Isabel Piñel Cortés | Psicóloga experta en asistencia a afectados en catástrofes y accidentes

"Nadie quiere tener el dolor en su vida, ni saber que la muerte está ahí y aceptarla"

"Cuando vivimos el fallecimiento de un ser querido siempre nos culpamos, porque necesitamos respuestas, tener todo controlado y perdemos el norte cuando algo se nos escapa"

18.08.2015 | 09:47
Isabel Piñel, psicóloga, en su despacho.

Su presencia resulta ya imprescindible cuando se producen muertes violentas en accidentes de tráfico o catástrofes, en situaciones dramáticas y desgarradoras. Los psicólogos que asisten a familiares de víctimas mortales o a los propios afectados desempeñan un papel esencial para ayudarles a aceptar la pérdida y la situación de desastre, para poder afrontar un duelo que les libere de culpa y les ayude a vivir el intenso dolor.

-¿Cómo reaccionan las familias en ese primer momento en el que les asisten para anunciarles la muerte de un ser querido de forma tan dramática?

-Somos unos profesionales más que llegan -como policía, forenses, bomberos-, pero para estar con ellos, para ayudarles, escucharles y apoyarles en todo lo que necesiten. En general, la ayuda es siempre bienvenida en esos momentos de desconcierto para los afectados por el suceso.

-En un parpadeo les cambia la vida. Un padre o una madre que de repente recibe la noticia de que sus hijos han muerto en un accidente de tráfico, ¿se sienten culpables?

-Siempre, sea el suceso que sea, los que quedan siempre sienten esa culpa y hay que hablar de ella porque son, lo que llamamos, ideas irracionales. ¡Claro que no tienes la culpa!, lo que ocurre es que estás buscando una explicación y no se trata de buscar culpables, no tiene la culpa ni el que venía de frente, ni tú que miraste para otro lado o al móvil..., ¿que discutiste el día anterior?, esas cosas suceden. Pero la culpa está ahí, "si no le hubiera dejado salir", "si no hubiéramos discutido?". Y hay que hablar de ello.

-Tras ese primer apoyo que reciben de ustedes, ¿es preciso una atención psicológica más prolongada?

-Si en esos primeros momentos simplemente son capaces de ver que hay una realidad distinta a la que ellos están elaborando ya, les servirá más adelante para decir "me estaba equivocando porque en ese momento buscaba una respuesta", "un por qué me ocurre esto a mí". A lo mejor no te escuchan en ese primer momento, pero queda ahí y lo procesarán. Mucha gente con esa primera actuación con una buena escucha, buen apoyo, buena orientación y el dejarles que sus emociones y sentimientos fluyan correctamente quizás no necesiten más apoyo, pasarán su duelo sin necesidad de más ayuda.

-¿Y los que no?

-Necesitarán elaborar su duelo, tener un lugar en el que poder hablar de la persona fallecida sin que nadie le diga "pero ya pasa a otra cosa, que ya hace quince días o un mes, tienes que dejar de llorar, tienes que salir?". Sí, hay que salir, pero también necesita llorar y donde pude es en la consulta de un psicólogo.

-¿Por qué tendemos a culparnos de lo que ha ocurrido?

-Necesitamos una respuesta porque necesitamos tener todo controlado, pensamos que lo tenemos controlado y cuando algo se escapa a ese control, perdemos el norte. La manera de recuperarlo es ver en qué fallo para no equivocarme en lo mismo. La medicina nos dice que el ser humano todo lo puede, pero la realidad es que las enfermedades siguen existiendo y los accidentes. Y la muerte forma parte de la vida.

-¿Es la consecuencia de vivir en una sociedad que ha desterrado a la muerte?

-Claro, cuando el nacimiento y la muerte estaban presentes en la vida de una forma más natural era más fácil, era algo conocido, ahora no. Los tanatorios se instalan lo más lejos posible para no pasar por delante, se intenta que la gente enferma muera en los hospitales, no en casa. Así es complicado ver la muerte como una fase más de la vida, con las posibilidades de despedida del ser querido. Nadie quiere tener el dolor en su vida, ni cerca, ni saber que la muerte está ahí, conocerla y aceptarla.

-¿Era más sano velar al muerto en casa, de cuerpo presente, como era tradición?

-Sí, los niños aprenden de sus mayores. Si ven a su madre llorar la pérdida del abuelo, entienden que tienen permiso para llorarle, que pueden estar tristes. Hay que ver esas reacciones como normales, ni esconderlas ni evitarlas. El dolor hay que pasarlo, hay que llorar, hay que echar de menos, tener ratos malos, rabia porque el abuelo ya no me va a llevar al parque. Deben tener un modelo para canalizar eso, sino pensarán que son culpables, que algo han hecho mal para que el abuelo ya no esté.

-¿Hay que hacerles partícipes de ese duelo?

-Deben conocer la verdad, pero no los detalles de lo ocurrido cuando es una muerte de este tipo. Los importante es que sepan que su ser querido ya no está, pero les quería, que le recordarán, que le seguirán queriendo, que el vínculo y el cariño siguen vivos. Hacerles partícipes no significa que tengan que ir al tanatorio, pero sí explicarles, porque existe un sentimiento de abandono, de tristeza, de no saber qué tienen que hacer.

-Los adultos recurrimos a frases hechas para consolar a quienes han sufrido la muerte de un familiar: "no llores más", "es la vida", "todo pasará"..., ¿nos equivocamos?

-Esas son respuestas vacías y estás diciendo de alguna manera "tengo que estar contigo, pero estoy muy incómodo viéndote llorar, no sé qué decirte, no sé cómo ayudarte, vamos a hablar de otra cosa". Hay que expresar todo lo contrario: "estoy aquí, no me importa que llores, estaré contigo e intentaré ayudarte para que esto lo vivas de la mejor manera posible, llora lo que necesites, habla de él o ella todo lo que necesites, cuéntame un millón de veces lo que estabas haciendo cuando te avisaron". Eso es una de las cosas que nosotros les pedimos que nos cuenten.

-¿Por qué?

-Los familiares se evaden de la situación sumergiéndose en esos pensamientos y sentimientos de culpa, diciéndose "qué va a pasar ahora", "qué haré con mi vida?". Esas preguntas de qué hacías cuando te avisaron, que pasó, a quién llamaste, etc., sirven para traerlos de nuevo a la realidad, de la que tratan de evadirse, y para ayudarles a identificar las emociones del primer momento, lo que sintieron y lo que estaba ocurriendo porque luego todo eso de desdibuja y se manipula mucho, es una reacción normal del organismo, de protección. Es un mecanismo de defensa frente al dolor.

-Se dice siempre "entró en shock traumático", ¿qué implica exactamente?

-Las reacciones físicas y emocionales de la persona son más extremas en ese momento. La ansiedad, el nerviosismo, la tristeza, sentimientos físicos de sudoración, la taquicardia, la ira, la rabia, pero sobre todo el embotamiento emocional, el quedarse que no recibe, no entiende, no responde, está bloqueado y es incapaz de comprender. El organismo es incapaz de atender a esa necesidad de reacción que existe. No sabe ni quién es, ni dónde está, ni que le han dicho.

-¿Son conscientes de la tragedia que se ha producido?

-Depende, pueden saberlo racionalmente, pero no estar procesándolo, estar en ese embotamiento, afectivamente planos hasta que van saliendo poco a poco.

-Los familiares y amigos, ¿cómo deben estar en esos momentos?

-A lo que necesiten los afectados porque son un apoyo imprescindible. La actitud no debe ser "si necesitas algo llámame", si no la de me presento en tu casa y te ayudo.

-Siempre surgen dudas sobre si acudir a dar el pésame, ¿qué aconseja usted?

-Sí, vete. Es desagradable, pero es tu amigo. Vete y escúchale, acompáñale de verdad, no para hablar de fútbol, sino de lo que necesite, de cómo se siente, de cómo era la persona, de si necesita que hagas algún papel, que vayas a buscar a alguien. No vayas para hablar de fútbol. En esos momentos gusta tener compañía porque se sabe que tienes ese apoyo y que la gente está ahí y te va a escuchar. Hay que estar para decirle, "si necesitas llorar, llora, que yo voy a estar aquí aunque para mí sea incómodo". Eso toca.

-Quien sufre una pérdida tiende a hablar de lo que ocurrió y cómo, ¿es inadecuado preguntar?

-Se habla de ello porque es una manera de aceptar la realidad y no es indiscreto que se le pregunte, salvo que en ese momento te diga que no quiere hablar de ello. Hay gente con la que te apetece y otra con la que no. Nosotros les decimos decide con quién, cuándo y cómo hablas, no estás obligado. Quien te quiera y venga a ayudarte sabrá comprender y respetarte. Son ellos los que deciden con quién compartir algo tan íntimo y doloroso.

-¿Y qué es lo que nunca hay que decir?

-A veces oyes a la gente que les dice, "fíjate, a mí la semana pasada se me murió?". No necesitan que tú les cuentes tu historia en ese momento, necesitan contarte la suya. "Tienes más hijos", pues sí, ya lo sabe, pero ha fallecido uno. Va a necesitar que vayas a buscarlo, no esperes a que te llame, estáte tú a su disposición.

-¿Por qué queremos esconder siempre el dolor?

-Porque es desagradable, las alegrías son más fáciles de compartir. Pero el dolor forma parte de la vida y hay que aprender a reconocer cuando no estamos bien, a gestionarlo, ocultarlo no es sano, pueden aparecer otras complicaciones. La depresión a veces son duelos mal resueltos. En ocasiones llegamos al lugar del suceso y nos dicen que la persona afectada está dormida, que estaba muy nerviosa y le han dado pastillas. Lo único que están haciendo es postergar ese dolor, cuando lo adecuado es sentirlo en ese momento.

-¿Por qué resulta imprescindible estar totalmente consciente en esos momentos tan difíciles de afrontar?

-Hay que sentir en el momento en el que ocurre porque, si te despiertas un día y medio después y ya ha pasado el funeral, no está la gente más cercana, si todo fue ayer ¿por qué lloras ahora, por qué tienes ira ahora?, no se entiende, está fuera de lugar. Además, te vas a sentir culpable porque no has estado, no has participado de la despedida. Lo normal es que esa persona esté nerviosa, irascible, que deambule, que incluso rompa cosas o dé un puñetazo. No pasa nada.

-¿Siempre hay que dejar que reconozcan los cadáveres?

-Siempre que lo pidan. Es una manera de afrontar la realidad: "ha muerto". Algunas personas lo niegan, es un mecanismo de defensa del organismo, pero sin aceptarlo no hay duelo.

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