Historia

Herejes en las calles de Zamora

El Archivo Histórico Nacional guarda decenas de documentos sobre los numerosos vecinos de la provincia enviados a Valladolid para ser procesados por la Inquisición

15.08.2015 | 01:16
La Inquisición, pintura de Goya.

Zamora no fue ajena al proceso del terror llevado a cabo por la Inquisición. Los juzgados, los purgados, por el instrumento más feroz de la Iglesia Católica eran recluidos en las cárceles reales de la ciudad y después trasladados a Valladolid donde se llevaba a cabo el correspondiente auto de fe ante el tribunal del Santo Oficio. Las torturas eran un mal menor ante la solución más temida de los inquisidores: la hoguera.

Desde hace trece años, el extremeño Fermín Mayorga bucea entre los documentos del Archivo Histórico Nacional, en Madrid, para satisfacer una curiosidad personal y llenar el "hueco" informativo que impide profundizar en uno de los capítulos más negros de nuestro pasado: "La Inquisición acabó con parte de nuestra cultura, porque España era una mezcla de religiones: cristianos, judíos y musulmanes". Entre cientos de documentos analizados, Mayorga -que se ha hecho popular en los medios de comunicación gracias a programas como Cuarto Milenio- ha encontrado numerosas referencias a ciudadanos de toda la provincia que sufrieron el yugo de los dominicos inquisidores entre los siglos XV y XVI: judaizantes, moriscos, sodomitas? y un apelativo para todos ellos: herejes.

La Santa Inquisición fue el instrumento que los Reyes Católicos pusieron en práctica para "quemar a miles de personas en todo el país, sobre todo a los judaizantes", explica Mayorga. Entre 1487 y 1526 tuvo lugar la etapa "más agresiva", comenta el estudioso extremeño. Los dominicos, los llamados "perros de Dios" perseguían "sobre todo a los judaizantes". Porque los seguidores de Moisés podían tomar dos caminos: abrazar la cruz cristiana y abandonar la Torá y, acaso, practicar su verdadera fe de forma discreta -los criptojudíos- o afrontar el riesgo de "convertir sus alcobas en sinagogas". El desafío tenía un precio: la hoguera.

Incluso después de recibir el bautismo cristiano, los judíos intentaban librar de tal humillación a sus hijos. Frotaban la frente de los pequeños hasta deshacer la señal de la cruz, el crisma. "De ahí viene la expresión "romperse la crisma"", aclara el televisivo Fermín Mayorga. Claro que en este caso, los jóvenes eran recluidos en casa hasta que la frente quedaba libre de cualquier herida sospechosa.

La cantidad de documentos analizados por Mayorga demuestra a las claras el volumen de judíos de la Zamora del siglo XV, cuando se promulga el decreto de expulsión. Pero había un territorio especialmente valorado por los seguidores de la fe mosaica: La Raya. "La frontera con Portugal era también una salida ante la persecución de los inquisidores. Muchos de ellos eran gente culta, procuradores, médicos, abogados? personas de un alto nivel económico que incluso llegaron a tener vivienda a los dos lados de la frontera", revela el pacense.

Cuando la Inquisición capturaba a su presa llegaba el momento de decidir el modo de tortura para "arrancar" la verdad, la confesión. "Uno de los instrumentos de tortura más comunes era el potro, que consistía en apretar las cuerdas en brazos y piernas hasta descoyuntar los huesos", desgrana Mayorga, quien añade que el torturador le decía al preso que debía "cantar la gallina", es decir, "contar la verdad".

Una de las razones que movió a este extremeño a profundizar en los procesos de la Inquisición radica en los "errores" sobre esta etapa histórica que se pueden encontrar en espacios divulgativos. "En la serie de televisión Isabel, aparece la tortura de la dama de hierro, pinchan al condenado y sale sangre. La Inquisición jamás vertió sangre, por eso rompían las extremidades de los reos y los quemaban en la hoguera, donde no había derramamiento", aclara.

Los temidos procesos inquisitoriales -sus prácticas forman parte del lenguaje actual cuando se denuncian usos poco democráticos- duraron "casi 350 años", aunque décadas después de ponerse en práctica mermaron su intensidad. "Los judaizantes eran conscientes de que les esperaba y, a medida que creció el miedo, descendieron los procesos", señala Mayorga. Fue la reina regente María Cristina quien, en 1834, ordenó a la Iglesia "descolgar de los templos los sambenitos y los cuadros de terror que hacían referencia a la Inquisición", gesto que ponía fin a una etapa negra en la historia del país.

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