Escaparates del comercio tradicional de Zamora que marcaron época

García Casado, el Bazar J, el Heraldo de Zamora o Almacenes Roncero, entre los establecimientos con más solera desaparecidos en la capital

04.10.2015 | 09:45

En la memoria de varias generaciones todavía perviven los nombres de los establecimientos que marcaron una época en la vida comercial zamorana, aunque la mayor parte de ellos cerraron sus puertas hace décadas. Eran comercios con identidad propia, desprendían un encanto especial y disfrutaron de un dorado esplendor anterior a la llegada de las grandes superficies. Un paseo por el casco antiguo todavía permite contemplar las fachadas y escaparates de estos iconos de referencia ya desaparecidos, ahora transformados en testigos mudos del pasado que han permanecido imperturbables a lo largo de los años.

García Casado, un buque insignia del comercio zamorano que hizo aguas

El imponente edificio de García Casado de la Plaza Sagasta se puede considerar uno de los primeros emblemas del comercio tradicional zamorano. Los almacenes, que también contaban con tiendas en la Plaza de Alemania y en Santa Clara, llegaron a contar con una plantilla de 18 trabajadores. La firma presentó suspensión de pagos en noviembre de 1996 tras haber adquirido unas deudas de más de 197 millones de pesetas y acabó cerrando sus puertas a mediados de 1997. La Sociedad Regular Colectiva García Casado Hermanos fue inscrita en el Registro Mercantil en febrero de 1943. Su sede principal estaba situada en el número 23 de la calle Santa Clara y estaba constituida por tres hermanos: Justo, Federico Sandalio y Jesús García Casado.

El negocio, especializado en compraventa de tejidos, sastrería y confecciones, fue creciendo hasta convertirse en uno de los más señeros de la ciudad. Las diferencias surgidas entre los descendientes de Jesús García Casado con el resto de la sociedad marcaron los últimos tiempos del negocio. De los años de esplendor se pasó a una época de mayor competencia en el sector. La empresa comenzó a resentirse en 1995, cuando optó por despedir a cinco de los 23 empleados que mantenía por aquel entonces. En la fecha en la que presenta suspensión de pagos, en noviembre de 1996, la dirección del comercio todavía mostró su intención de mantener abierto el negocio. Sin embargo, en diciembre, García Casado anuncia el despido colectivo de los 18 trabajadores que quedaban en la plantilla, a partir del 1 de febrero de 1997, cuando se rescinde el contrato a seis de ellos; a los que se suman otros 4 el 1 de marzo y los ocho que quedaban el 30 de abril, fecha en la que quedarían cerradas las tres tiendas.

El Bazar J, un antecedente de las grandes superficies

Otro de los nombres que, sin duda, vienen a la cabeza al pensar en comercios que marcaron un antes y un después en Zamora fue el Bazar J. Abre como una ampliación de la librería La Religiosa, un negocio con solera fundado por Jacinto González en torno al año 1900. La primera ubicación del Bazar J fue la calle Renova, aunque posteriormente se traslada a Santa Clara, San Torcuato y el Riego. Fue uno de los establecimientos más representativos de la capital y se le puede considerar un antecedente de los grandes almacenes tal y como se conocen en la actualidad.

Llegó a contar con una superficie de más de 1.000 metros cuadrados y una plantilla de 20 empleados para atender unas instalaciones punteras que abarcaban un amplio surtido de sectores. A sus ámbitos de actividad iniciales –la librería, papelería e imprenta– se va sumando un amplio abanico de productos dentro de un imparable proceso de ampliación que abarcan desde artículos de regalo, mercería, electrodomésticos, montajes eléctricos o textil, así como bicicletas, vajilla, carpintería o motos. «Se podía encontrar de todo y siempre estaba lleno de gente», asegura Luis González, nieto de Jacinto González y hoy al frente de la librería Religiosa, rebautizada desde 1993 como Semuret. «Al entrar sentías una sensación de grandiosidad porque solo las instalaciones eran una maravilla», rememora con nostalgia. A pesar de la buena marcha del negocio durante varias décadas, acaba cerrando sus puertas en 1994.

Sobre las causas de este declive, González no duda en apuntar a «la falta de adaptación al cambio». Según precisa, «los costes de los salarios y de producción fueron subiendo cada vez más y el negocio no supo ponerse al día». A ello se sumó la creciente apertura de grandes superficies, «que generaron una competencia brutal».

El Heraldo de Zamora, un periódico convertido en librería

Fundado a finales del siglo XIX, el Heraldo de Zamora es otro de los nombres que no pueden faltar en esta lista. No comienza su actividad como establecimiento comercial, sino como cabecera del desaparecido periódico del mismo nombre y también imprenta. El nieto del fundador, Arturo Calamita, hereda y transforma el negocio en librería y armería en un local de la calle Santa Clara. El establecimiento inicial tenía sólo una primera planta y se amplía con posterioridad a dos alturas, según recuerda Pilar González de la Iglesia, empleada de este emblemático establecimiento durante más de cuatro décadas.

El Heraldo de Zamora, que llegó a contar con una plantilla de más de 30 trabajadores, también consiguió convertirse en uno de los referentes comerciales de la capital «gracias al tesón y al espíritu incansable de Arturo Calamita, que era el primero que llegaba y el último que se iba», resalta González. Tras su muerte, el negocio quedó en manos de su mujer, Carmen Illán, aunque acabó cerrando sus puertas hace diez años, a mediados de 2005.

Almacenes Roncero


Almacenes Roncero ocuparon el espléndido edificio situado en el número 2 de la calle Santa Clara, diseñado por el arquitecto catalán Miguel Mathet. El inmueble fue construido en el primer tercio del siglo XX y su singular valor arquitectónico reside en las influencias modernistas de su fachada, donde destacan azulejos coloristas y decoración vegetal. Ha tenido varios usos comerciales a manos de tres familias: los García, los Pardo y los Roncero. Los antiguos almacenes abiertos por esta última saga contaron con una plantilla de 22 personas. Disponía de una amplia oferta de productos, sobre todo centrada en el mobiliario. Tras presentar un expediente de suspensión de pagos a principios de 1995 y realizar sucesivas regulaciones de empleo, acaba cerrando sus puertas y despidiendo a la totalidad de los trabajadores a principios de 1997. Una subasta adjudica la propiedad del inmueble a Caja Rural y Banesto y en la actualidad es la sede del Círculo de Zamora, en el primer piso, y de varios locales comerciales en la planta baja.

La lista de establecimientos emblemáticos desaparecidos es larga y también incluye nombres como Almacenes Emilio Prieto, que cerró sus puertas en la Plaza Sagasta en 2010 tras más de 135 años de atención a los clientes zamoranos. Sin olvidar el bazar Siro-Gay, ubicado en la céntrica Santa Clara hasta la década de los 80; o la mercería y corsetería Lucio Astudillo, en la calle Renova. A ellos se suman Almacenes Olmedo, dedicado a telas y confecciones en el pasaje de Olmedo de Santa Clara; Hijo de Avelino Prieto, en los soportales de la Plaza Mayor; y la emblemática ferretería El Candado, en la Puerta de la Feria.

Frente a los comercios tradicionales que no han sobrevivido al paso del tiempo, hay varios ejemplos de negocios centenarios que mantienen su actividad. Es el caso de El Redondel, el comercio más antiguo de Zamora cuya fundación se remonta a 1880. Toma su nombre de la galería circular elevada sobre el entresuelo que se conserva intacta en el local número 3 de la Plaza Mayor. Ambrosio Santiago, su titular, «fue un activo comerciante, previsor e innovador», según remarca la Cámara de Comercio en «Zamora, una espera secular», la publicación difundida con motivo de su centenario. El negocio cuenta con una segunda tienda en la avenida Tres Cruces desde 1992.

Varias dependientas, en la antigua tienda de El Redondel

Otro de los ejemplos de negocios centenarios que han llegado a nuestros días es La Madrileña, hoy en día especializada en la venta de bicicletas y útiles de puericultura. Sin embargo, este local abrió sus puertas en 1882 con una oferta de muebles rústicos, enseres domésticos y algunos útiles para las labores agrícolas que llamaban a una numerosa clientela procedente de pueblos cercanos a la capital para abastecerse de todo lo necesario para la casa y el trabajo en el campo, según la documentación facilitada por la Cámara de Comercio. La tienda, fundada por Lucio González Gómez, fue adquirida por traspaso por el dependiente José Vecilla Vadillo en 1913, surtió a una clientela popular y fiel de esas mercancías y otras de nueva aceptación durante tres generaciones.

Primera tienda de La Madrileña, abierta en 1882

Estos son sólo algunos ejemplos del comercio tradicional con mayúsculas que marcaron un antes y un después en Zamora.

Las Tres Tiendas, el último superviviente en sumarse a la lista

Icono comercial durante varias décadas, las Tres Tiendas ha sido el último establecimiento tradicional en anunciar su próximo cierre. No será inminente, sino que la tienda permanecerá abierta todavía unos meses, según aclara la actual propietaria, María Isabel Lozano, que encarna la tercera generación de este establecimiento comercial. Su abuelo, Joaquín Lorenzo, abrió la primera tienda en Zamora en 1909 tras varios años dedicado a la venta ambulante en pueblos del alfoz de Toro. Su primera ubicación fue en la actual calle Costanilla, hoy ocupada por la Sirena. En 1925, el establecimiento se traslada a su actual emplazamiento, en la esquina de la calle La Feria con la cuesta de San Bartolomé.

 «Se vendía de todo, hasta cerillas y lamparillas, y la gente venía de los pueblos a comprar», rememora Lozano, que sitúa sus recuerdos de infancia en este comercio que destila historia. «Cuando era pequeña venía a jugar con los dependientes, siempre estaba en la tienda», apunta con nostalgia. El establecimiento, ahora dedicado a confección de hombre, mercería y prendas infantiles, llegó a vender calzado, telas e incluso artículos de papelería y juguetería, «aunque poco a poco hemos ido reduciendo la oferta para especializarnos», explica Lozano, que lleva al frente del negocio los últimos 28 años.

En los años 60 se construye un edificio anexo que permite una segunda ampliación del negocio y a pesar de sufrir un descenso de ventas en la década de los 70 ha logrado sobrevivir hasta nuestros días. La próxima jubilación de la actual propietaria y la falta de relevo generacional son los principales motivos del cierre de este histórico comercio familiar, aunque Mabel Lozano admite que la competencia de las grandes superficies y la posterior crisis de ventas han repercutido en el negocio. «Llegamos a tener seis dependientes y vivíamos de la tienda hasta diez familias en los mejores tiempos, pero ahora todo ha cambiado mucho», sostiene la actual titular. Su hijo, Rafael Ángel García Lozano, apostilla que «mientras la gente compre en grandes superficies y a través de Internet no pueden quejarse de que sigan cerrando comercios».
 

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