Erik «El Belga» | Exladrón de obras de arte

«Falsificar el claustro de Palamós es ridículo porque costaría millones de dólares»

«El robo del Códice Calixtino es un mal negocio, resulta imposible de vender y solo te puede llevar a la cárcel»

 12:28  
El expoliador Erik «el belga» en su residencia de Málaga.
El expoliador Erik «el belga» en su residencia de Málaga.  Foto L. O. Z.

JOSÉ MARÍA SADIA En febrero de 1982, la policía judicial desarticula una banda especializada en el robo de arte. A la cabeza se encuentra René Alphonse van der Berghe, conocido popularmente como Erik «el belga». Su currículo de expoliador es bien conocido por los toresanos. Un año antes de aquella detención, «El belga» se llevó decenas de piezas de la Colegiata valoradas en unos cien millones de pesetas, solo un pellizco de todo lo que sustrajo por el país durante décadas. Retirado en Málaga, Erik analiza a sus 72 años la recuperación del Codex Calixtinus y de la «segura» autenticidad del claustro de Palamós. Y aunque habla claro, siempre es mucho más lo que calla.


-¿Cuándo deja de ser René Alphonse van der Berghe y se convierte en Erik «el belga»?


-Tenía un familiar que se llamaba René, como yo, pero murió en la guerra y mis padres comenzaron a llamarme Erik cuando tenía 14 años. Desde entonces, todo el mundo me conoce así y fue la Policía quien añadió en los ochenta lo de «el belga» por mi origen.


-Usted llega a España a finales de los sesenta aprovechando la escasa protección de los bienes patrimoniales, fundamentalmente de la iglesia, ¿no es así?


-En España había una venta masiva de bienes religiosos tras una ley del Vaticano que obligaba a vender aquellos que estaban en el interior de iglesias y catedrales. Eran los propios clérigos quienes comercializaban las piezas. Me vine porque en toda Europa había una fiebre especial por las obras de arte, incluso en mi país, Bélgica, donde muchos querían tener una pequeña talla religiosa en sus casa.


-¿Fue tan grande aquella fascinación que nació a finales del siglo XIX?


-Todavía hoy continúa, aunque es cierto que el patrimonio nacional es más conocido fuera del país que por los propios españoles. Por eso hay tantas obras en museos de Canadá, Estados Unidos?


-Usted sacó partido de la confusión y de la desprotección para comercializar cientos de piezas. ¿Ha cambiado mucho esta cuestión en el último medio siglo?


-Podría haber cambiado más si el clero hubiera cumplido la ley de 1985. El texto establecía que los muros de los templos y catedrales pertenecen a la Iglesia, pero todo lo que está en el interior -obras de arte, esculturas, pinturas, la propia sacristía- es del pueblo. Por lo tanto, tenían la obligación de inscribir todo ese patrimonio en el Estado, aunque solo el 20% lo ha hecho. La diferencia es que el robo de arte prescribe en cinco años, pero son treinta si el bien figura en el listado estatal y el país lo puede reclamar durante todo ese tiempo. La Iglesia solo protege lo que es rentable, como la Catedral de Burgos, que tiene miles de euros de presupuesto al año gracias al precio de las entradas. Todavía me pregunto por qué hay que pagar para ver las piezas del interior si realmente pertenecen al pueblo.


-Cuando usted robaba obras de arte era «para protegerlas». Explíquese...


-En este país soy conocido como el gran ladrón, pero realmente los ladrones son los xilófagos que están acabando con los bienes de muchos templos. El propio Obispado ha exportado legalmente, con licencias y facturas, cientos de obras al exterior. Gracias a mi labor son muchas las obras que actualmente están bien conservadas en colecciones privadas.


-¿Cuántas piezas figuran hoy en museos y colecciones gracias a usted?


-Bueno... Entre mil y dos mil obras de arte. Ocurre que cuando muere el coleccionista, para pagar los derechos de sucesión, estas obras se ofrecen a los museos de arte nacional con desgravaciones fiscales en la herencia.


-Casi como una profecía, el Codex Calixtinus se ha recuperado este martes en el aniversario del robo, ¿cómo ha asistido a este suceso?


-Tengo la misma impresión que todo el mundo, la Catedral de Santiago parece una película de Almodóvar. Buscando el libro se han encontrado 1,2 millones de euros y se pensaba que era la venta del manuscrito. Luego se descubre el Códice y queda en evidencia que este hombre había obtenido todo ese dinero expoliando en la Catedral desde hace muchos años. El libro solo era una venganza.


-¿No le parece un poco inocente la operación?


-Todo lo contrario. Él sabía dónde estaba el Códice y no era la primera vez que robaba bienes en la Catedral.


-Cuando desapareció el libro de viajes, la Policía lo llamó para preguntarle. ¿Se le ocurrió alguna vez echarle mano al Codex?


-Yo siempre he pensado que el Códice era dificilísimo de vender. Sin embargo, el Libro de Horas que la Policía halló en el garaje, me lo das y yo lo vendo mañana por medio millón de euros. Un libro tan conocido, con tantas ediciones facsímil, era imposible de colocar.


-Es decir, que era un mal negocio?


-Era muy mal negocio que solo garantizaba ir a la cárcel.


-¿Se alegró de la recuperación del libro?


-Por supuesto que me alegré. El libro merecía ser recuperado, no se podía vender en el mercado y, además, hay muy poca gente que sabe su significado. Sus páginas estaban destinadas a los constructores que iban a Santiago en peregrinación por un camino lleno de significaciones y secretos solo para iniciados.


-De todas las obras que ha robado, ¿cuáles son las dos o tres que más valor tenían?


-El valor que tenían, al fin y al cabo, era lo que yo podía cobrar por ellas? La pasión sin dinero es una pasión muerta.


-Usted conoce bien Castilla y León?


-Tengo muchas amistades en Burgos, León, Astorga? Estuve allí, pero hice muy pocos robos, solo cinco o seis. En León, por ejemplo, nunca robé en mi vida.


-En Toro se acuerdan de usted?


-Sí, allí hice un trabajo sobre un Cristo de marfil?


-¿Recuerda los detalles de aquel «trabajo»?


-No mucho? Me acuerdo sobre todo de las amistades que dejé allí.


-¿Las conserva?


-Por supuesto, los que viven. Muchos de ellos han muerto porque algunos me doblaban o triplicaban la edad cuando yo estuve allí. Hay muy pocos anticuarios ya porque los obispados ya no venden las obras de arte como antes.


-¿Qué opinión tiene del claustro redescubierto en Palamós?


-Creo que hay que ponerle una medalla al anticuario y a la gente de Palamós que ha guardado y conservado este coro. Es una suerte que siga aquí después de haberlo desmontado porque los hay idénticos en el Museo de Nueva York. Lo que es curioso es que no haya una factura de la venta ni noticias del desplazamiento de una obra tan grande.


-¿Cree que aparecerán los datos?


-Sin lugar a duda.


-Algunos expertos hablan de una falsificación, ¿qué opina?


-De ninguna manera. Falsificar una obra de esta categoría costaría millones de dólares, no hay canteros capaces de hacer este trabajo. Ahora mismo se habla del origen porque el anticuario ha muerto, pero eso no tiene la mínima importancia. Lo relevante es que sigue en España y que está en buenas condiciones.


-El responsable de la operación fue el anticuario zamorano Ignacio Martínez, ¿se le ocurrió a usted un negocio de este calado?


-Me hubiera gustado y lo hubiera hecho si hubiera podido. Yo he exportado muchas columnas y capiteles. Es un negocio que también conozco y este es un claustro digno para un expoliador como yo.


Bélgica, 1940


Décadas después de su actividad como expoliador, René Alphonse van den Berghe vive retirado en Málaga, donde escribió sus memorias recién publicadas bajo el título «Por amor al arte» (Planeta). Erik «el belga» aprovechó su salida de la cárcel en su país natal para venir a España a finales de los setenta y robar y comercializar cientos de piezas de arte religioso. Aliado con la desprotección de los bienes y la ignorancia de muchos párrocos, realizó multitud de «trabajos» que, con descaro, traduce como una especie de favor para su conservación. Su fama es tan notoria que la Policía le pidió opinión sobre el robo del Códice Calixtino.

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