XX aniversario de la llegada de los refugiados de la antigua Yugoslavia a la capital

Zamora, refugio balcánico

Hace 20 años llegaron a la ciudad 42 bosnios que huían de la guerra y que rehicieron sus vidas con la ayuda de un movimiento ciudadano humanitario sin precedentes

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M.ª José Lavadíe, Auxi Fernández, José Antonio Parro, Manuel Colino y Paco Díez miran fotos de la llegada del grupo de refugiados.
M.ª José Lavadíe, Auxi Fernández, José Antonio Parro, Manuel Colino y Paco Díez miran fotos de la llegada del grupo de refugiados.  Foto: Emilio Fraile
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BEGOÑA GALACHE En 1995 nacían en Zamora Sergei Dirgan, Bojana Eugenia, Emir Otanovic y Noemí Durasovic. Tres años antes, un 9 de diciembre como hoy, sus madres llegaban a la ciudad en un grupo de 42 refugiados bosnios que logró huir en plena contienda civil de un país en el que dejaron a sus seres queridos y todas sus pertenencias. La mayor parte eran mujeres con sus hijos pequeños, una maleta con lo imprescindible y mucho, mucho miedo ante la incertidumbre.

Veinte años después algunos de los zamoranos que constituyeron la Asociación Amigos del Refugiado se reencuentran para recordar aquellos primeros momentos y, lo que es más importante, para intercambiar informaciones sobre las familias bosnias que han rehecho sus vidas, cuatro de ellas en la provincia, aunque prefieran pasar página de un episodio que sin duda marcó su existencia. Otros se han establecido en Valencia, Zaragoza, Estados Unidos o incluso Sarajevo.

«Fue impactante para nosotros y, sobre todo, para ellos, porque venían de una guerra y de alguna forma la trajeron encima a Zamora», subraya Auxi Fernández. Bosnios, serbios y croatas convivieron durante casi dos años en el Colegio del Tránsito, cedido (al igual que la manutención) por la Diputación Provincial que entonces presidía Antolín Martín. A su cuidado las monjas de las Hermanas de la Caridad y la Asociación Amigos del Refugiado.

María José Labadie tiene grabada la imagen de aquellas mujeres, entonces con 30 o 32 años, con sus niños de la mano y sus escasas pertenencias. «Me vi reflejada...». Y es que, apunta Auxi Fernández, «por desgracia te identificabas mucho con aquella situación porque se trataba de una guerra en un país muy cercano al tuyo».

En la recta final de 1992, Zamora era una ciudad que había despertado de un letargo de años con movimientos ciudadanos como el que se materializó en la «toma» del cuartel Viriato. «Teníamos la solidaridad a flor de piel y toda la ciudad se volcó con el problema de la guerra en Los Balcanes, explica José Antonio Parro. Prueba de ello, añade, es la constitución de otra organización humanitaria, como la de Amigos del Pueblo Saharaui, o más tarde el movimiento del 0,7%. «Entonces hasta los políticos de distintos partidos participaron de forma activa, algo que hoy probablemente sería impensable».

Manuel Colino y su esposa María Eugenia Pérez, sanitarios del Virgen de la Concha, decidieron dar un paso al frente cuando se enteraron a través del Comisionado de Naciones Unidas para la Protección de Refugiados que buscaban hogares para acoger a niños bosnios. Esta iniciativa más tarde se amplió también a las madres para que los pequeños mitigaran el desarraigo. Colino, que ocupó la presidencia de la asociación, recuerda con cariño la ayuda que recibieron tanto de políticos, como Antolín Martín o Ángel Gavilán, administración, como el Inss con Elías Iglesias al frente, comercios, organizaciones, pueblos... «hasta gente muy pobre que venía con los paquetes de arroz». Por supuesto agradecimiento especial, de refugiados y miembros de la asociación, a las monjas del Tránsito, el día a día de estas víctimas de la guerra.

La persona encargada de viajar hasta Budapest para recoger al grupo fue Francisco Díez, «Paco el cura». La víspera de la Inmaculada, relata, durmió en Barajas sin despegarse del visado especial que portaba y cargado de pañales, «porque pensábamos que la mayoría serían niños». Zamora tuvo el honor de ser la única asociación autorizada para acoger a estos refugiados al entender la Junta que era la que estaba más preparada.

El primer encuentro, en Budapest, fue impactante. «Nos entendíamos con gestos y ellos pensaban que éramos policías». Ya en Zamora, al filo de la media noche y con docenas de personas esperándoles, los bosnios bajaron del autobús sin saber muy bien si solo era un sueño. «Para ellos fue un impacto terrible llegar al colegio con camas en espacios amplios y todas una detrás de otra, ver a las monjas con su uniforme....», reflexiona Díez.

En pocos meses ya hablaban castellano sin problema, gracias a la ayuda de profesores y traductores que se ofrecieron a colaborar. La asociación consiguió escolarizar a todos los niños y se planteó un segundo reto: traer a Zamora a la mayor parte de los maridos y padres que se habían quedado inmersos en el conflicto balcánico. Dragan Kecojevic fue el primero. Un Viernes Santo de 1993, «en plena procesión, recibimos la noticia de que le habían detenido en el aeropuerto de Budapest. Fueron momentos de mucho miedo porque creíamos que lo podían trasladar de nuevo a Bosnia y quizá matar por haber huido», explica Colino. Finalmente, y tras movilizar muchos contactos, Dragan pudo reunirse con su esposa y sus dos hijos. Luego le tocaría el turno a Gordan Durasovic, con una niña de 5. Más tarde Vlado Culjak y, el último, Mario Skovic.

La Asociación se disolvió una vez que los refugiados pudieron rehacer su vida. Casi todos ellos titulados superiores, encontraron trabajo en el servicio doméstico, en el campo, en pequeñas fábricas o en funerarias. El dinero que aún quedaba en las cuentas tras los gastos en ropa, calzado, asignaciones o teléfono para que comunicaran con sus familias se repartió en partes iguales entre todos ellos. La cantidad ascendía a siete millones de las antiguas pesetas procedentes de cuotas voluntarias de los socios, recaudación por actos y donativos.

Hoy, veinte años después de colocar en el mapa de sus sentimientos a una parte de Los Balcanes, la ciudad y provincia no han vuelto a ser las mismas. Ni ellos tampoco. Sergei Dirgan, Bojana Eugenia, Emir Novic y Noemí Durasovic presumen, seguro, de zamoranos.

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