. Sentir es vivir, llorar, reír, el agua del manantial eterno. Zamorana militante, ha vivido en Madrid, Sevilla, mil rincones. ¿Y ahora? En Santa Clara de Avedillo. Le gusta hacer el camino inverso, llevar la contraria al destino.

Ahora, gracias al guitarrista zamorano Luis González Puga, ha recuperado el poso del flamenco que quedó prendido abajo, en la niñez, su patria en el barrio de Cabañales. Prepara un trabajo enteramente de jondo que vera la luz este año, un volcarse en otra dimensión, ella, amante de la música, que muere con el violín, que vuela con el piano de "Para Elisa", da el salto con red, la de la profesionalidad. Mujer de las que hacen carne, nunca se olvida de su mentor, el vallisoletano Enrique Castro. Volverá pronto al Principal y allí, estoy seguro, se parará el mundo. Que el flamenco de ley es la mejor medicina contra el sin sentido de la vida. Que una piedra en un eje puede parar un tanque. Al menos un momento. Está tocada por el aliento del duende. Llora y ríe y ese sentir lo transmite a quien la escucha, como las irrepetibles.

-Hay mucha gente que se pregunta ¿por qué esta mujer (usted) con las facultades que tiene, con su presencia, no está en lo más alto de la copla, no es una famosa de revista?

-Me lo dicen también a mí. Y hay quien incluso añade su propia interpretación: "Claro, Soledad, no estás arriba porque no eres andaluza, no eres del sur. Una zamorana no puede ser la reina del cante". La explicación es más sencilla: nunca he querido tragar ni pasar por la cama de muchos aprovechados que creen que el cargo les autoriza a todo, hasta revivir el derecho de pernada.

-¿Tan miserable es el mundo del cante?

-Solo se ve el escaparate, pero hay una trastienda muy sombría, que da miedo. He vivido varias experiencias que son para salir corriendo, pero después está el público, eso es lo importante, notar como la gente disfruta con lo que haces, conseguir insuflar sentimientos, eso no lo puede hacer cualquiera. Eso es lo que ayuda a seguir.

-¿Usted ha vivido los tiempos gloriosos de la copla?

-Llegué a ser la marca Terry. La voz del vino fino. Ahí, en esa época, me cambiaron el nombre. Después quisieron hacer de mi un sucedáneo de la Pantoja, pero me negué. Nunca me ha gustado ser ni más ni menos que nadie, pero sí diferente, y eso hay gente a la que no le gusta.

-¿Ser zamorana tampoco le ha ayudado mucho, no?

-La voz no tiene carné de identidad. He vivido en muchos sitios. De Madrid al cielo pasando por Sevilla. He recorrido toda España. Y después de tantos años, de tantas vueltas, te das cuenta de que necesitas tranquilidad, volver a las cosas sencillas. Por eso ahora vivo en un pueblo pequeño donde sales por la mañana y todo el mundo te conoce, te preguntan cómo estás, se interesan por ti y tú por ellos. Esa cercanía es muy importante. Necesitamos a los demás, sentirnos queridos.

-Empezó muy joven. Tiempos difíciles aquellos para una niña en un mundo tan poliédrico, con tantas aristas.

-Tenía 24 años cuando decidí dedicarme al mundo de la canción. Empecé con el vallisoletano Enrique Castro, él me enseñó todo, las cosas más básicas, hasta utilizar el diafragma para cantar.

-¿Y quién le ha enseñado esa vis cómica que saca a relucir en los escenarios?

-Eso lo he ido descubriendo yo sola. Hace muchos años en Asturias tenía programadas varias actuaciones y tuve un problema en la voz porque, a veces, el aire del Norte me produce ciertas molestias, alergias. Entonces como me costaba más cantar, me puso a contar historias en el escenario, a la gente le gustó.

-La acusan, a veces, de ser demasiado atrevida?

-Depende del público. Busco siempre un punto de complicidad. Intento adaptarme a los espectadores. Por ejemplo, en mi última actuación en el Principal ahí demostré como soy.

-Desde luego nadie le puede decir que no controla las tablas.

-Sé que he nacido para las tablas. En 34 años se aprenden muchas cosas, hasta mímica. Todo es importante para que el espectador disfrute.

-En estos tiempos tan convulsos, ¿se puede vivir del cante?

-Sí. Yo vivo de él. Tengo muchas actuaciones. En agosto pasado creo que solo descansé tres días.

-Siete discos de copla, de variedades...

-Siempre he intentado hacer cosas diferentes. Mi primer disco, en el año 1983, fue de pasodobles. Nadie lo había hecho antes. Pasodobles cantados por mujer, era muy novedoso. Mi intención está clara: personalizar al máximo mis trabajos.

-¿Y ahora por qué le ha dado por volcarse en el flamenco, es como hacer el camino inverso?

-Siempre me ha gustado el flamenco. De hecho, cuando era pequeña me gustaba cantar fandangos de Pepe Pinto

-¿En su casa se escuchaba cante jondo?

-No. En mi casa nadie cantaba. Sí recuerdo a mi padre silbando, siempre silbaba (los ojos de Soledad Luna relucen y se hacen más transparentes). Yo bebí el flamenco en televisión, en la 2, aquel cante fácil de Bambino. Siempre he muerto por Marifé de Triana. Tuve una guitarra de tres cuerdas con la que entonaba sin parar el inmortal "que no la llaman Belén, Belén...". A mi madre, pobrecita, sí que le dije alguna vez que por qué no me parió en Andalucía, como a mi hermana.

-¿Tiene modelos en qué fijarse?

-Aparte de Marifé que es mi debilidad, me encanta Fosforito; los grandes maestros, incluido Camarón de la Isla, genios con un don especial, a los que gustaba la música en su conjunto.

-¿Cómo a usted?

-Sí, suenan los violines y te arrancan el alma. Suena el piano, por ejemplo el "Para Elisa" de Beethoven y te mueres, qué capacidad de transmitir sentimientos. Todo fluye y lo duro se hace líquido. De forma sencilla. Como a mi me gusta, sin gesticular...

-Y ahora un disco de flamenco...

-Es un reto personal impulsado por Luis González Puga. Con él estoy aprendiendo mucho. Será el 24 de septiembre en el Principal, cuando la luz se baje del caballo.

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