El acto heroico de dos zamoranos frente a la violencia de género: Los hechos

"Solo siento no haberla matado"

Ángel N., cartero jubilado de 87 años, acudió a dos establecimientos de Morales del Vino donde preguntó por cuchillos "para la matanza" en busca de un arma para asesinar a Rosalía

14.10.2015 | 10:07
"Solo siento no haberla matado"

"Le he puesto la cocina y ahora me echa de casa". El malestar de Ángel.N. era conocido por los vecinos de Morales del Vino. El antiguo cartero de Arcenillas, un hombre alto y fornido que no aparenta su edad, no desaprovechaba ocasión para airear sus problemas con Rosalía, de 76. El octogenario, ahora en la residencia del pueblo, no aceptaba haber perdido el control sobre su expareja -opinan personas cercanas-, una situación que se agravó cuando Rosa decidió cambiar el bombín de la cerradura de casa.

Hace mes y medio, Ángel N. acudió al supermercado situado a la entrada de Morales del Vino -donde era un cliente habitual en los diez años de vida del establecimiento- y preguntó si tenían "cuchillos para la matanza", conocida tradición de los pueblos zamoranos en los meses de invierno. "Aquí no tenemos cuchillos, Ángel", zanjó la encargada. Hace un par de semanas, el hombre repitió la operación, esta vez, en el otro comercio de la carretera de Zamora. Buscaba el arma con la que terminar con Rosa.

La mañana del pasado lunes, Ángel N. regresa al supermercado Día, adonde acude muchas veces "sin comprar nada". Algo ha cambiado en su aspecto. "Venía con un abrigo cerrado hasta arriba, algo extraño en él", explica el personal del establecimiento. Se coloca, agazapado, junto a las puertas automáticas, a la espera de que Rosalía -que acaba de regresar de Francia, donde ha pasado dos semanas con su hermana, de avanzada edad- acuda a hacer la compra. Es su rutina, esta vez seguramente para adquirir "chorizos", según había anunciado a las dependientas días antes.

Cuando el hombre ve llegar a Rosa, en torno a las once, abandona el dintel del edificio y sale a su encuentro. Primero se topa con la persona que la acompaña, la hermana de Rosa, afincada en Francia. La saluda con normalidad, le da dos besos, y se dirige hecho una furia a Rosalía, a quien empieza a increpar. "¡Déjame entrar en tu casa, devuélveme los muebles!", le exige a voces. Por detrás, a solo unos metros, aparece Tránsito Peña, quien toma rápidamente conciencia del estado del octogenario e intenta tranquilizarlo: "No discutáis en la calle, que a nadie interesan vuestros problemas", trata de apaciguarlo.

Pero no lo consigue. Ángel N. se abalanza sobre Rosalía -"¡Te voy a matar!", la amenaza- y comienza a tirarle de la bufanda que lleva al cuello con el objetivo de asfixiarla. Consciente de la gravedad de la situación, Tránsito trata de contener al agresor con sus brazos mientras grita: "¡Auxilio, socorro¡ ¡Llamad a la Guardia Civil!". En solo unos segundos, Ángel N. extrae un cuchillo del interior del abrigo con la mano izquierda, pues es zurdo, y asesta a Rosalía varias puñaladas en el cuello y el abdomen. La víctima se queda sin oxígeno y apenas puede respirar. Tránsito sabe que su amiga puede morir -"soltar el brazo es la muerte de Rosa", está convencida- y agarra con fuerza la muñeca de Ángel N. quien intenta apuñalarla también a ella, por fortuna, sin conseguirlo. El agresor insiste mientras Transi coloca su bolso en el cuello de la víctima. Esta vez, la correa de cuero, que acaba hecha trizas, amortigua la cuchillada. En el interior del supermercado se encuentra Antonio Campos. Mermado de salud y con muletas, el ex guardia civil había pedido a su amigo Agustín que lo acompañara para ayudarle con la compra. Al salir del establecimiento, Antonio percibe una escena inesperada: Transi pelea con Ángel N., provisto de un cuchillo, mientras Rosalía, herida, comienza a desvanecerse hasta caer boca abajo. "¡Llama a tus compañeros, Antonio!", le grita Transi al verlo, completamente desesperada. El exagente se acerca al agresor, toma una de sus muletas y le propina un fuerte golpe en el brazo para intentar quitarle el cuchillo, pero no lo consigue. Ángel se desentiende por unos instantes de Rosalía y propina a Antonio varias cuchilladas: las primeras son repelidas por la faja ortopédica que lleva al guardia civil, la última penetra en el costado y le alcanza el riñón.

Como consecuencia, Antonio comienza a sangrar abundantemente. Ayudado de la única muleta que le queda, se desliza hasta su coche -un Dacia Logan verde que había aparcado a la entrada- para intentar apoyarse. En el suelo, Tránsito descubre la herida que Rosalía sufre en el abdomen, que presiona con firmeza, mientras no para de pedir auxilio. Le coloca el bolso que minutos antes le ha salvado la vida al evitar una cuchillada en el cuello en la nuca para tratar de aliviarla. Ángel N. se retira unos metros y se apoya en la pared del edificio, cuchillo en mano, sin hacer un solo movimiento más, con absoluta frialdad.

Varias personas, entre ellas una sanitaria, intentan ayudar a los heridos hasta que, al cabo de unos minutos, aparecen los primeros coches de la Guardia Civil. "¡Tire el cuchillo!", gritan los agentes al octogenario. Lo repiten dos veces más, hasta que el anciano suelta el arma. Los guardias lo inmovilizan y le ponen las esposas para conducirlo, a continuación, a uno de los vehículos e introducirlo en él.

Enterado de lo ocurrido, José Hidalgo, responsable del Hogar del Jubilado, acude aprisa al supermercado y se encuentra a su amigo Antonio en el suelo. "¡Pero Antonio, qué te ha pasado!", le pregunta mientras se aproxima. "Dile a "Moja" -su amigo Mohamed- que coja el coche y lo quite de aquí", le responde, más preocupado por el vehículo que por su propio estado de salud. "No te preocupes ahora de eso, lo importante eres tú, ¿qué ha pasado?", le responde José. "Me ha pinchado este cabrón", al fin le responde.

Alrededor de la escena, comienzan a llegar los vecinos de Morales del Vino. Los heridos son evacuados al servicio de Urgencias, en la capital, para ser intervenidos de las heridas que finalmente superarán. Al tiempo, al agresor se lo llevan ya rumbo a la capital para cumplir el protocolo judicial. "Solo siento que no la he matado", no para de repetir ante los agentes que lo custodian.

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