Grupo poético Almena | En el centenario del nacimiento de Ignacio Sardá Martín

Poeta humano y divino

El carbajalino, mediante el amor, camina hacia el Uno del neoplatonismo que identifica con el Dios de los cristianos

17.07.2015 | 06:10
Poeta humano y divino

El sentimiento religioso, en el poeta Ignacio Sardá Martín, (1915-1979) cuyo primer centenario de su nacimiento celebramos este año, está presente, como difuminado, en toda su obra literaria, no solamente en los abundantes poemas específicamente religiosos.

Hombre honrado, libre y abierto a todo y a todos, profundamente religioso, militante en un catolicismo sincero, lejos del rígido y opresivo dogmatismo vaticanista. De honda vida interior, vivió el amor a Dios y a los hombres. Sardá Martín es un poeta del amor humano con profundas raíces filosófico-platónicas.

El amor humano a la amada va a ser trascendido a la esfera de la divinidad, pues este amor será camino e instrumento que le lleve a Dios.

Este poeta carbajalino parte del concepto de amor que Platón (427-347 a. C.) nos muestra en uno de sus mejores Diálogos que es "El Banquete". El Dios Eros está en estrecha relación con su filosofía. Para el filósofo ateniense de la Academia, el amor consiste en echar de menos lo que a uno le falta. El amante busca ante todo la belleza. El amor es amor de lo bello, y por lo bello llega a lo verdadero, a la verdad. Hay una estrecha y esencial comunidad entre la Belleza y la Verdad. Para este filósofo ateniense la Belleza es más visible que la Verdad, y por eso es la Belleza la que ha de conducirnos a la Verdad que es sinónima del Bien; por eso Platón, que busca la verdad, es ante todo un "amador".

De la contemplación de la belleza de un ser se eleva a la de los seres en general, luego a la de las almas, y por último a las Ideas mismas; y de ahí a la Idea universal de la Belleza que se identifica con la Idea universal de la Verdad y del Bien.

Es el camino que sigue el autor de "Sonetos de amor dolido", el cual hace equivalente la Idea de Belleza, Verdad y Bien con el Dios de los cristianos fundamentándose en la filosofía del neoplatonismo de Plotino (204-270). Según su pensamiento recogido por su discípulo Porfirio, en las "Eneadas", la Divinidad, el Uno , es la creadora de la emanación del "nous" o el alma, donde reside el amor. También Ignacio Sardá, mediante el amor, camina hacia el Uno del neoplatonismo plotiniano, que él identifica con el Dios de los cristianos.

Son varias las obras poéticas de este autor de tema religioso en las que, de una manera o de otra, canta el amor divino. Basta fijarnos en estos títulos: "Triunfos del Amor" (1960), "Pregón eucarístico mariano" (1960), "Cuerpo místico" (1960), "Idilio eucarístico" (1960), "La Virgen María, madre eucarística universal" (1960). Pero ahora vamos a fijar nuestra atención al poema premiado en el Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona en 1952, titulado: "La Eucaristía, Misterio de la Virgen". Primer Premio de poesía eucarística del mundo.

En este último poema ahonda en el amor divino, en los misterios teológicos de la Encarnación, de la Redención y de la Eucaristía, y siempre como mediadora indispensable, la Virgen María.

Ignacio Sardá Martín, filósofo, lingüista, poeta, profesor de humanidades, tenía también una profunda formación teológica. En este poema que nos ocupa, muestra, en impecables octavas reales, sus conocimientos de filosofía escolástica y apoyándose en estos fundamentos filosóficos de la Escolástica trata de acercar al lector a lo inexplicable, porque el misterio, según la etimología griega, es algo que está cerrado, es una verdad inaccesible a la razón y hace falta la fe para acercarse a lo que estos "misterios divinos" quieren decirnos.

Es un poeta místico, a su manera. Esto es lo que deducimos de la lectura de este poemario que ahora nos ocupa, donde queda plenamente comprobado que Sardá es un gran poeta, también del amor divino.

No es extraño que se sintiera atraído, en el plano religioso, por el misterio del dogma cristiano de la Santísima Trinidad, que, mediante la Encarnación del Verbo divino en la entrañas de la Virgen María, es la expresión máxima del amor por parte de Dios a sus hijos, los seres humanos. Y por medio de la Eucaristía, Dios se nos da como Pan y como Vino, alimento espiritual para la vida del alma. Vida de comunión amorosa con Dios Padre y con todos los hombres hermanados por el Hijo, Jesucristo.

Y siempre presente en este misterio de Amor, la Virgen María, corredentora, indispensable en el dogma de la Redención, pues en su seno tomó carne humana el Hijo de Dios.

La textura formal son excelentes octavas reales en que está escrito el poema, las cuales tienen la perfección clásica de los poetas del Siglo de Oro español. Con terminología teológica apropiada y acertadas imágenes clarificadoras de los contenidos ideológicos de los dogmas de la Redención y Eucaristía, que por caer en el plano del misterio son de difícil acceso comprensivo. Y nada tiene que ver la sintaxis a la que nos tiene acostumbrados en otros poemarios, con la que ahora se sirve para expresar los conceptos teológicos; utilizando aquí oraciones largas con ricas y precisas derivaciones hipotácticas. Lenguaje adecuado a la espesura y profundidad de pensamientos.

Es un canto del alma en éxtasis contemplativo al Amor divino en la Eucaristía. Inmersión con todas las potencias del alma en el dogma de la Trinidad, con la Virgen María como protagonista necesaria, Madre del Redentor.

La primera parte del largo poema es un exaltado canto a la Eucaristía, es un canto de Amor de Dios al hombre, dogmatizado por la escolástica medieval en el Misterio de la Trinidad: "Canta, alma mía, el blanco Pan de Vida".

"Canta este nuevo fruto de esperanza del Árbol redentor, en que María?".

"Y Tú, ,¡Oh, inefable Trinidad augusta!, inspira y arde mis potencias trinas que lo sublime del misterio asusta?".

En este poema se respira el aroma aristotélico de la filosofía escolástica del medievo. Se ve la íntima unión de filosofía y teología. Es una filosofía, una metafísicos, de origen griego, con supuestos distintos de los cristianos. Su Dios no es Dios cristiano ni tiene tres personas. El problema está en cómo incorporar el pensamiento aristotélico a la filosofía cristiana. La influencia de Aristóteles obligó a la filosofía cristiana a ser otra cosa.

En este poema, Ignacio Sardá sigue los pasos de Santo Tomás de Aquino (1225-1274). Afronta la dualidad por un lado, de la Teología, que se funda en la Revelación divina; y por otro, de la Filosofía, que se basa en el ejercicio de la razón humana. Para el filósofo y teólogo dominico no puede haber conflicto entre ambas ciencias, porque Dios es la misma verdad y no se puede dudar de su Revelación; y, por otra parte, la razón, ejercitada con rectitud, también nos lleva a la verdad. En ambas, el objeto material coincide parcialmente, aunque el objeto formal sea diferente. En el amor de "La Eucaristía, Misterio de la Virgen", la contradicción existente entre Revelación y Filosofía se resuelve, en el contexto tomista, como subordinación de la filosofía no a la Teología como ciencia, sino como revelación de la palabra divina.

Se ven, además, resonancias de la filosofía de San Agustín (353-430): la idea de que solamente por la fe, llega el alma humana a la comprensión de los misterios ("fides quaerens intellectum") y que es la fe base para comprender ("credo ut intelligam").

Pero, sobre todo, en Ignacio Sardá es principio rector de su filosofía la máxima agustiniana que dice: "Si sapientia Deus est, verus philosophus et amator Dei"; por ello, este poeta, que es verdadero filósofo, amante de la sabiduría, es también amante de Dios. "Non intratur in veritatem nisi per caritatem" como sentencia el autor de las "Confessiones".

He aquí, pues, un poeta del amor humano y del amor divino. Para el autor de los "Sonetos de amor dolido" (1984) y de "La Eucaristía, misterio de la Virgen" (1977), es el amor, el faro que ilumina los caminos de su vida andariega por el ámbito existencial que le tocó vivir; y es el amor el que ha conformado su manera de concebir la vida como camino, como proyección, en sentido neoplatónico, hacia Dios que es, ante todo, Amor.

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