La imaginación rompe la alhambrada

Némer Salamún, un intelectual y actor sirio que vive en Zamora desde hace años, visita varios campos de refugiados en Jordania para escenificar cuentos cargados de vida

24.05.2015 | 01:07

«¿Y dónde voy a hacer mis necesidades en este sitio tan cutre y alejado de la humanidad?». Este fue mi primer pensamiento y mayor preocupación nada más entrar en Al-Zatari, el famoso campo de refugiados sirios en Jordania donde fui a contar a los niños cuentos populares sirios. Mi egoísmo cegó mis ojos para que no vieran lo que debían ver primero, a los refugiados. Parecen ser restos del mundo, los residuos de la última versión de la civilización de los que hay que deshacerse de cualquier manera, enterrándolos en el desierto del desierto, en hangares parecidos a latas de sardinas de gran tamaño, donde se cobijan los desgraciados de la matanza siria. Se cobijan de una desgracia en otra. Siete miembros en cada nave de diez o doce metros «cuadriculados», un único cuarto en el que cada familia tiene que apañarse para sobrevivir. Y ¿la intimidad?, me pregunté de nuevo. Está claro que mi estilo de vida ahora está más europeizado que hace diez años. Me preocupa tanto la intimidad cuando realmente penetré un mundo demasiado íntimo para sus habitantes con la excusa de contarles cuentos populares. «¿Qué cuentos quieres contar a los propios cuentos, tonto? Mira bien a los ojos de los seres aislados y dime qué cuentos les puedes contar. Fíjate en estas dos niñas que buscan una limosna de ternura ¿No son tus dos hijas a las que cuidas con tu alma e inundas de amor y sentimientos cada segundo? ¿Te has preguntado cómo han llegado aquí y qué hacen en este descampado de Dios? No quites la mirada aún, allí están tus padres y queridos, muertos desde hace ya bastante tiempo. Han sido engañados porque después de haberles prometido el paraíso, se encontraron con tanta gente como ellos desahuciada de la vida, ni siquiera a la calle sino aquí, en este lugar donde estás ahora, este sitio que no eres capaz de denominar. Te digo que no te escapes con la mirada. Bueno, aparta tu cara si quieres pero tienes que saber que aunque no los mires los vas a ver. Venga cuéntales algo divertido, que has venido por eso».

«Había una vez un niño...». Un niño te mira a través de una alambrada, no entiende lo que dices. «¿Cómo qué había una vez un niño si el niño soy yo?», se pregunta. Me acerqué a él pero no pudimos intercambiar ninguna conversación por culpa de la alambrada tan fina que nos separaba, nos mirábamos fijamente pero no nos veíamos, hablábamos la misma lengua, nos escuchábamos claramente sin embargo no nos entendíamos. Su triste cara y postura colgándose de la alambrada me parecían tan exóticas que saqué mi móvil y le hice una gran foto. Eso fue suficiente para sentirme estúpidamente un gran luchador de los derechos de los niños. No quiero saber nada de él, no me importa su verdadera historia, le voy a inventar una más emocionante y literaria y la incluiré en mis espectáculos de cuentos. De esta manera este niño saltará a la fama gracias a mí pero con otro nombre más mítico que el suyo. Este niño aunque parezca real no es más que un personaje de un futuro cuento que contaré conmocionado un día. Por eso ahorré mis sentimientos al verlo o mejor dicho al imaginar haberlo visto. Este niño, en realidad, nunca existió porque entre la realidad y lo imaginario había una alambrada tan fina y tan trasparente que parecía más gruesa que el muro de Berlín.
No había otra manera, para escaparme del rostro del niño vallado, que volver a contar mis cuentos populares a los exiliados más populares! Y... «había una vez un niño chiquitín, muy chiquitín, más chiquitín que Pulgarcito, que, un día, se perdió y no supo volver a casa, pero de repente se halló...». En el otro lado del mundo de la alambrada, allí un niño, que apenas tenía tres años, empujaba una bombona de gas, «¿y este niño?», pregunté.

„No es un refugiado, es ciudadano auténtico del campamento. Nació aquí.
„Entonces aquí hay intimidad.
!Y dale con la intimidad, hombre¡ Aquí cuando el viento sopla un poco los niños se esconden debajo de las mantas del miedo. Aquí no se distinguen los gritos de la naturaleza de los gritos de rabia, de dolor, de nostalgia o de amor. ¿Intimidad dices? ¿Eso preocupa más a occidente?, ¿que los refugiados dentro de los campamentos no se multipliquen? Y ,¿le da igual que se multipliquen los desplazados sirios y se queden sin hogar? Eso si se puede llamar hogar a estas caravanas.
Mi voz tan potente vuelve a anunciar: «Había una vez un joven que...».
Tenía 25 años aquel joven que me contó, con la cabeza agachada, como salió de su ciudad fronteriza, escapándose con su familia de la fea muerte, ya que la bonita muerte está designada a los desgraciados más afortunados. «Salí porque no quería morir bajo tortura en la cárcel sin culpa ninguna», me dijo, y cuando se percató de que no sabía qué decirle añadió: «Un viernes, el día santo para los musulmanes, un amigo mío frutero me pidió quedarme en su tienda para que hiciera algunos recados. Me quedé en la tienda, al rato salió una manifestación pacífica en contra del régimen sirio. Los soldados de la banda gubernamental no tardaron en atacar a los manifestantes que pudieron huir. Yo no pude participar con ellos aunque tenía la intención de hacerlo si no fuera por tener que vigilar la tienda de mi amigo. Así que estaba en la tienda viéndolo todo cuando unos miembros de agentes secretos se introdujeron en el local ¡Eran tan secretos que todo el mundo los conocía! Querían averiguar si algún manifestante se había escondido en la frutería. Me preguntaron si salí en la manifestación y les dije que no. Entonces me recriminaron que por qué estaba abierto un viernes y a la hora de la manifestación. Finalmente se asomaron por aquí y por allá y se fueron para buscar a quién detener. Pero como no detuvieron a bastante gente en las calles vacías volvieron de nuevo a la tienda, entonces supe que no habían podido cumplir el cupo de arrestados de aquel día y me preparé para lo peor. Miraron a un trabajador que teníamos en la tienda, un chico que tenía un retraso mental (sé que este término no gusta en occidente, prefieren suavizarlo diciendo por ejemplo deficiencia mental. Pero es lo que es, por mucho que lo maquillemos. Han intentado maquillar tanto lo que está pasando en Siria hasta el punto de que ya no se ve más que el pinta labios correr por todo el país, tiñéndolo de un único color, el rojo vivo, el color favorito de los muertos). El caso es que los agentes muy secretos se querían llevar al chico retrasado, les expliqué que era lo que era, que no es ni siquiera consciente de lo que pasa a su alrededor, me dijeron: "Entonces, como tú tienes la mente completa te detenemos con él".
Nos llevaron a un centro de detención unos días y luego a otro. Nos torturaron sin culpa ninguna. Finalmente nos obligaron a firmar unas declaraciones en las que nos acusaban de repartir fruta y verdura a los manifestantes subvencionados por un jeque árabe gobernador de un país golfo (no sólo del golfo). El pobre "chico mental" cuando le preguntaron en el juicio si lo que venía en la acusación era cierto sacudía su cabeza, un tic que tenía, entonces consideraron su gesto natural como confirmación de la acusación. Durante nuestra estancia en la cárcel, esperando la sentencia, este chico no sabía ni siquiera dónde estaba. Guardaba silencio, se levantaba de vez en cuando, de repente decía "me aburro" dirigiéndose a las rejas para salir. Y cada vez que se levantaba los carceleros le daban una paliza que si tuviera mente la hubiera perdido. Después de tanto sufrimiento pudimos salir de allí gracias a que mis padres pagaron una gran cantidad de dinero en secreto, a un alto cargo secreto,un mafioso legal. Entonces mi familia decidió salir del país para protegernos a nosotros, los hijos. Y así fue. Pero más tarde, uno de mis hermanos quería estudiar bachillerato, por eso mis padres volvieron a Siria con él y con otro hermano. Sin embargo, el de bachillerato no pudo aguantar la injusticia del gobierno, se incorporó al ejército libre y finalmente aprobó el bachiller sin presentarse a ninguna asignatura, a la muerte le da igual si estudias o no. Se dice que ante ella somos todos iguales. Todo eso y yo no podía volver a mi país ni siquiera para compartir la tristeza con los míos que se quedaron allí cuidando la tumba de mi hermano. Con el tiempo, me casé aquí en el campamento, con otra refugiada. Ahora estamos esperando un niño». Por un momento pensé: «¡Qué guay! al nacer aquí a tu hijo le dan automáticamente la nacionalidad "campamental"...».

„Pero dejadme contar mis putas historias populares por las que me pagan, gritó mi voz interior a sus voces interiores: «Había una vez una niña preciosa..." Realmente eran tres niñas preciosas que pasaban de largo y de los cuentos. Se acercaron a un compañero que fotografiaba todo, le pidieron hacer fotos con él, conmigo y con todos los extraterrestres que veníamos de fuera del campamento. Después nos pidieron que les dejáramos la cámara para hacernos fotos a nosotros. Al igual que los habitantes del campamento eran exóticos para nosotros, nosotros lo éramos para ellos, querían inmortalizar aquel momento. Igual que ellos nos daban pena por sus circunstancias, nosotros les dábamos pena también porque vivíamos demasiado cómodos en un mundo tan incómodo. Pero al final todos nos sentíamos bien. Nosotros los de fuera, artistas, las delegaciones de Naciones Unidas y otras organizaciones humanas (que no se rían por la palabra humana por favor, no es ningún chiste), nos sentíamos bien porque creíamos que hacíamos algo grande con nuestras visitas, espectáculos y migas de compasión que repartíamos. Y ellos también, los refugiados, se sentían muy bien por llevarnos la corriente o simplemente porque sí».
Los cuentos del primer día terminaron con un paseo turístico dentro del campamento. Sí, sí, sí, un paseo turístico. Allí los refugiados han creado una gran calle comercial a la que llaman los Campos Elíseos, donde se encuentra de todo menos la felicidad, tiendas de todo tipo, tiendas transferibles y tiendas «de marca». Y nosotros paseando como turistas en mitad de la calle registrando todo con las cámaras, con los móviles o con la poca memoria que tenemos. Mientras en los dos lados los habitantes y comerciantes nos miraban como si fuéramos de verdad algo importante. De hecho uno de ellos se dirigió a mí y me dijo: «¿Cuando nos vais a devolver la luz? Llevamos tres días sin electricidad. Y ¿qué pasa con el agua? Y ¿...?». Yo intentaba explicarle que era un simple cuentacuentos. Se sonrió y me dijo: «Ya que eres cuentista cuéntales lo que te he dicho, no tenemos ni luz ni agua ni...». Era más fácil mencionar lo que tenían realmente. Más tarde supe, a través de un funcionario europeo allí, que ningún país quiere tener a su cargo los costes de la electricidad ni la O.N.U. Le sorprendí a aquel amable delegado delgado: «Pueden ahorrar los gastos de una futura guerra para ayudar a esta gente, si no la otra solución más fácil será ya que están todos en un campamento matarlos a todos. Lo pueden hacer mediante un incendio desintencionado». Esta propuesta parece muy dura. Pero es más duro enterarnos de que hay gente que sufre en alguna parte del mundo sin movernos para hacer nada más que decir «Pobrecitos». En fin, lo más llamativo de aquella visita turística fue ver como han vallado y alambrado todo: el colegio, el centro de salud, los parques y claro está las casas, como si quisieran recordarles en cada momento que no son más que unas cargas para la humanidad, unos encarcelados.
Lo más relevante de aquel día, para mí, fue que pude hacer mis necesidades en un servicio bastante limpio, más limpio que mi conciencia.

En los días siguientes fuimos a otros campamentos, que variaban de calidad, uno de ellos, era casi de 55 estrellas. No me sorprende porque lo construyeron los emiratíes. De hecho los refugiados recibían las tres comidas del día hechas, o sea, no tenían que hacer nada más que comer, comer y comer sin derecho a cocinar ellos mismos. Claro está, como a los emires les hacen todo los criados mientras ellos se dedican a «emirar» querían que los refugiados vivieran como emires en condiciones de mendigos. Como las altezas nunca cocinan más que los decretos que queman a los pueblos,no saben que privar a una madre refugiada de cocinar para sus hijos es un gran castigo. Si no, ¿a qué se van a dedicar todo el día? (Ahora me saltarán los de la igualdad para decirme que por qué relacionas la cocina con la mujer. Bueno, antes de defender la igualdad entre mujer y hombre defended la igualdad de la mujer refugiada con vosotros). Tampoco los hombres en este campamento hacen nada, porque no les dejan, ni siquiera cocinar (no me he equivocado, tampoco dejan a los hombres cocinar. Ya somos iguales). La única actividad que pueden realizar es pasear bajo el sol hasta insolarse, contra el viento hasta volar, bajo la lluvia hasta mojarse mientras nadie del mundo occidental se moja en el asunto. Sólo unos pocos, muy pocos, los que tienen buenos paraguas. Esa es su actividad, luchar contra el aburrimiento y los fenómenos naturales, enfermarse e ir al centro de salud.
Todavía tengo que contar cuentos en otros campamentos, en uno de ellos había una mezcla de acogidos sirios y palestinos-sirios. Los palestinos sufrieron el exilio como mínimo dos veces y ahora algunos piensan hacerlo una tercera vez. Cuando nos veíamos en Siria distinguíamos a los refugiados palestinos por las caras. Para los que no lo saben, el refugiado tiene un acento en la cara que lo delata. El tiempo ha dado una gran vuelta, hoy en día a los refugiados sirios se les distingue también por las caras, parece que han dejado sus rasgos en Siria y pidieron los de los palestinos de préstamo, me temo que vamos a compartir estos aspectos mucho tiempo. Aún así hay que contarles cuentos para sacarles de su realidad: «Había una vez un hombre que tenía muchos hijos, un día...». Se acercó a mí con sus cincuenta y cinco años, se presentó como el guardia de la zona donde presentábamos el espectáculo, cuando supo que era paisano suyo me invitó a su hogar, para ser preciso a su hangar. Como artista utilicé la diplomacia y le prometí visitarle cuando tuviera un ratito libre. Pretendí interesarme por su vida, le pregunté que cómo era su nave, cuántos cuartos tenía y si había un baño, etc. Quería saber realmente si tenía servicios privados y limpios. Cuando dijo que no, que ellos van al servicio común, empecé a pensar como rechazar, con elegancia, su invitación. La verdad no costó mucho convencerle de que no podía dejar a mis compañeros actuar e irme, no es nada amable ni profesional. «Pero te prometo que, en la próxima visita al campamento, iré a tu casa. Bueno, espero visitarte en tu verdadera casa, allí, en nuestro país». No sabía yo mismo de qué país hablaba. Aquel país que mencionaba ya no existía. El buen hombre aceptó mi falsa excusa pero aún así quería conversar un poquito conmigo, eso sí que se lo pude ofrecer. Me comunicó que tenía no sé si 6, 9, 12... ya ni me acuerdo del número de sus hijos. Cuando supo que vivía en España me preguntó si le aconsejaba pedir asilo a Europa. «Claro que sí pero tienes que pensar que la sociedad no se parece en nada a la nuestra, tradiciones, creencias, etc.». Es mi frase mágica que disparo cada vez que me pide alguien ayuda para venir a España. Allí le di un fuerte golpe al buen hombre, como si fuera un toro en una corrida, para acabar con su vida, en este caso su deseo de venir a Europa.

Después de agachar la cabeza decepcionado, yo estaba a punto de gritar victoria cuando se reanimó, me miró desafiante, quería dar el último golpe antes de rendirse, me dijo «¿me puedes al menos ayudar a ir a España? Porque parece que España es más parecida a nuestros países árabes».  Me sonreí con amargura y le dije: «Si quieres ir a un país que se parezca al tuyo no hay mejor que este campamento. Yo, en España, soy un refugiado como tú». Le dije, pero  me rectifiqué a mí mismo: «refugiado pijo en un campamento de lujo, llamado España».

A lo largo de la semana los cuentos mágicos se toparon con niños que no sabían leer y mayores desorientados con el vacío y la preocupación en los ojos húmedos permanentemente. Todos pisaban el futuro con sus pies casi descalzos. No disfrutan ni de lo más mínimo que disfrutan los quejicas occidentales en sus paraísos. Después te preguntan que por qué se aumenta el odio de los tercermundistas hacia los primermundistas. El odio no se aumenta porque en principio este odio no existe, sin embargo surge gracias a la dejadez occidental ante las desgracias orientales que causamos nosotros, los demasiado civilizados, a propósito o sin darnos cuenta. Estamos desarreglando un odio emergente. Cuando digo nosotros me incluyo en los occidentales, y cuando digo nosotros me incluyo en los tercermundistas. Es que nosotros somos todos y el tiempo lo dirá.
Allí descubrí que yo mismo no era tan solidario como yo creía ni siquiera conmigo mismo. Descubrí que mi cerebro y mis pensamientos no van más allá de un servicio limpio aunque esté en un lugar sucio. Lo más duro fue descubrir que cada vez que decía: «Había una vez..., surgían miles de cuentos de los habitantes de aquel planeta desterrado, escuché muchas historias de las que no me recuerdo o mejor dicho no quiero acordarme. En realidad no sé quién contaba a quién, ellos a mí o yo a ellos. Sólo sé que ellos me escuchaban a mí pero yo a ellos no. Apliqué la teoría del club de Naciones Unidas de mirar al otro lado cuando no quieres hacer nada.

Desde que cogí el avión para volver a España, mi sede de paro, hasta el día de hoy me persigue la voz colectiva de los contadores de los campamentos diciéndome: «Había una vez un país llamado Siria, llamó a las puertas de la revolución para deshacerse de un dictador, el mundo democrático le dio la espalda a este pueblo, porque ni siquiera los democráticos creen en la democracia».

Allí, y solo allí, me di cuenta de que las leyendas populares se escriben ahora y en estos lugares. Ya no estoy seguro de nada ¿Había una vez? O ¿tal vez había una vez? Quizá no había ninguna vez. Realmente los cuentos no existen.

PD. La iniciativa de ir a los campamentos para contar cuentos populares a los refugiados ha sido realizada por Al Balad theatre y The Arab Education  Forum ambos en Jordania con el apoyo logístico y anímico de Cultural Heritage without Borders «Herencia Cultural sin Fronteras», una organización sueca. Por cierto los españoles llaman suecos a los indiferentes y los que pasan de todo en su dicho famoso «se hace el sueco». En cuanto al asunto de los refugiados sirios son los suecos los que más se han implicado mientras España se ha hecho más sueca que los suecos.

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